Mientras realiza su último viaje a Jerusalén, Jesús da una advertencia a los discípulos que viajan con Él: «¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si pierde su vida?»
Los comentaristas se han fijado en la palabra «ganar» de su pregunta y han señalado algunas formas en que todavía hoy encontramos huellas de esa mentalidad en determinados patrones culturales.
Ganar: «Todo lo que he conseguido —mi reputación, mis logros, mis amistades, mis talentos, mis conocimientos y mi sabiduría— lo he alcanzado por mí mismo. Es fruto del esfuerzo y del sacrificio que he invertido en construirlo. La historia de mi vida es la historia de lo que me he ganado, con todas las de la ley, por mí mismo».
Una afirmación así sostiene que los logros de una persona proceden exclusivamente de sus propios esfuerzos.
Es una postura que pasa por alto los niveles más profundos de la existencia: es decir, ese don que hace posible toda vida y que Dios Todopoderoso nos proporciona constantemente, esa creatividad fundamental y esa chispa originaria que brotan sin cesar de esta Fuente divina.
¿No podría ser esta actitud algo de esa «pérdida» de la que habla Jesús? Es decir, ¿no supone dejar de lado esa corriente de vida que Dios nos da y que sostiene todas las cosas? Mantener la actitud de «todo lo he hecho yo solo» significa pasar por alto la más básica de las realidades: la presencia originaria, constante e indefectible del Dios que es Amor. No tener esto en cuenta es ignorar la verdad fundamental. Es, en palabras de Jesús, «¡perder la vida!».
Frente a esta superficialidad encontramos la virtud de la humildad de Vicente. Esta cualidad reconoce que todo es don, que nuestras fuerzas se apoyan en la fuerza misma de Dios y que es una ilusión considerarnos seres que se han hecho a sí mismos. Todo lo que yo «gano» presupone, antes que nada, todo aquello que me ha sido dado.
Nuestro santo insiste precisamente en este punto en una carta escrita en los últimos años de su vida:
«Se necesita una gran humildad, y muy necesaria, para referir a Dios la gloria de todos sus trabajos. Sí, padre, necesita usted una humildad firme y vigorosa para llevar el peso de tantas gracias de Dios, y concebir un gran sentimiento de gratitud para reconocer al autor de todo ello».
SVP ES V, 603; carta a Juan Martin, de 23 de junio de 1656.








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