Jesús dio su vida por nosotros y nos dio a conocer así el amor. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos y hermanas. De esta forma, pagamos la deuda que tenemos con él.
Estamos en deuda enorme con Jesús. Pues nos amó, sí, hasta el fin, hasta entregar su cuerpo y derramar su sangre por nosotros.
Aún más, al amar nos así, nos dio a conocer qué es el verdadero amor. También nos dio ejemplo de cómo nos hemos de tratar y amar los unos a los otros.
Mas queda claro que esta deuda que tenemos con Jesús es una llamada también a vestirnos de su amor. Pues, de veras, amor saca amor.
Y nos hace falta tal amor o caridad para resolver los conflictos, errores y problemas que surgen en la Iglesia. Es decir, para vivir juntos como se debe, hemos de amar, lo que pide que seamos humildes y pacientes (SV.ES IV:422-423).
No, no nos es fácil convivir como Iglesia, y esto nos lo da conocer el evangelio de hoy. Es que no siempre somos de un pensar y sentir no más. No siempre nos ponemos de acuerdo sobre no pocas cosas. A veces no nos comprendemos los unos a los otros. No es de sorprender, por lo tanto, que nos quejemos los unos de los otros. Que nos contradigamos, nos critiquemos, nos descalifiquemos los unos a los otros.
Sí, nos enfrentamos a los conflictos los que tratamos de vivir juntos como una comunidad de Cristo. Mas él está en medio de los que nos amamos los unos a los otros. Él, con su amor, nos hace capaces a los que nos equivocamos de corregirnos los unos a los otros. Capaces de vencer los conflictos, las divisiones y las facciones.
Señor Jesús, derrama sobre nosotros tu Espíritu de amor mutuo para que podamos pagar la deuda de amor que tenemos contigo.
6 Septiembre 2026
23º Domingo de T.O. (A)
Ez 33, 7-9; Rom 13, 8-10; Mt 18, 15-20








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