En la vida de todos nosotros hay oscuridad y hay luz: un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para el duelo y un tiempo para bailar. Es un ciclo y un ritmo de vida tan natural y constante en nuestra experiencia humana como la noche y el día. Sin embargo, estamos llamados a salir de la oscuridad, a buscar la luz de la promesa de Dios y de su Reino. Cristo es nuestra luz y nuestra esperanza, y servir con esperanza es servir como luz.
Bienaventurados los pobres de espíritu, nos enseña Cristo, y esta es, en efecto, la pobreza que más necesita de nuestra atención amorosa. Quienes sufren pérdidas materiales —como el empleo, el automóvil o la muerte de un ser querido— a veces comienzan a sumirse en la oscuridad de la desesperación. Al no ver una salida fácil, pueden perder de vista el hecho de que todos tenemos la misma salida. La cuestión es adónde deseamos ir cuando llegue ese momento. No son las recompensas terrenales, sino la recompensa del cielo, lo que nos da la verdadera esperanza.
Pero cada uno de nosotros solo puede llegar a la verdad en libertad. [CSDC, 135] Cuando la privación y el sufrimiento nublan nuestra visión, nos alejamos de la verdad y buscamos simplemente alimento, no el bien. Consciente de ello, Frédéric escribió: «Los pobres tienen hambre; por tanto, debemos darles primero pan para disponerlos a recibir la palabra de Dios». [1457, Informe, 1834] En nuestros actos de caridad —sencillos, desinteresados y generosos— proclamamos el Reino mediante un testimonio silencioso. Servimos únicamente por amor.
Solo Dios tiene el poder de consolar, decía Frédéric, pues «consolar es hacer surgir la luz amable de la esperanza en medio del caos del dolor; es romper las cadenas que oprimen un corazón que gime bajo una pesada carga; es sanar un alma; es una bendición cuya dispensación está reservada a Dios». [113bis, a La Perrière, 1836] Cuando actuamos conforme a su voluntad y servimos a los más pequeños entre nosotros, no compartimos nuestra propia luz, sino la de Dios. Para servir verdaderamente con esperanza, debemos procurar brillar ante los demás, para que vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre celestial. San Vicente enseñaba que «las visitas, hechas bien y con exactitud, hacen lo que hace el sol: dan luz… Así como el sol extiende su influencia sobre todas las criaturas, también puede decirse que la visita beneficia a toda la familia visitada». [CCD I:671] Quizás nunca sepamos si realmente hemos sembrado una semilla de esperanza para iluminar la vida de nuestros vecinos, pero sí podemos saber que hicimos nuestro mejor esfuerzo por aliviar el sufrimiento que puede conducir a la desesperación, que lo hicimos puramente por amor a Dios y que podemos confiar el resto a la Divina Providencia.
Como vicentinos, buscamos tanto ver el rostro de Cristo en el prójimo como ser el rostro de Cristo para el prójimo. Para ayudarnos en esto, tal vez debamos recordar que, aun cuando Cristo declara: «Yo soy la luz del mundo», también nos dice: «Vosotros sois la luz del mundo».
Contemplación
¿Cómo puedo irradiar mejor la luz ante el mundo?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.








0 Comentarios