Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Más allá de los titulares: Las redes sociales en la encrucijada: entre la adicción inducida y el agotamiento digital de los jóvenes

por Javier F. Chento | Ago 22, 2026 | Más allá de los titulares, Noticias | 0 comentarios

El juicio federal iniciado en California contra Meta va mucho más allá de Facebook e Instagram. Está obligando a tribunales, organismos reguladores, familias, educadores y empresas tecnológicas a afrontar una pregunta que lleva años gestándose: ¿qué ocurre cuando las plataformas de comunicación obtienen beneficios económicos de mantener cautiva la atención humana y cuando una parte de esa atención, especialmente valiosa, pertenece a niños y adolescentes que aún están desarrollando su capacidad para regularla?

En agosto de 2026 comenzó en Oakland un juicio federal en el que una coalición de estados de Estados Unidos acusa a Meta de haber diseñado deliberadamente Facebook e Instagram de manera que fomentaran un uso compulsivo entre los menores, a pesar de conocer que determinadas funciones podían contribuir a causar daños psicológicos. Meta lo rechaza, y sostiene que la salud mental de los adolescentes depende de numerosos factores, que las pruebas científicas son más complejas de lo que a veces sugieren sus críticos y que la compañía ha invertido considerablemente en protecciones para los usuarios más jóvenes.

Las cifras económicas en juego son espectaculares. Se ha hablado de posibles sanciones cercanas a los 200.000 millones de dólares, una cantidad suficientemente enorme como para ocupar titulares por sí sola. Sin embargo, la cuestión más importante no es cuánto dinero está en riesgo. La verdadera trascendencia del caso radica en que se está examinando el propio modelo de negocio sobre el que descansa buena parte de las redes sociales: un intercambio en el que servicios aparentemente gratuitos se financian mediante publicidad, datos de comportamiento y, sobre todo, la captura sostenida de la atención.

Esto no exige adoptar una postura contraria a la tecnología. Las redes sociales han aportado beneficios reales: permiten mantener amistades a través de fronteras, amplifican voces marginadas, movilizan ayuda humanitaria, crean comunidades educativas y ofrecen a los jóvenes nuevos espacios para la creatividad. La cuestión no es si la tecnología digital es buena o mala en abstracto. Se trata de preguntarnos si un sistema que en un principio se presentaba fundamentalmente como herramienta para la conexión humana se ha ido convirtiendo poco a poco en un ecosistema optimizado para mantener a las personas mirando, pulsando, reaccionando y regresando.

Esa diferencia importa porque la cultura de las redes sociales está cambiando ante nuestros ojos. La plaza pública digital, abierta y relativamente espontánea, que caracterizó los primeros años de las redes se está debilitando. Los jóvenes siguen intensamente conectados, pero muchos se retiran de la publicación pública, trasladan sus conversaciones a mensajes privados y grupos más pequeños y utilizan las plataformas públicas de manera más instrumental: como motores de búsqueda, canales de entretenimiento, fuentes de noticias, escaparates profesionales o corrientes interminables de vídeos cortos. La paradoja es llamativa. No están abandonando la vida digital, pero muchos muestran un cansancio creciente respecto a la forma que ha adquirido.

Cuando el diseño se convierte en el problema

Los casos judiciales que afectan actualmente a Meta y a otras empresas tecnológicas no se centran únicamente en publicaciones dañinas, vídeos peligrosos o usuarios abusivos. Cada vez cuestionan más si la propia arquitectura de las plataformas fomenta pautas de uso que pueden resultar perjudiciales, especialmente para los menores.

Varias de estas funciones nos resultan ya tan familiares que apenas advertimos hasta qué punto orientan deliberadamente nuestro comportamiento. El scroll infinito elimina los puntos naturales de parada. La reproducción automática hace que comience un nuevo vídeo sin necesidad de tomar una decisión consciente. Las notificaciones push invitan repetidamente a volver a la aplicación. Los contadores visibles de “me gusta”, visualizaciones, compartidos y seguidores convierten la aprobación social en cifras públicas. Los sistemas de recomendación, además, aprenden de cada pausa, clic, repetición y deslizamiento para predecir qué contenido tiene más probabilidades de mantenernos mirando.

Ninguna de estas funciones es intrínsecamente maliciosa. Toda empresa de comunicación quiere que la gente disfrute de su producto, y los diseñadores siempre han tratado de crear experiencias atractivas. La diferencia reside en el grado de personalización y en la escala de retroalimentación conductual que hoy es posible. Un periódico no observa exactamente cuánto tiempo permanece la mirada del lector sobre cada párrafo para reorganizar inmediatamente la página siguiente en función de esa información. Una red social puede aproximarse mucho a ese modelo, de manera continua y personalizada.

Esto modifica la naturaleza de la relación entre el usuario y el producto. El feed no se limita a esperar que lo consumamos; se adapta al consumidor. El resultado es un entorno diseñado no solo para mostrar contenido, sino para aprender qué tipo de contenido es más eficaz para retener unos segundos más la atención de cada persona.

En el caso de los adolescentes, este proceso merece una atención especial. La adolescencia está marcada por una gran sensibilidad hacia la aprobación de los iguales, el sentido de pertenencia, el rechazo, el estatus y la identidad. Son realidades propias y normales del desarrollo, no debilidades ni defectos. Pero adquieren valor comercial cuando una plataforma puede medir la reacción social, recomendar contenidos cada vez más personalizados y crear oportunidades repetidas de validación.

Un adolescente que espera para ver si sus amigos han dado “me gusta” a una fotografía está participando en una experiencia humana muy antigua: el deseo de ser aceptado. Lo nuevo es que esa experiencia ahora puede cuantificarse, hacerse visible, repetirse, monetizarse e integrarse en un sistema predictivo que aprende cómo mantener al usuario conectado.

Al mismo tiempo, es imprescindible actuar con rigor científico. La expresión “adicción a las redes sociales” se utiliza mucho en el debate público, pero no existe un diagnóstico formal de adicción a las redes sociales en el DSM-5-TR ni en la ICD-11. Los investigadores suelen hablar más bien de uso problemático de las redes sociales, y la relación entre redes sociales y salud mental adolescente sigue siendo compleja. Las principales revisiones científicas han advertido contra afirmaciones simplistas que atribuyan por sí solas a las redes sociales el deterioro general de la salud mental juvenil.

Eso no elimina los motivos de preocupación. Significa que debemos formularlos con precisión. Las evidencias sugieren que los efectos varían en función de la persona, del tipo de uso de la plataforma, de los contenidos encontrados, de la intensidad y el momento del uso y del entorno social general. Las redes sociales pueden ayudar a un adolescente a sentirse acompañado y apoyado, mientras que otro puede experimentar mayor ansiedad, aislamiento o insatisfacción con su cuerpo.

La posición responsable se encuentra, por tanto, entre el alarmismo tecnológico y la complacencia tecnológica. Aún no comprendemos todos los mecanismos causales, pero sabemos lo suficiente como para preguntarnos si los menores deberían estar integrados por defecto en sistemas cuyo éxito se mide, con frecuencia, por su capacidad para maximizar la interacción.

De red social a máquina de recomendaciones

Uno de los cambios más profundos que han experimentado las redes sociales no se aprecia en los juicios ni en los documentos regulatorios. Se ve en aquello que la gente ha dejado de hacer con la frecuencia con que lo hacía antes.

En los primeros años de las redes sociales, la idea central era relativamente sencilla: los usuarios creaban perfiles, se conectaban con amigos y publicaban fotografías, pensamientos o actualizaciones de su vida para personas conocidas. El feed público era realmente social porque buena parte de su contenido procedía del propio círculo de relaciones.

Ese modelo no ha desaparecido, pero se ha debilitado notablemente. La publicación pública ha descendido en muchas de las grandes plataformas, mientras que la comunicación más personal se ha desplazado hacia Stories, mensajes privados, chats de grupo, cuentas cerradas y servicios de mensajería. Los propios responsables de Instagram han reconocido que cada vez se comparte más contenido personal mediante mensajes directos que en el feed principal.

Mientras tanto, el feed se ha convertido en otra cosa. Ya no está compuesto solo por amigos, sino también por creadores profesionales, famosos, anuncios, cuentas recomendadas, vídeos sugeridos y contenidos de personas de las que el usuario nunca ha oído hablar. El sistema ya no se pregunta simplemente: “¿Qué han publicado tus amigos?”. Se pregunta: “¿Qué tiene más posibilidades de hacer que sigas mirando?”.

Esta transformación ayuda a explicar una sensación extraña que muchos usuarios describen: una plataforma puede seguir siendo intensamente atractiva y, al mismo tiempo, resultar cada vez menos significativa en términos personales. Alguien puede pasar una hora en Instagram o TikTok y no ver prácticamente nada creado por personas a las que conoce personalmente.

La plaza pública se está dividiendo así en dos mundos. Uno es un escenario algorítmico en el que creadores, marcas, influencers, organizaciones y desconocidos compiten por la visibilidad. El otro es un espacio privado donde se desarrolla buena parte de la interacción social auténtica.

Esto no significa que los jóvenes estén “abandonando las redes sociales”. El nivel de uso continúa siendo extraordinariamente alto, especialmente en las plataformas basadas en vídeo. Sin embargo, la relación emocional con ellas parece cada vez más ambivalente. Muchos adolescentes afirman que les ayudan a mantener amistades, expresar su creatividad o encontrar comunidades de apoyo, y al mismo tiempo las describen como agotadoras, distractoras o perjudiciales para las personas de su edad.

Esta contradicción no es difícil de entender. Una persona puede valorar una herramienta y resentirse del modo en que está diseñada. Una adolescente puede disfrutar de TikTok y desear pasar menos tiempo en él. Alguien puede agradecer Instagram para mantenerse en contacto con sus amigos y, a la vez, rechazar la presión por mostrar una versión cuidadosamente preparada de su vida.

Por eso, la expresión fatiga digital no debería entenderse simplemente como deseo de desconectar. Puede describir algo más sutil: los usuarios permanecen dentro del sistema, pero se sienten cada vez más distanciados de aquello en lo que el sistema se ha convertido.

Las redes sociales como buscador, escaparate, fuente de noticias y televisión

La transformación también se aprecia en el uso que hacemos de las redes sociales. La pregunta “¿qué están haciendo mis amigos?” ya no es el principal motivo por el que muchas personas abren una aplicación.

Pueden estar buscando una recomendación de restaurante, una receta, una explicación sobre un acontecimiento político, una idea para un viaje, una rutina de ejercicio, la valoración de un producto, un tutorial de maquillaje, una noticia o una guía para reparar algo. Pueden estar construyendo una marca personal, promocionando un negocio, mostrando un portafolio o aprendiendo una habilidad.

TikTok, en particular, se ha incorporado al paisaje de las búsquedas entre los usuarios más jóvenes, aunque resulta exagerado afirmar que haya sustituido a Google. El vídeo corto es hoy uno de los lugares a los que muchas personas acuden en busca de respuestas, especialmente cuando quieren explicaciones visuales, prácticas e inmediatas.

Este cambio es más importante de lo que puede parecer a primera vista, porque una plataforma que nació para mediar en las relaciones de amistad está empezando a mediar también en el conocimiento. Los sistemas de recomendación ya no deciden únicamente qué broma aparecerá después, sino también qué explicación sobre política, salud, religión, economía o conflictos internacionales llegará primero al usuario.

Entretenimiento e información quedan así mezclados en una misma interfaz. Un sketch humorístico puede ir seguido de un vídeo sobre una guerra, un anuncio de cosméticos, una diatriba política, una receta y un consejo sobre salud mental, todos presentados con una autoridad visual similar y compitiendo por el mismo recurso escaso: la atención.

Esto plantea un nuevo problema de interpretación. La propia plataforma no distingue con claridad al experto del aficionado, al periodista del propagandista, al anunciante del comentarista independiente ni a una explicación cuidadosamente documentada de una improvisación expresada con gran seguridad. Todo entra en el feed como contenido.

El influencer se convierte en una industria

Pocas cosas muestran tan claramente la comercialización de las redes sociales como la evolución de la figura del influencer.

La primera generación de personalidades de internet atraía a menudo a su público precisamente porque parecía informal y accesible. No eran celebridades distantes producidas por estudios de cine o cadenas de televisión. Parecían personas corrientes hablando directamente a otras personas corrientes.

Esa aparente cercanía formaba parte de su atractivo. Y también terminó adquiriendo valor comercial.

Hoy, la cultura de los influencers constituye una gran industria. Los creadores de éxito negocian patrocinios, gestionan contratos publicitarios, estudian analíticas, optimizan sus contenidos para los sistemas de recomendación, crean líneas de productos, contratan personal y funcionan, en la práctica, como pequeñas empresas de comunicación. Las marcas consideran cada vez más a los creadores como un elemento habitual de su estrategia publicitaria y no como un fenómeno experimental.

Nada hay intrínsecamente malo en esta profesionalización. Ha abierto oportunidades para artistas, educadores, activistas, periodistas, humoristas y emprendedores que quizá nunca habrían encontrado espacio en los medios tradicionales. También ha permitido que comunidades ignoradas por los canales convencionales puedan representarse directamente.

La dificultad aparece cuando la búsqueda de autenticidad se vuelve inseparable de la búsqueda de monetización. Si los ingresos dependen del alcance, el alcance depende de la interacción y la interacción depende de retener la atención, entonces los creadores terminan asumiendo muchos de los mismos incentivos que condicionan a las propias plataformas.

Tienen que detener el scroll.
Necesitan un gancho en los primeros segundos.
Necesitan provocar una reacción emocional.
Necesitan impedir que el espectador se marche.

Estas presiones no producen automáticamente contenidos superficiales, pero sí recompensan sistemáticamente determinadas formas de comunicación. La certeza suele circular mejor que el matiz. La indignación puede difundirse más deprisa que la explicación. La sorpresa suele funcionar mejor que la cautela. Una afirmación compleja como “la evidencia es contradictoria y los expertos discrepan” compite mal contra un mensaje del tipo “todo lo que te han contado es mentira”.

Esto se vuelve especialmente delicado cuando los influencers pasan del entretenimiento a la salud, la política, las finanzas, la religión o los asuntos sociales. Las investigaciones de la UNESCO sobre creadores digitales han constatado que muchos no verifican sistemáticamente la información antes de publicarla y que las métricas de popularidad —como los “me gusta” y las visualizaciones— se utilizan en ocasiones como señales informales de credibilidad.

Se produce así una inversión profunda: un contenido puede parecer verdadero porque se ha hecho viral, cuando quizá se ha vuelto viral precisamente por ser emocionalmente irresistible, simplificado o sensacionalista.

Cuando los asuntos serios se convierten en contenido

Una de las consecuencias de este entorno es la creciente trivialización de cuestiones complejas.

No todo puede explicarse con rigor en quince o treinta segundos. La guerra, la migración, la pobreza, la enfermedad mental, la política internacional, la religión y la desigualdad social exigen contexto. Los formatos breves pueden servir de introducción magnífica y acercar a las personas realidades que de otro modo ignorarían. El problema comienza cuando esa introducción se convierte en todo lo que llegamos a comprender.

Cada medio favorece determinados tipos de comunicación. El vídeo vertical rápido privilegia la inmediatez, la emoción, el impacto visual, la personalidad y una gran simplicidad narrativa. Son cualidades útiles, pero pueden distorsionar cuestiones que necesitan ambigüedad, historia, proporción o paciencia.

Una guerra puede convertirse en el fondo estético de una marca personal. Una crisis humanitaria puede reducirse a un clip emocional sin contexto. Una persona vulnerable puede transformarse en “contenido inspirador”. La propia pobreza puede acabar convertida en un escenario sobre el que otro representa su generosidad.

El problema no es solo que algunos creadores actúen irresponsablemente. La cuestión más profunda es que el sistema premia la transformación de la experiencia humana en unidades de atención.

Esto debería preocupar tanto a las organizaciones caritativas y religiosas como a los creadores comerciales. La persona representada debe importar siempre más que la interacción generada por la representación.

Retos virales y aceleración del riesgo

La viralidad no es, en sí misma, un problema. Puede propagar un bien extraordinario. Las redes sociales han recaudado fondos para la investigación médica, ayudado a encontrar personas desaparecidas, movilizado ayuda humanitaria, documentado abusos, organizado donaciones de sangre y creado comunidades globales en torno a causas importantes.

Es mejor entender la viralidad como un acelerador. Amplifica aquello que entra en el sistema.

El peligro aparece cuando la propensión adolescente al riesgo se combina con el deseo de pertenencia y visibilidad. Los jóvenes siempre se han retado entre sí a hacer cosas imprudentes, pero las redes sociales modifican la escala. Un comportamiento temerario que antes habría quedado limitado a un pequeño grupo de amigos puede convertirse en unas horas en un desafío reconocido en todo el mundo.

Algunos retos virales relacionados con medicamentos, sustancias inhaladas, acrobacias físicas peligrosas o asfixia han provocado lesiones graves e incluso muertes. Lo importante no es afirmar que las redes sociales hayan inventado la tendencia adolescente al riesgo. Lo que hacen es permitir que la arquitectura de la viralidad convierta un riesgo local en un modelo global que se demuestra, se imita y se recompensa repetidamente con visibilidad.

El filtro que redefine el rostro

La imagen corporal plantea un problema más silencioso, pero igualmente importante.

Los seres humanos siempre se han comparado con los demás, y la publicidad lleva décadas promoviendo cuerpos idealizados. Lo que añaden las redes sociales es continuidad, personalización y capacidad de automodificación.

La comparación ya no se limita a los famosos. Incluye amigos, compañeros de clase y desconocidos que, a su vez, pueden estar utilizando filtros, retoques, iluminación ideal y fotografías cuidadosamente seleccionadas. Los usuarios pueden modificar su propio rostro en cuestión de segundos y después comparar ese resultado editado con lo que ven en el espejo.

Numerosos estudios han relacionado el uso de redes sociales centrado en la apariencia con una mayor insatisfacción corporal, especialmente entre chicas y mujeres jóvenes. El problema más profundo no es simplemente que una adolescente crea que una imagen filtrada es real. Es que la imagen filtrada puede ir convirtiéndose gradualmente en el patrón con el que se juzga la propia realidad.

La cámara deja de limitarse a registrar el rostro. El rostro editado comienza a evaluar a la persona.

Ciberacoso y desaparición de la distancia segura

El acoso (bullying) es otra crueldad antigua cuya escala y persistencia se han visto transformadas por la tecnología digital.

El acosador del colegio desaparecía, al menos temporalmente, cuando la víctima llegaba a casa. El acoso digital puede seguir a la persona hasta el dormitorio. Los rumores pueden copiarse, las fotografías humillantes difundirse mucho más allá de la audiencia original y los mensajes abusivos llegar de forma anónima a cualquier hora.

Las grandes encuestas siguen mostrando que el ciberacoso afecta a una proporción considerable de adolescentes. Al mismo tiempo, la mayoría de los jóvenes usuarios también informa de muchas experiencias positivas en esas mismas plataformas. Es otra prueba de que las redes sociales no pueden describirse de manera simple como destructivas o beneficiosas.

La misma plataforma puede fortalecer una amistad y amplificar la humillación de otra persona. El mismo adolescente puede experimentar apoyo, exclusión, diversión, comparación, ánimo y ansiedad durante una sola tarde.

El coste más fácil de medir: sueño, atención y tiempo

No todos los perjuicios digitales necesitan presentarse en términos de enfermedad mental. Algunos de los costes más frecuentes son mucho más cotidianos y quizá más fáciles de reconocer.

Se duerme menos.
Se posponen los deberes.
Se fragmenta la concentración.
Cinco minutos se convierten en cincuenta.

Las encuestas recientes entre jóvenes muestran que muchos adolescentes reconocen por sí mismos que determinadas plataformas interfieren con su productividad, su descanso o su sensación de control sobre el tiempo. Este puede ser un punto de partida más útil que la pregunta abstracta de si las redes sociales son “buenas” o “malas”.

Las preguntas más adecuadas son prácticas. ¿De qué tipo de uso estamos hablando? ¿A qué hora del día? ¿Qué estamos dejando de hacer por ello? ¿Esta interacción profundiza una amistad o retrasa el sueño? ¿Este contenido despierta creatividad o provoca inseguridad? ¿La plataforma nos conduce hacia el mundo o nos encierra en un bucle automatizado?

Por qué el autocontrol individual no es suficiente

Durante muchos años, la respuesta dominante a los problemas de las redes sociales se dirigió fundamentalmente al individuo.

Desactiva las notificaciones.
Utiliza límites de tiempo.
No te compares.
Deja el teléfono antes de dormir.
Los padres deben supervisar a sus hijos.

Muchos de estos consejos son sensatos, pero contienen una contradicción evidente. Se pide a los individuos que defiendan su atención frente a sistemas creados por algunas de las empresas más sofisticadas del mundo precisamente para capturar esa atención.

La educación sigue siendo necesaria, pero el diseño tampoco puede considerarse irrelevante.

Por eso la regulación está desplazando cada vez más su atención desde los contenidos dañinos hacia la arquitectura del producto. La Unión Europea ha recomendado restricciones para menores en funciones como la reproducción automática, las notificaciones push, las rachas y otros mecanismos asociados a la interacción compulsiva. Australia ha adoptado una estrategia todavía más restrictiva mediante sus normas de edad mínima para acceder a determinadas redes sociales. En Estados Unidos, varios estados han aprobado leyes centradas específicamente en los feeds potencialmente adictivos y en la protección de los menores.

Estas políticas plantean dificultades reales. La verificación de edad puede amenazar la privacidad si se aplica mal. Las prohibiciones generales pueden dejar a adolescentes vulnerables sin acceso a comunidades que les resultan útiles. Definir jurídicamente el “diseño adictivo” puede resultar complejo y la tecnología suele evolucionar más rápido que la legislación.

Aun así, la dirección del cambio es clara. Las autoridades públicas están cada vez menos dispuestas a aceptar que las empresas tecnológicas puedan diseñar sus sistemas como quieran y dejar después a las familias solas frente a las consecuencias.

Un entorno digital más saludable debería partir de un principio sencillo: cuando un producto es utilizado por niños, la seguridad debe ser la opción predeterminada y no una configuración opcional escondida en un menú.

Hacia una verdadera madurez digital

La regulación, por sí sola, no puede resolver el problema. Los jóvenes necesitan también una alfabetización digital más profunda.

Deben comprender que los sistemas de recomendación no son neutrales.
Necesitan saber por qué aparece determinado contenido.
Deben entender que la viralidad no demuestra la verdad, que la autenticidad patrocinada sigue siendo publicidad y que la cifra que aparece debajo de una publicación no mide el valor de una persona.
También necesitan reconocer cuándo un contenido está diseñado principalmente para provocar una reacción. Deben aprender a distinguir la experiencia de la seguridad con la que alguien habla, y la información rigurosa de una actuación persuasiva.

Sin embargo, los adultos deberían resistirse a convertir a los adolescentes en el único objetivo de esta educación. Los jóvenes no inventaron el desplazamiento infinito, la publicidad conductual, la optimización de la interacción ni el marketing de influencers. Fueron los adultos quienes construyeron esos sistemas, quienes los financian, regulan y obtienen beneficios de ellos.

La madurez digital es, por tanto, una responsabilidad compartida entre generaciones.

Lo que está diciendo la Iglesia Católica

La reflexión de la Iglesia Católica sobre la cultura digital resulta especialmente valiosa porque evita tanto la nostalgia como el entusiasmo tecnológico acrítico. No propone retirarse del mundo digital, pero tampoco da por supuesto que toda nueva forma de conexión fortalezca necesariamente la comunidad humana.

En Christus Vivit, el papa Francisco reconocía que los entornos digitales son verdaderos lugares de encuentro para los jóvenes. Pueden facilitar el diálogo, el acceso al conocimiento, la participación política, la solidaridad y formas de comunidad que de otro modo serían imposibles. Pero el mismo documento advertía también sobre la soledad, la manipulación, la explotación, el ciberacoso, la adicción y los enormes intereses económicos que actúan detrás de las plataformas digitales.

Esta distinción es fundamental. La cuestión moral no consiste únicamente en preguntarse qué hacen las personas en internet, sino también qué está haciendo el entorno digital con las personas.

El Dicasterio para la Comunicación del Vaticano desarrolló más esta idea en Hacia una plena presencia, publicado en 2023. El documento describe una economía digital en la que las plataformas aparentemente gratuitas se pagan mediante nuestra atención y nuestros datos personales. Los usuarios no son solo consumidores; forman también parte del producto económico que se monetiza.

Esta observación llega al corazón del debate actual. La preocupación cristiana comienza allí donde se afirma que un ser humano no puede reducirse a un perfil de comportamiento. La amistad es algo más que interacción. La atención es algo más que un recurso susceptible de extracción. Las inseguridades de un joven no pueden convertirse éticamente en materia prima para maximizar el tiempo de pantalla.

La respuesta de la Iglesia, sin embargo, no consiste en retirarse del mundo digital. Consiste en recuperar la presencia auténtica.

El papa León XIV expresó esta idea de forma especialmente gráfica en 2025, cuando se dirigió a misioneros e influencers católicos en el entorno digital. Los animó a permanecer activos en internet, pero al mismo tiempo les pidió que ayudaran a garantizar que la cultura tecnológica siguiera siendo humana y que buscaran el rostro sufriente de Cristo en las personas encontradas a través de las redes.

Su imagen fue especialmente poderosa: “Id y reparad las redes.”

La expresión transforma el lenguaje mismo de las redes en una misión pastoral. El objetivo no es construir la audiencia más grande posible, sino reparar relaciones. No consiste únicamente en aumentar el alcance, sino en crear espacios de verdad, amistad, comunión y libertad.

Esto propone una medida radicalmente distinta del éxito. La pregunta comercial es cuántas personas fueron alcanzadas. La pregunta cristiana es qué ocurrió con las personas alcanzadas.

¿Fueron respetadas?
¿Fueron manipuladas?
¿Se las ayudó a comprender mejor?
¿Fueron transformadas simplemente en consumidores?
¿Quedaron más ansiosas o más libres?

Una lectura vicenciana: de capturar la atención a ofrecerla

Para la Familia Vicenciana, la cuestión puede plantearse de forma aún más concreta.

La espiritualidad vicenciana comienza mirando atentamente la realidad y preguntándose dónde están sufriendo las personas. Aplicada a la cultura digital, la primera pregunta no debería ser: “¿Cómo podemos conseguir más seguidores?”. Debería ser: “¿Quién está resultando herido aquí?”.

¿Qué adolescente ha aprendido a medir su valor personal a través de los “me gusta”?
¿Qué joven ya no puede mirar su rostro sin filtros sin sentirse decepcionado?
¿Qué niño está expuesto a contenidos que todavía no está preparado para procesar?
¿Qué persona está siendo humillada mediante el ciberacoso?
¿Qué familia está perdiendo descanso y serenidad porque los dispositivos se han vuelto casi imposibles de dejar a un lado?

Pero también debemos preguntarnos qué joven aislado ha encontrado en internet amistad auténtica, apoyo, fe o una comunidad que no existía cerca de él.

Una lectura vicenciana debe ser capaz de ver las dos realidades. No puede demonizar la herramienta, pero tampoco ignorar a la persona herida por la manera en que esa herramienta está diseñada.

Existe aquí un contraste especialmente poderoso. La economía de la atención busca capturar la atención. La caridad vicenciana busca ofrecer atención.

Un movimiento se pregunta durante cuánto tiempo puede retener la mirada de una persona. El otro se pregunta si realmente hemos visto a la persona que tenemos delante.

Un sistema digital puede saber que alguien vio un vídeo durante once segundos, repitió un fragmento, se detuvo ante una imagen y regresó tarde por la noche a la aplicación. Puede saber muchísimo sobre su comportamiento y, sin embargo, no saber casi nada sobre el ser humano.

La caridad cristiana comienza donde terminan los datos. Se pregunta por la soledad que hay detrás del desplazamiento nocturno, por el miedo que impulsa una búsqueda, por el deseo de pertenencia que se esconde detrás de una fotografía y por la historia humana oculta tras una métrica.

La sencillez vicenciana ofrece también una respuesta poderosa a una cultura basada en la representación. Las redes sociales nos invitan a todos —personas, instituciones, iglesias, organizaciones benéficas— a construir cuidadosamente una imagen de nosotros mismos. La comunicación puede transformarse fácilmente en una forma de marca personal, e incluso el servicio a las personas empobrecidas puede empaquetarse buscando el mayor impacto emocional.

Para las organizaciones vicencianas, esto crea una grave responsabilidad ética. La pobreza nunca debe convertirse en clickbait. Un refugiado no es un decorado. Una persona sin hogar no debe servir como prueba de la generosidad de alguien. Un niño vulnerable no puede convertirse en instrumento para aumentar la interacción.

La dignidad de la persona representada debe importar siempre más que el rendimiento comunicativo de la organización que la representa.

La humildad aporta otra corrección importante. Las plataformas digitales cuantifican constantemente la reputación mediante seguidores, visualizaciones, compartidos y alcance. Estas métricas son útiles, también para la comunicación religiosa y caritativa, porque las organizaciones necesitan saber si sus mensajes llegan a alguien.

El peligro aparece cuando aquello que puede medirse se convierte en aquello que más se valora.

Una publicación vista por cien mil personas puede no conseguir prácticamente nada. Un mensaje visto por una sola persona asustada o sola, exactamente en el momento adecuado, puede cambiar una vida.

La misión vicenciana no puede ignorar las métricas, pero debe rechazar la idea de que lo más fácil de medir sea necesariamente lo más importante.

Una respuesta estructural a un problema estructural

Hay una última enseñanza específicamente vicenciana.

La tradición de san Vicente nunca se ha limitado a decir a quienes sufren que soporten mejor su situación. Su historia está llena de respuestas organizadas: hospitales, escuelas, cofradías, pastoral penitenciaria, asistencia a refugiados, redes de caridad, defensa de derechos y reformas institucionales.

Ese instinto resulta muy importante en el mundo digital.

Es bueno enseñar autocontrol a los jóvenes.
Es bueno ayudar a los padres a establecer límites.
Es bueno fomentar la alfabetización digital.

Pero si un sistema está diseñado deliberadamente para superar esos límites, la respuesta no puede limitarse a exigir individuos más fuertes.

Los problemas sistémicos requieren respuestas sistémicas.

Eso implica apoyar una investigación rigurosa, la responsabilidad empresarial, una regulación sensata, el diseño adecuado para cada edad, la transparencia y la protección de datos. También significa examinar nuestros propios hábitos como comunicadores católicos y vicencianos.

¿Imitamos todas las estrategias de interacción simplemente porque funcionan?
¿Publicamos antes de verificar?
¿Exageramos para atraer clics?
¿Provocamos indignación porque sabemos que se comparte más?
¿Medimos el éxito pastoral principalmente mediante impresiones?
¿Hablamos a los jóvenes o realmente los escuchamos?

Una ética digital vicenciana debe aplicarse a nosotros mismos antes que a Silicon Valley.

La pregunta en la encrucijada

El juicio contra Meta puede terminar con una sentencia de gran alcance, con una resolución más limitada, con años de recursos o con reformas negociadas. Sea cual sea su desenlace jurídico, algo más profundo ya ha cambiado.

La época en la que las plataformas sociales podían presentarse principalmente como contenedores neutrales de contenidos creados por sus usuarios está llegando a su fin. Tribunales y reguladores empiezan a hacerse preguntas sobre el propio diseño.

¿Por qué el feed no termina nunca?
¿Por qué se me está recomendando este contenido?
¿Por qué esta notificación ha llegado precisamente ahora?
¿Por qué es visible el número de “me gusta”?
¿Por qué esta es la configuración predeterminada para un menor?
¿Quién se beneficia de que el usuario permanezca conectado otros veinte minutos?

Estas preguntas no son antitecnológicas. Son señales de madurez tecnológica.

Las redes sociales han aportado a la humanidad enormes beneficios. Han conectado familias separadas por continentes, han sacado a la luz injusticias, han movilizado la solidaridad, han facilitado la educación y han dado voz a personas excluidas de los medios tradicionales. Estos logros son reales y merece la pena protegerlos.

Pero estar agradecidos a la tecnología no significa aceptar sin más todos los modelos comerciales construidos a su alrededor.

El futuro no debería obligar a los jóvenes a elegir entre la inmersión total y la desconexión total. Debería ofrecer plataformas que respeten la vulnerabilidad propia del desarrollo, modelos de negocio que reconozcan límites éticos, creadores que entiendan la influencia como responsabilidad, una regulación que proteja sin infantilizar y una educación que fomente la libertad en lugar del miedo.

La tradición católica y la tradición vicenciana añaden un criterio definitivo: todo sistema tecnológico debe permanecer subordinado a la persona humana.

La economía de la atención pregunta cuánto de una persona puede capturarse.
La caridad vicenciana pregunta cuánta atención estamos dispuestos a ofrecer.

Entre esas dos formas de entender la atención se encuentra buena parte de la batalla moral que hoy se libra en torno a las redes sociales. La cuestión central ya no es si los jóvenes vivirán en un mundo digital. Ya viven en él.

La verdadera pregunta es al servicio de quién estamos diseñando ese mundo.

Javier F. Chento.


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