Los dos pilares del amor: Dios y el prójimo • Una reflexión con Augustine John Ukken

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31 agosto, 2026

Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Los dos pilares del amor: Dios y el prójimo • Una reflexión con Augustine John Ukken

por .famvin | Ago 31, 2026 | Reflexiones, Reflexiones con vicencianos de fe comprometida | 0 comentarios

Te invitamos a descubrir al venerable Augustine John Ukken a través de sus palabras, que nos invitan a hacer del amor el centro de nuestra vida.

Augustine John Ukken (1880-1956), sacerdote siro-malabar indio, fundador de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, fue un testigo luminoso de la misericordia de Dios. Nacido en Parappur, Kerala, quedó huérfano a los seis años, experiencia que transformó en confianza total en Dios como Padre y en María como Madre. Tras formarse en el Seminario de Kandy, fue ordenado en 1907 y dedicó su vida a los más pobres, especialmente en Chowannur, donde fue padre de huérfanos, consuelo de enfermos y amigo de campesinos explotados. Su espiritualidad se centró en la Eucaristía, el Sagrado Corazón y la entrega humilde. Su lema constante era: “Amar es vuestro deber; que nadie os supere en amar.” En 1944 fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad para prolongar su carisma de servicio misericordioso. Místico y activo, contemplativo ante el sagrario e incansable en la acción, aceptó las pruebas como identificación con Cristo. Murió en Chowannur en 1956, dejando un legado de amor sin límites y de confianza plena en la providencia.

Texto de Augustine John Ukken:

Ama a tu Dios con todo tu corazón: este es el mayor y el primero de los preceptos. ¡Oh, qué fácil es amar! ¡Y para amar ha dispuesto Él nuestra facultad, nuestro corazón! ¿Quién puede amar otra cosa cuando conoce el valor de Dios? ¡Este es el principio y el fin último de todo! Si amamos aquí abajo, nuestra vida en el cielo no será más que una continuación. El segundo: ¡ama a tu prójimo como a ti mismo! […] ¡Dame, Dios mío y bondadoso, verdadera caridad para con mis hermanos! ¡En esto se contienen toda la Ley y todos los profetas! ¡Qué sencilla es la construcción de nuestro edificio espiritual! ¡Basta con fijarse en estos dos preceptos! ¡Que comience a vivir de acuerdo con ellos!

– Augustine John Ukken, Lights from Heaven, 9 de septiembre de 1903.

Comentario:

Este pasaje nos ofrece el corazón mismo de la espiritualidad de Augustine John Ukken: el amor a Dios y el amor al prójimo. Augustine conoció la pobreza, la pérdida y el abandono desde sus primeros años. Huérfano a los seis años, podría haber vivido dominado por la amargura, pero eligió, en cambio, arraigar su vida en el mandamiento del amor. Sus palabras se hacen eco del propio resumen de la Ley que Cristo ofrece en Mateo 22,37-40: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas».

Augustine se maravilla ante la sencillez y la profundidad de esta llamada: «¡Oh, qué fácil es amar!… ¡Este es el principio y el fin último de todo!». Para él, el amor no es un ideal abstracto, sino el fundamento y la meta de la vida cristiana. Todo lo demás es secundario. Insiste en que nuestro corazón fue creado precisamente para amar y que, una vez que reconocemos el valor de Dios, no podemos entregarnos verdaderamente a ninguna otra cosa.

La «construcción de nuestro edificio espiritual» puede parecer una tarea abrumadora, pero, en lo esencial, descansa sobre dos pilares: Dios y el prójimo. Augustine encuentra alegría en esta claridad. Donde muchos ven un sinfín de normas o cargas espirituales, él ve sencillez: basta con fijarse en estos dos preceptos y todo lo demás encuentra su lugar.

Fijémonos también en su oración: «¡Dame, Dios mío y bondadoso, verdadera caridad para con mis hermanos!». Esta oración brota de manera natural del mandamiento. Amar a Dios es inseparable de amar a los demás. Augustine no pretende poder hacerlo por sí mismo, sino que pide la gracia de Dios, reconociendo la caridad como un don derramado en el corazón por el Espíritu: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).

Para nosotros, hoy, esto resulta al mismo tiempo liberador y exigente. Liberador, porque nos recuerda que la santidad no consiste en sistemas complejos ni en logros inalcanzables, sino en amar. Exigente, porque el amor reclama la totalidad de la persona. Amar a Dios con todo el corazón excluye una entrega tibia o a medias. Amar al prójimo como a nosotros mismos nos exige enfrentarnos a nuestro egoísmo, nuestros prejuicios y nuestra comodidad.

Las palabras de Augustine revelan también su esperanza escatológica: «Si amamos aquí abajo, nuestra vida en el cielo no será más que una continuación». Para él, el cielo no supone una ruptura, sino la plenitud del amor que ya se ha vivido en la tierra. La eternidad comienza ahora, en los actos de caridad, misericordia y entrega. Esta intuición transforma nuestra manera de contemplar la vida cotidiana: cada acto de amor participa ya de la vida del cielo.

En la tradición vicenciana se nos recuerda constantemente que «el amor es inventivo hasta el infinito» (san Vicente de Paúl). El amor a Dios y al prójimo nunca permanece inmóvil, sino que es siempre creativo y encuentra maneras de llegar hasta quienes están más abandonados. Augustine encarnó esta creatividad en su sacerdocio, en la fundación de las Hermanas de la Caridad y en su servicio pastoral a los pobres de Kerala.

Su testimonio nos invita a examinar nuestro propio corazón. ¿Complicamos nuestra espiritualidad con distracciones cuando, en realidad, la llamada es sencilla: amar a Dios y amar al prójimo? ¿Buscamos el amor como un sentimiento o permitimos que se convierta en una caridad concreta, solícita por el bien de los demás? La oración de Augustine pidiendo una «verdadera caridad» debe convertirse también en la nuestra.

Al final de su texto, toma una decisión: «¡Que comience a vivir de acuerdo con estos preceptos!». La exclamación es significativa. No quiere limitarse a meditar, sino comenzar a actuar. Su espiritualidad es práctica, concreta y orientada a la acción, plenamente acorde con el carisma vicenciano.

Que nosotros, como Augustine, redescubramos la sencillez liberadora del Evangelio. Toda la Ley, los profetas y todo nuestro edificio espiritual descansan sobre dos amores: Dios por encima de todo y el prójimo como a nosotros mismos. Comencemos de nuevo cada día, no solo a conocer esta verdad, sino a vivirla.

 

Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:

  1. ¿Qué me impide amar a Dios con todo mi corazón: las distracciones, los miedos o una entrega a medias?
  2. ¿Cómo se expresa concretamente mi amor a Dios en el amor a los demás?

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