Nacimiento, infancia y juventud
Ghebra Miguel, cuyo nombre significa «Esclavo de San Miguel», de origen etíope, nació en 1791, en Dibo, una aldea de la región de Godjam, situada al este del Nilo Azul.
Sus padres tenían un rebaño, que él cuidaba por la tarde. Eran muy religiosos, de la confesión monofisita (creencia en una sola naturaleza de Cristo), y en ella lo educaron. El nombre de su padre era Ato Akilo, y el de su madre aún se desconoce.
Un accidente, y luego una enfermedad, le hizo perder un ojo; mas no fue un obstáculo para que ingresara en la vida clerical en Góndar, donde se dedicó al estudio y aprendió, al lado de buenos maestros, el canto y la música etíope.
Desde niño fue inquieto; dicen que tenía un espíritu vivo, una inteligencia abierta, y eso le valió no contentarse con verdades a medias ni quedarse satisfecho con lo que se admitía de buena fe, sin buscar argumentos. Ya de joven acudía a las bibliotecas de los monasterios, buscando el conocimiento profundo de las verdades religiosas.
A los diecinueve años ingresó en el monasterio de Mertule-Mariam, y tras seis años de noviciado recibió la túnica blanca religiosa y la solemne imposición del bonete blanco.
La vida de los monjes transcurría en discusiones inútiles y simples disertaciones filosóficas, sin ahondar en cuestiones de mayor envergadura, como la verdadera fe sobre la identidad de Cristo, la Iglesia y la unidad religiosa de la nación. Entabló fuertes lazos de amistad con el sabio monje Aleka Velde Selassie, y su inquietud de perfección y autenticidad en la vida religiosa despertó el interés de otros monjes, que acudían en gran número a escuchar sus conferencias. Entre estos oyentes se encontraba el futuro rey de Abisinia.
En busca de la verdad
Escribiendo Monseñor Justino de Jacobis, vicario apostólico de Abisinia, al P. Etienne, superior general de la Congregación de la Misión, el 29 de junio de 1858, rogándole tuviera a bien aceptar un retrato del mártir Ghebra Miguel, decía:
“A este retrato… he añadido un epitafio en latín, en el que le llamo seminarista de la Misión. En realidad no era más que postulante, puesto que su tiempo de vocación no podía contarse más que desde el momento en que hubiera podido empezar su seminario interno. Ahora bien, en ese preciso momento se encontraba ya en la cárcel. De todos modos, ya pertenecía de corazón a la Congregación de la Misión”.
Había sido hecha la petición de admisión y se le había aceptado; únicamente circunstancias independientes de su voluntad retrasaron las formalidades ordinarias de la recepción. Siendo esto así, ¿no puede llamarse a Ghebra Miguel, por lo menos en un sentido amplio, sacerdote de la Misión?
Con tales disposiciones de espíritu, ninguna vida le cuadraba mejor que la monástica. Entró, pues, en un monasterio a la edad de veinticinco años, no tardando mucho en emitir los votos de pobreza y castidad.
Los bienes y placeres del mundo tenían para él poco atractivo; una sola cosa le interesaba: la verdad. Cuanto más estudiaba, más oscuros nubarrones se agolpaban en su espíritu.
La cismática Abisinia estaba por entonces dividida en tres sectas, que reconocían la autoridad del patriarca copto del Cairo: los Kevats, los Tseggalidjs y los Ueldé-Kebs. La divergencia de opiniones versaba principalmente sobre la unión de la naturaleza divina y la humana en la persona de Cristo. Las sutilezas y argucias aducidas en las discusiones recordaban las controversias teológicas del Imperio Bizantino. Se acaloraban por meras palabras o fórmulas cuyo sentido no entendían completamente. Las sectas religiosas se confundían con los partidos políticos, y las querellas teológicas se transformaban con frecuencia en luchas en los campos de batalla.
Ghebra Miguel, que pertenecía a la secta de los Kevats por tradición familiar, era demasiado inteligente para adherirse a una doctrina sólo por herencia.
Habiendo buscado en vano, en Debré-Motsá, un monje capaz de explicarle el directorio monástico, se dirigió a la Escuela de Góndar, que gozaba entonces de gran prestigio en Abisinia. Allí enseñaban dos sabios profesores: Halika Ueldé Sellasié y Azadj Lamién. Del primero aprendió el libro de los monjes, el cómputo eclesiástico, la Biblia y la astronomía; y, bajo la dirección del segundo, interpretó diversas obras.
La conclusión a la que le condujeron sus estudios fue clara: la enseñanza de los libros no concordaba con la de los doctores de las tres escuelas. Estos mismos libros, que él había leído y profundizado para saber a qué secta dar la preferencia, le demostraron que todos los cismáticos vivían en el error. ¿Qué hacer entonces? Buscar todavía, preguntar, ir de monasterio en monasterio, pasar de Abisinia a Palestina, tan pronto como la ocasión se presentara, y llegar hasta Jerusalén, donde —según él— las tradiciones sobre Cristo eran más vivas y auténticas que en cualquier otro lugar.
Ghebra Miguel viajó mucho. Si alguien le hubiera encontrado en los caminos, con el bastón en mano y las alforjas sobre los hombros, y le hubiera preguntado: “¿Qué busca?”, hubiera respondido: “La verdad”. La verdad: tal era, en efecto, su única preocupación.
La buscaba para sí mismo; la buscaba también para los demás, porque se sentía feliz de compartir lo que sabía. Sentía vocación por la enseñanza. Donde principalmente se dedicó a enseñar fue en Góndar. Numerosos e ilustres alumnos acudieron a él, atraídos por su reputación, entre ellos el hijo del emperador Teklé GQorghis, quien más tarde llegaría a ser el emperador Johannes.
Se le reputó entre los más famosos maestros de Abisinia; algunos incluso afirmaban que sobrepasaba a todos. Era apodado “el hombre de los cuatro ojos”, queriendo decir con esto que nada se le escapaba.
Pronto, circunstancias providenciales iban a unir a Ghebra Miguel con el Padre Justino de Jacobis, sacerdote de la Misión, que, desde su residencia en Adua, trabajaba incansablemente por implantar el catolicismo en esta tierra de Abisinia, de la que las devastaciones de la herejía habían conseguido arrancarlo de raíz.
Viaje a El Cairo, a Roma y a Jerusalén
La muerte del Abuna Kyrillos dejó a la Iglesia de Etiopía sin jefe. Era costumbre, antes de nombrar al nuevo obispo, establecer un impuesto especial llamado “cuota tasa del rescate del Abuna”. Cada fiel contribuía anualmente con cuatro o cinco dineros, hasta que se reunía la suma considerada suficiente para satisfacer la avaricia del patriarca copto del Cairo, quien tenía el derecho de nombrar al nuevo obispo.
Para ello se formaba una delegación de treinta diputados, escogidos entre los personajes más eminentes de las tres provincias del imperio, bajo la dirección de un príncipe de sangre real. Estos embajadores se dirigían al Cairo, acompañados de monjes, secretarios y criados, para presentar su súplica al patriarca y ofrecerle presentes para ganar su favor.
Cuando la suma alcanzó diez mil talarís, se consideró suficiente. Apta Salassia, pariente del rey de Choa y primer ministro del rey Ubié, fue puesto a la cabeza de la delegación, de la cual formaba también parte Ghebra Miguel. Ubié, buscando un guía que dirigiera y, si fuera necesario, protegiera a sus embajadores, puso los ojos en el Padre de Jacobis.
Tras algunos titubeos, el misionero aceptó, pero con dos condiciones: que se asegurara la libertad del culto católico en todo el país, y que sus compañeros de viaje pudieran ir a Roma una vez terminada su misión. Aunque no se hacía ilusiones sobre las dificultades que afrontaría con hombres llenos de prejuicios contra la Iglesia Romana, confiaba en que la experiencia directa, especialmente en la Ciudad Eterna, disiparía tales errores.
El 21 de enero de 1841, cerca de Adua, el Padre de Jacobis se puso en contacto por primera vez con los embajadores, listos para partir al Cairo. Lo que tuvo que sufrir a causa de la grosería, desconfianza y odio de los diputados excedió sus previsiones. Sin embargo, su virtud acabó por ganar los corazones. En Suez, tras dos semanas de navegación, dos tercios de los diputados prometieron seguirlo hasta Roma.
Después de cinco días atravesando el desierto, expuestos al ataque de beduinos, llegaron por fin a su destino. El Padre de Jacobis no deseaba otra cosa más que ver Roma antes que Jerusalén. Veintitrés diputados consintieron en acompañarlo, entre ellos Apta Salassia y Ghebra Miguel. Partieron de Alejandría a mediados de junio. El misionero escribió:
“El viaje a Roma cambiará las ideas de mis pobres Abisinios; para ellos será el mejor curso de teología. El Señor, que tanto ha hecho por nosotros, continuará protegiéndonos”.
Hasta ese momento, los viajeros creían que Abisinia superaba a Occidente tanto en belleza de monumentos como en la pureza de la fe. Pero al llegar a Roma, quedaron asombrados ante los magníficos edificios, las maravillas artísticas, las muchedumbres en los templos y la majestuosidad de las ceremonias litúrgicas.
Llegaron a Roma el 12 de agosto de 1841, bajo el pontificado del Papa Gregorio XVI, quien los recibió en audiencia el 17 de agosto. Un biógrafo de Mons. de Jacobis relata:
“Se habían dispuesto tres escabeles al pie del trono del Papa, para el príncipe Apta Salassia, el monje Ghebra Miguel y el sacerdote jacobita Abba Resedebra, jefe de iglesia y señor de un país. Estos tres fueron introducidos los primeros y a solas. Tras prosternarse y besar la sandalia del Papa, este les hizo la señal de sentarse. La conversación se desarrolló con sencillez y cordialidad. Después, todos los miembros de la embajada fueron introducidos y recibidos con igual deferencia. La carta del dedjaz fue leída en voz alta ante el Papa, quien rompió con su propia mano el triple sello. Al final, los delegados ofrecieron incienso, aromas y aves exóticas de Etiopía como obsequio”.
La acogida benévola del Soberano Pontífice, la majestuosidad de la recepción y el espíritu de caridad de la Iglesia Católica impresionaron profundamente a los Abisinios, y especialmente a Ghebra Miguel.
“Volved aquí antes de marcharos —les dijo Gregorio XVI—, pues quiero daros mi adiós de despedida”.
Durante su estancia en Roma, Ghebra convivió con el Padre Justino de Jacobis, quedando profundamente impresionado por su coherencia entre fe y vida, su rectitud, inteligencia, desinterés personal, sencillez y su fidelidad a la Iglesia de Roma.
El 29 de agosto, volvieron a ser recibidos por el Papa, quien leyó la carta destinada al rey Ubié, los bendijo uno por uno, les regaló medallas de oro y plata, y les entregó presentes para su rey. Al día siguiente, Apta Salassia, Ghebra Miguel y sus compañeros recibieron la bendición final del Papa en la Plaza del Pueblo, al partir hacia Loreto.
Durante una misa papal, Ghebra Miguel y su amigo Amarié Kenfú se dijeron al ver la devoción de los fieles:
“Ya ves la fe viva de los hijos del Papa León, objeto de nuestra execración”.
Aunque no se convirtieron aún, estuvieron cerca de hacerlo. En tres jóvenes monjes la gracia fue más plena: renunciaron a sus errores, entraron en el seminario de la Propaganda y luego, ordenados sacerdotes, regresaron a Abisinia como misioneros.
El Padre de Jacobis deseaba visitar Nápoles, cuna de su vocación, y sus compañeros le siguieron. Pasaron allí varias semanas, y el 5 de octubre de 1841, partieron hacia Alejandría.
En las cercanías de Jaffa, Amarié Kenfú cayó gravemente enfermo. Turbado por la proximidad de la muerte, consultó a Ghebra Miguel, quien le dijo:
“Haz lo que mejor te parezca”.
El enfermo abjuró, comulgó piadosamente y, aunque recuperó fuerzas, perseveró como auxiliar laico del Padre de Jacobis en la evangelización de Abisinia.
En Jerusalén, su primera visita fue al Santo Sepulcro. Las lágrimas se mezclaron con la alegría al contemplar los lugares de la Pasión de Cristo. El 28 de noviembre, llegaron a Belén. El Padre de Jacobis relató:
“Escoltado por mis compañeros de viaje, llegamos al altar del Verbo Encarnado. En medio de las lágrimas de todos, especialmente de los Abisinios, celebré el santo sacrificio de la misa. Un niño rompió a llorar al pie del altar, evocando en nosotros los vagidos del Niño Dios. Si no se llora en semejantes circunstancias, ¿cuándo y por qué se ha de llorar?”
En Palestina, ya se comentaba su viaje a Roma, a menudo con versiones falsas. En Gaza, un cura griego cismático sugirió que se habían hecho católicos, y fue expulsado de inmediato por los delegados.
En su regreso por el Cairo, decidieron visitar al patriarca copto. Este había ordenado al Abuna Salamá, bajo pena de entredicho, enseñar que “el Hijo es unción”. En la discusión, Ghebra Miguel demostró, con textos, que tal doctrina contradecía la Sagrada Escritura. El patriarca replicó que todas las Iglesias orientales enseñaban eso, incluso los protestantes.
Ghebra Miguel, sin dudarlo, investigó y descubrió que eso no era cierto. Informó al patriarca:
“He visto Armenios, Griegos y Protestantes, y todos creen como yo: que Jesucristo, en cuanto hombre, es ungido por el Espíritu Santo, y no su propia unción”.
El patriarca confesó entonces que él mismo pensaba igual, pero que había mandado enseñar esa doctrina falsa para restablecer la unidad entre los partidos abisinios. Ghebra Miguel respondió con firmeza:
“Usted mismo confiesa que es una doctrina falsa. Dice que busca la unidad de los partidos. Pues es en la verdad, y no en el error, donde hay que buscarla”.
Ante tal claridad, el patriarca escribió una nueva carta doctrinal al Abuna Salama, que Ghebra Miguel decidió llevar personalmente de regreso a Abisinia.
Hacia la verdad
El 23 de abril, tras una ausencia de quince meses, llegaron a Massaua los peregrinos de Roma y de Jerusalén. La noticia de su regreso se propagó rápidamente por Abisinia. También se supo que Ghebra Miguel traía consigo una carta del patriarca. Algunos sacerdotes de la secta de Ueld-Kebh, temiendo que esa carta contraviniera su doctrina, se reunieron en consejo y resolvieron matarlo.
Ghebra Miguel, advertido del complot, se separó de sus compañeros en la región de Eghela y se refugió en el monasterio de Debré-Betsúh-Amlak. Al principio, los monjes le acogieron bien. Pero, cuando en una discusión teológica afirmó que “Jesucristo es sacerdote en su humanidad, y no por naturaleza”, se levantaron violentamente contra él y quisieron apalearlo.
Tuvo que huir precipitadamente. Pasó la estación de las lluvias en Hamassién y, después, atravesando el Tigré, se dirigió a Adua, donde residía el P. de Jacobis. Este le recibió afectuosamente y le ofreció hospedaje durante algunos días. Ghebra quedó impresionado una vez más por su bondad y amabilidad, por su coherencia entre fe y vida, por su rectitud, inteligencia, desinterés y fidelidad a la Iglesia de Roma.
Sus estudios y discusiones teológicas le habían convencido de que ninguno de los bandos monofisitas en que estaban divididos los monjes abisinios tenía razón, pues todos estaban en oposición al Evangelio, que afirma:
“El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14).
Contrariado y decepcionado, fue a buscar de nuevo al P. de Jacobis, quien se hallaba entonces en el monasterio de Gunde-Gunde, y fue allí recibido con muestras de gran cariño.
El amor y la búsqueda de la verdad en Ghebra Miguel caminaban al unísono con el amor y la búsqueda de la verdadera Iglesia de Jesucristo. Rodeado de silencio, permaneció a la escucha, y su actitud interior le permitió reconocer la Verdad. Cuando comprendió con claridad que el catolicismo era el resultado natural y legítimo de la doctrina cristiana de la Iglesia primitiva, decidió convertirse y entrar en la Iglesia Católica.
Ya en Góndar, su intención era entregar al Abuna, ante una asamblea de sacerdotes, la carta del patriarca, esperando con ello reunir en una misma fe al pueblo de Etiopía. La unidad era la constante preocupación de su espíritu. Si hubiera podido realizar este objetivo, quizás nunca habría salido del cisma. Pero Dios, que se complace en frustrar los planes humanos para llevar a cabo los suyos, le conducía sin que él lo supiera hacia la Iglesia Romana, donde hallaría la paz y la luz.
El viaje de Adua a Góndar estuvo a punto de costarle la vida. Los partidarios de Ueld-Kebhs espiaban sus movimientos y se propusieron impedir que entregara la carta. Uno de ellos viajó con él y logró envenenar su comida. Felizmente, Ghebra Miguel pudo tomar a tiempo un antídoto enérgico, salvándose así de la muerte.
Ya en Góndar, compartió sus planes con algunos amigos. Unos le apoyaron; otros intentaron disuadirlo, pues el Abuna era astuto y vengativo. Si la carta del patriarca no le agradaba, podía ocultarla o despreciarla. Ghebra Miguel pensó entonces entregársela públicamente ante una asamblea numerosa de sacerdotes, obligándole así a dar a conocer su contenido.
Pero las cosas no sucedieron como esperaba. El día en que el Abuna recibió la carta, mientras presidía una reunión de clérigos, la tomó como si fuera un papel sin importancia, y se la metió en el bolsillo, sin siquiera leerla.
Ghebra Miguel quedó estupefacto ante tal desprecio y exclamó:
“Puesto que desprecia la autoridad de su padre, el patriarca, está usted suspendido de sus órdenes sagradas”.
El Abuna, furioso, replicó:
“Por mi muerte, abofeteadle y echadle las cadenas”.
La orden fue ejecutada inmediatamente. Sin embargo, ese mismo día, el Abuna supo que Ghebra Miguel gozaba del favor del emperador Atsié Johannes y de la emperatriz, por lo que, temiendo represalias, moderó el castigo y se limitó a una sentencia de excomunión, que él mismo quiso pronunciar. Le hizo venir y le dijo, en tono airado:
“Márchate lejos de mí; estás excomulgado; no tengas más relaciones con tus amigos”.
Ghebra Miguel respondió:
“¿No le he dicho ya que desde hoy no tiene ningún poder? ¿Cómo, pues, podrá excomulgarme?”
Retirado al lado del emperador Atsié Johannes, pasó con él la estación de las lluvias. Pero desengañado y desanimado, viendo que su religión estaba llena de contradicciones doctrinales y perfidia entre sus líderes, y sin medios para realizar su plan de unidad, fue a refugiarse de nuevo en el P. de Jacobis. Así, este gran doctor, lumbrera de la Iglesia de Etiopía, se convirtió en discípulo del sacerdote católico.
La gracia obró en su corazón; la luz penetró en su alma. La Verdad, que tanto tiempo había buscado, se le reveló. Al fin pudo decir: “¡La encontré!”
No obstante, le retenía todavía un escrúpulo de conciencia: había prometido en otro tiempo a Ueldé Sellassié, bajo juramento, no abrazar ninguna nueva doctrina sin su consentimiento. No quería violar esa promesa. Fue a consultarle, y este le respondió:
“Si quieres, dirígete al sacerdote Jacobis, pero no te aventures y ríndete únicamente ante la evidencia”.
Ghebra Miguel obedeció. En septiembre de 1843, tras cinco meses de reflexión, en un ambiente de fraternidad, estudio y oración, profundizó en los fundamentos de la fe católica e hizo su profesión de fe en presencia del P. Justino de Jacobis, a quien le dijo:
“Me rindo. Recíbame”.
En febrero de 1844, el P. Justino lo recibió formalmente en la pequeña comunidad católica de aquella misión. De esta manera fue acogido en el humilde redil de Cristo, testimoniando sin lugar a duda que su conciencia libre y abierta le había conducido a esa decisión.
Desde ese momento, su existencia quedó indisolublemente unida a la de Justino de Jacobis, como padre previsor y seguro guía espiritual, y a su lado aprendió el espíritu misionero vicentino.
La noticia de su conversión produjo profunda conmoción entre los círculos cismáticos de Abisinia. Algunos dijeron que, si Ghebra Miguel se había hecho católico, esa religión debía de ser verdadera, y siguieron su ejemplo; otros, como Ueldé Sellassié, le felicitaron, aunque se excusaron de no poder imitarlo. El Abuna Salamá no pudo contener su cólera, y esperó pacientemente la hora de la venganza.
Vida de enseñanza y de apostolado
El recién convertido Ghebra Miguel casi no se apartó ya del lado del Padre de Jacobis. Le acompañó desde Adua hasta Entidjá, de Entidjá a Guala, y de allí al pueblo de Alitiena.
En Guala, en junio de 1845, Justino de Jacobis fundó el Colegio de la Inmaculada Concepción, que servía como seminario y escuela para los jóvenes de la zona. Este centro era también casa de oración y estudio.
A Ghebra Miguel le fue confiada la formación de los seminaristas, tarea que desempeñaba con gran pasión:
“El Señor le llenó del espíritu de Dios para tener sabiduría, inteligencia y ciencia en toda clase de actividades, para concebir proyectos y llevarlos a cabo (…) y para realizar toda clase de trabajos ingeniosos. Le puso en el corazón el don de la docencia (…)” (Éxodo 35,31-34).
Las palabras de buen auspicio del Apóstol Pablo a su discípulo Timoteo bien pueden aplicarse a Ghebra, como si vinieran del corazón mismo de Justino:
“Vela por ti mismo y por tu enseñanza; sé perseverante: obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen” (1 Timoteo 4,16).
La Verdad, luz para la mente, reclama del corazón una respuesta: seguirla. Así se transforma en una fuerza interior, y la fatigosa conquista de la Verdad se traduce en una práctica coherente de la Caridad. Ghebra Miguel comprendió que el hombre no se sacia sólo con el conocimiento: necesita amar, es decir, comunicarse positivamente, y proponer lo que sabe. Por ese camino, el hombre se hace sabio, logrando una síntesis vital entre la verdad y la virtud, y contribuyendo así a una renovación real de la sociedad.
Además de enseñar, Ghebra Miguel se dedicó a escribir libros para sus alumnos, traduciendo al gheez el catecismo, la teología dogmática y la teología moral; defendía la fe católica con la palabra y con la pluma; y enseñaba a los misioneros europeos las costumbres y tradiciones abisinias.
Empleaba la mayor parte del día en formar e instruir al reducido grupo de seminaristas que el jefe de la Misión había reunido a su alrededor.
Una carta del Padre de Jacobis enviada a París describe el programa de estudios y ejercicios cotidianos:
“Por lo que toca a la parte religiosa de la educación, nos hemos propuesto no seguir otro método más que el de San Vicente. Nuestros alumnos se formarían así poquito a poco con todos los ejercicios de piedad que están en uso en la Compañía, como son: las meditaciones sobre las verdades y máximas del Evangelio, la lectura espiritual, las conferencias, las repeticiones de oración, los exámenes particulares y generales, incluso la comunicación interior y el capítulo de los viernes. Todas estas santas prácticas, acompañadas de la frecuente recepción de los sacramentos, me parecen a propósito para alimentar la fe sencilla y ferviente de nuestros neófitos”.
“En cuanto a la parte científica, el espíritu del abisinio es capaz de cultivar todas las ramas de la ciencia. Así, procuraríamos enseñar a nuestros discípulos los elementos de las materias principales que se enseñan en Europa: geografía, historia sagrada y profana, matemáticas, física, nociones de geología, anatomía, botánica, lógica, metafísica, y, para quienes tengan vocación eclesiástica, teología. Como la lengua gheez es la lengua sagrada y sabia de Abisinia, la adoptaremos para la enseñanza, además de enseñar algunas lenguas europeas”.
Mientras Ghebra Miguel entregaba su vida al bien de sus seminaristas, un penoso incidente puso a prueba su virtud.
El procurador de la casa, Ueldé Gabriel, era extremadamente austero. Quería pobreza y privaciones para todos. Suprimía criados para evitar gastos, y hacía que los seminaristas se encargaran de los trabajos manuales: limpieza, cocina, acarreo de agua y leña. Esto reducía su tiempo de estudio y generaba descontento.
Ghebra Miguel sufría por sus discípulos, quienes también se quejaban. El malestar creció, y durante una ausencia del P. de Jacobis —quien se hallaba en Massaua, llamado por Mons. Massaia, vicario apostólico de los Gallas, para conferirle la consagración episcopal el 7 de enero de 1849—, la situación se agravó.
Bajo la influencia de Ueldé Kyrillos, sacerdote de la casa, el procurador fue arrojado a la cárcel. Avisado, Mons. de Jacobis regresó precipitadamente y restableció la paz. Todos reconocieron su culpa, se pidieron perdón de rodillas, se abrazaron y olvidaron el incidente.
Sin embargo, Ghebra Miguel había depositado toda su confianza en Ueldé Kyrillos. Los desórdenes recientes le dejaban una triste impresión, y ya no sentía el mismo afecto por la casa. Ueldé Kyrillos, con sus murmuraciones, alimentaba su inquietud interior y abría la puerta a la tentación.
Ghebra Miguel pidió a Mons. de Jacobis permiso para ir a Góndar, con la intención de trabajar en la conversión de sus antiguos amigos, y en particular de su antiguo discípulo, el emperador Johannes. Luego quería ir a los Gallas, para reunirse con Mons. Massaia.
Mons. de Jacobis le rogó en vano que se quedara. Ghebra Miguel partió con varios católicos del Amhara. Ueldé Kyrillos también se fue, pero con otras intenciones: se unió al Abuna Salamá, apostató, y denunció a Ghebra Miguel, al que la víspera llamaba “amigo íntimo”, para entregarlo al obispo etíope.
Ghebra Miguel y sus compañeros fueron detenidos al entrar en Adua, encerrados y esposados con cadenas en los calabozos del Abuna, durante setenta días.
El rey Ubié no estaba al tanto de lo ocurrido, aunque se alegaba actuar en su nombre. Cuando fue informado, ordenó liberar a los prisioneros.
El calabozo y la apostasía de Ueldé Kyrillos abrieron los ojos a Ghebra Miguel. Tomó de nuevo la dirección de Alitiena. Al acercarse al pueblo, Mons. de Jacobis salió a su encuentro con sacerdotes y un grupo de católicos. Se arrojaron a sus pies, besaron las señales de sus cadenas, y dieron gracias a Dios por haberlo hallado digno de sufrir por Jesucristo. Luego, cantando cánticos, lo condujeron a la residencia misionera.
Ghebra retomó su vida de oración y estudio; volvió a la enseñanza y a la controversia.
Poco después, Mons. de Jacobis juzgó que había llegado el momento de elevarlo al sacerdocio. La ordenación tuvo lugar el 1 de enero de 1851, a los cincuenta y nueve años de edad, tras siete años como católico, en la pequeña y pobre iglesia de Alitiena, en secreto y sin solemnidad. Fue el primer sacerdote ordenado por el nuevo vicario apostólico.
Justino de Jacobis decía de él:
“Ghebra Miguel es un genio abisinio, perspicaz, recto, activo, ejemplar, que ha buscado siempre en el estudio más severo el conocimiento de la verdadera fe. ¿Quién más digno que él de las Órdenes Sagradas? Me juzgo dichoso de haber promovido como el primero su elevación al sacerdocio”.
Desde su ordenación, Ghebra Miguel tomó la firme decisión de amar a Dios sobre todas las cosas y seguirle sin reserva, asumiendo con valentía la responsabilidad misionera de su fe. Se entregó al ministerio apostólico, profundizando constantemente en el misterio de la salvación. Reconoció que el dogma era imprescindible, y rechazó con decisión reducir la fe cristiana a un simple sentimiento religioso.
Comprendió el peso de sus deberes como ministro de Dios. La difusión de la fe y la santificación de las almas se convirtieron en el centro de su vida. Continuó enseñando a los jóvenes clérigos teología, ciencias y literatura, y recibía a los fieles que deseaban instrucción religiosa.
Participó activamente en las publicaciones de la Misión. Escribió una gramática y un diccionario en gheez, ayudó al P. Biancheri a componer un compendio de teología dogmática, y colaboró con Mons. de Jacobis en la traducción al gheez de la teología moral del P. Gury. Además, escribió un catecismo en los tres dialectos abisinios: gheez, amárico y tigré.
Pero su actividad no pasó desapercibida…
Prisión y martirio
Los años 1852 y 1853 transcurrieron con relativa tranquilidad. Pero el Abuna Salama, humillado, esperaba el momento para vengarse, una ocasión que no tardaría en llegar.
En 1854, Mons. de Jacobis se dirigía a Góndar para conferir órdenes sagradas. Su presencia reavivó el odio contra el catolicismo. Deseaba visitar el reino de Choa, pero, sabiendo que podrían tenderle emboscadas, prefirió permanecer inmóvil, esperando tiempos mejores. Sin embargo, esos días nunca llegaron: el Abuna, redoblando su actividad, logró desencadenar una violenta persecución.
Los éxitos militares de un aventurero —que de simple soldado llegó a gobernador del Amhara y, luego, al trono imperial con el nombre de Theodoro II— facilitaron sus planes. Kassá, nombre original de este futuro emperador, soñaba con hacer de Abisinia una nación unida: una por el mando y por la fe. El Abuna Salama se entusiasmó, pues se veía a sí mismo como jefe supremo de la religión.
Una vez con el poder, Kassá publicó su edicto de unión:
“Si alguien no cree que Jesucristo es Dios en su humanidad, y que en cuanto hombre tiene la misma ciencia que el Espíritu Santo, le cortaré el cuello de pie, o acostado, le cortaré el pie”.
El clero, la nobleza, el ejército y el pueblo, reunidos en Góndar el 15 de julio de 1854, ante el palacio imperial, juraron observar fielmente esta nueva profesión de fe.
Solo los católicos de la ciudad y de los alrededores se negaron a traicionar su conciencia. Entre ellos estaban Ghebra Miguel, los hermanos Tecla Haymanot (ambos sacerdotes), abba Tesfá y abba Seclá (ambos religiosos).
Cuando Mons. de Jacobis, días antes, les había pedido que se ocultaran para evitar la persecución, ellos respondieron con decisión:
“No, Padre, no te abandonaremos. Ha llegado la hora de padecer por Jesucristo. Hemos de confesar la fe católica, esta fe tan calumniada y ultrajada en nuestra patria, aun a costa de nuestra libertad o de nuestra vida. Se verá claramente, por la fortaleza que nos dará la gracia, que en ella —y sólo en ella— reside la virtud del Todopoderoso. Padre, no te abandonaremos”.
Y efectivamente, la fortaleza divina los sostuvo.
Cuando les llegó el turno de pronunciar el nuevo Credo, respondieron con una triple confesión de fidelidad a la fe católica, apostólica y romana. Tras esta valiente declaración, pudieron retirarse en paz, pero no pasó mucho tiempo hasta que una cuadrilla de soldados invadió la residencia de Mons. de Jacobis, lo condujo a la cárcel civil y arrastró a sus cinco compañeros a los calabozos del Abuna.
Ghebra Miguel era el blanco principal del odio del Abuna. Escribe Mons. de Jacobis:
“Apenas entró en la cárcel, los esbirros del Abuna le golpearon con puñetazos y bastonazos, de manera prolongada. Le dejaron el pecho casi destrozado, alcanzándole incluso los pulmones, lo que le provocó una fuerte hemorragia. El maltrato fue tal, que al día siguiente corrió por la ciudad la noticia de su muerte”.
Pero el objetivo del Abuna no era matarlo, sino forzarlo a apostatar. Cuando los castigos físicos fallaron, recurrió a las promesas, amenazas y engaños. Al sexto día, envió un emisario con este mensaje:
“Mons. de Jacobis ha pedido reconciliarse con el Abuna. ¿De qué os sirve manteneros obstinados? Imitadle y reconciliaos con vuestro obispo”.
Los confesores respondieron con serenidad y firmeza. Dijo Ghebra Miguel:
“Tal era el lenguaje de los perseguidores hacia los mártires”.
Puesto que muchos cismáticos no asistieron a la asamblea del 15 de julio, Kassá organizó una segunda, para que se adhirieran públicamente a la nueva fe. Los cinco prisioneros fueron llevados allí encadenados, y como la primera vez, se confesaron católicos y rechazaron todo dogma ajeno a la Iglesia de Roma.
Ante su inflexible firmeza, se les impuso un nuevo suplicio: el ghend.
El ghend era una tortura similar a la tanga china. Se introducían las dos piernas apretadas en una pieza de madera pesada, con una abertura central, y se fijaban con una clavija. Para liberarse, había que serrar toda la estructura. Las asperezas interiores se incrustaban en la carne, y obligaba a la víctima a permanecer echada en el suelo húmedo, en contacto con insectos y suciedad.
Tras una semana, uno de los prisioneros ideó un modo de sentarse, y los demás le imitaron. Vestidos solo con calzoncillos, el frío y la lluvia los martirizaban, y su lecho fangoso agravaba el suplicio.
Los carceleros no mostraban piedad. Mons. de Jacobis, que también estaba preso (aunque en condiciones mejores), decía:
“Los míos eran corderos en comparación con estos carceleros, verdaderos leopardos, de la misma raza que los que rugían alrededor de san Ignacio de Antioquía”.
A veces, ni siquiera recibían comida. Un joven sacerdote le dijo a Ghebra Miguel:
—Padre, no se nos da ya ni pan ni agua. He oído que el ayuno absoluto mata en tres días.
—Hijo mío —respondió él—, en este calabozo no distinguimos el día de la noche. ¿Cómo contarlos? Pero sé que con un ayuno como el nuestro, se puede llegar hasta el octavo día sin morir.
—Padre, no debe faltar mucho para aquel día hermoso en que veremos a Jesús cara a cara.
Entonces, como inspirado, Ghebra Miguel exclamó:
“¡Ven ya, oh buen Jesús, pan de vida y luz eterna! ¡Ven ya, oh Jesús!”
Un día, estando sentado en el suelo, cayó de cabeza entre unas tablas sueltas y quedó atrapado, sin poder levantarse. El carcelero llegó 24 horas después.
A pesar de sus sufrimientos, la correspondencia secreta entre los prisioneros y Mons. de Jacobis era conmovedora. Solo se conservan tres cartas de Ghebra Miguel, que forman páginas luminosas de santidad y martirio. En una de ellas, dice:
“Un saludo a nuestro padre Justino, de parte de sus hijos arrancados por la misericordia de Dios a las tinieblas del cisma. Nos compadecemos de su dolor: el del alma es mayor que el del cuerpo. También nosotros sufrimos sobre todo por la caída de nuestros hermanos. Ese dolor nos impide sentir el del leño empotrado en nuestros pies”.
Cuando supieron que Kassá llegaba a Góndar, se llenaron de alegría: era señal de nuevos tormentos. Escribieron:
“Hoy, al fin, vamos a beber el cáliz del divino Maestro, nos decimos unos a otros llenos de gozo. Rogad, padre, rogad para que la fe triunfe gloriosamente”.
El 2 de agosto, fiesta de san Alfonso de Ligorio, Mons. de Jacobis les envió un poco de hidromiel. Le respondieron:
“Gracias por la dulzura con que san Ligorio nos ha alegrado hoy por mano de nuestro padre. Del océano salado nacen las lluvias; y de esta cárcel, la luz de la fe. Predicamos desde el calabozo sin palabras: nuestras piernas magulladas gritan alto: Creed en la Iglesia Católica. ¡Sermón incomparable!”
El 23 de agosto, fueron llevados ante sus jueces por cuarta vez. Les repitieron:
“Renunciad al papismo y seréis libres”.
Y ellos respondieron:
“Si nuestras piernas no bastan, tomad también nuestra cabeza. Todo por nuestra fe, todo queremos dárselo”.
Días después, Ghebra Miguel fue sacado del ghend. Sus piernas estaban tan hinchadas, que se le sustituyó la tortura por cadenas. Septiembre, octubre, noviembre y gran parte de diciembre transcurrieron entre oración, sufrimiento y privaciones.
El 20 de diciembre de 1854, el Abuna Salama escribió al emperador:
“Hoy someteré al suplicio del giraf a los malditos pervertidos por los franceses. Haz levantar el patíbulo para este viejo detestable”.
Llevó a Ghebra Miguel ante Kassá, quien le ofreció dinero, un mulo y un título si abandonaba su fe. Ghebra respondió:
“Señor, no quiero ni tu fe ni tus bienes”.
El emperador, furioso, ordenó encadenarlo a sus pies.
El 14 de marzo de 1855, durante una gran ceremonia de adhesión nacional a la nueva religión, se presentó a Ghebra Miguel. El emperador le preguntó:
“¿Aceptarás mi edicto?”
Él respondió:
“Oh rey, jamás creeré ni proclamaré que Cristo tenga naturaleza divina sin naturaleza humana”.
Entonces recibió ciento cincuenta latigazos con giraf (colas de jirafa trenzadas), especialmente dirigidos a su único ojo. Theodoro animaba a los verdugos:
“Que los fuertes golpeen donde más le duele, hasta que reviente”.
Pero, tras dos horas de flagelación, Ghebra Miguel se levantó sin esfuerzo. Su cuerpo no mostraba huellas visibles, y su ojo brillaba con una luz sobrenatural, según los testigos.
El pueblo creyó ver un milagro, comparándolo con san Jorge, mártir nacional. Recibió ofrendas, alimentos y plegarias. Su custodio se encomendaba a él.
El 16 de marzo, el ejército reanudó su marcha. Ghebra Miguel, con cadenas en los pies, los siguió por caminos intransitables. Tras más de dos meses, al llegar a las llanuras de Babá, su agotamiento era extremo.
Allí, Theodoro recibió a Plawden, enviado de la reina de Inglaterra. Quiso mostrar su autoridad y, delante de dignatarios y soldados, juzgó públicamente a Ghebra Miguel:
—Este hombre rehúsa obedecer mi autoridad y mi fe.
—Yo no reconozco otro juez para mi fe que Jesucristo y su representante, el Papa de Roma —respondió el mártir.
Theodoro, rugiendo de ira, le preguntó:
—¿Ni siquiera aceptarás como juez a este inglés venido de ultramar?
Ghebra Miguel respondió:
“¿Cómo podría un anglicano juzgar a un católico romano, él que insulta a la Virgen y no guarda ayuno? Tú mismo vales más que él”.
Los jueces lo condenaron unánimemente a muerte. Pero, por petición de Plawden, Theodoro conmutó la pena por cadena perpetua.
El 30 de mayo de 1855, Ghebra Miguel seguía con vida, aunque cada vez más débil. Sus guardias, conmovidos, le consiguieron una montura, pero tuvieron que atarlo, pues no podía sostenerse.
El hambre y el cólera azotaban al ejército. Ghebra Miguel cayó enfermo. El 13 de julio de 1855, día de san Jorge según el calendario abisinio, murió cargando sus cadenas por Cristo. Sus compañeros y soldados le lloraron, le rompieron las cadenas y lo sepultaron respetuosamente bajo un enebro.
Dios le glorificó con milagros. De su tumba brotó una fuente, cuyas aguas sanaron enfermos.
El Abuna Salama y Theodoro II sufrieron derrotas y humillaciones. El Tigré reconquistó su independencia y los misioneros pudieron predicar libremente. La sangre del mártir fue, como siempre, semilla de cristianos.
Su beatificación fue proclamada el 3 de octubre de 1926 por el Papa Pío XI, y su fiesta litúrgica se celebra el 30 de agosto.
Actualidad y enseñanza
¿Qué podemos aprender del beato Ghebra Miguel?
La vida del beato Ghebra Miguel nos ofrece una enseñanza luminosa sobre la búsqueda incansable de la verdad y la fidelidad a la fe, incluso en medio de la persecución y el martirio.
Su historia nos recuerda que:
- La constancia en la búsqueda de la verdad y la fidelidad a toda prueba transforman profundamente la vida humana.
- El encuentro de Ghebra con la verdadera fe en Jesucristo rompió las cadenas del error, del sometimiento a los poderosos que manipulan la mente y la voluntad de los hombres.
- Ser buscadores de la verdad, dondequiera que se halle, perfecciona al ser humano y promueve el progreso auténtico en todos los ámbitos de la realidad.
Vivir hoy en la verdad, como discípulos de San Vicente, implica:
- Descubrir cuál es esa verdad en el mundo actual,
- Hacer el sacrificio de abandonar caminos ya trillados,
- Y tener el coraje de abrir nuevos surcos para la nueva evangelización de los nuevos pobres de nuestra sociedad.
Para vivir con fidelidad nuestra vocación vicenciana, debemos ser:
- Inventores de nuevas formas de llevar la verdad de Jesucristo a los pobres,
- Creativos en el servicio,
- Y profundamente radicados en la oración y la contemplación del misterio de la Encarnación.
El beato Ghebra Miguel:
- Buscó la verdad en la vida monástica,
- Buscó la verdadera fe,
- Buscó la verdadera Iglesia,
- Y cuando la encontró, se enamoró de ella y dio la vida por ella.
Su testimonio nos invita hoy a vivir con la misma pasión por la verdad, con la misma libertad interior, con la misma confianza en la Providencia, y con el mismo amor por la Iglesia y por los pobres, hasta las últimas consecuencias.








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