En un día nublado que amenazaba lluvia, estaba a punto de marcharme de casa de un amigo. Me quedé en el marco de la puerta, en lo que podríamos llamar un umbral. Detrás de mí quedaba la seguridad y el resguardo de su salón; delante, la incertidumbre del tiempo.
La duda era: ¿dar ese paso hacia fuera o no? ¿Confiar o no en mi intuición de que no iba a llover? O, dicho de forma más general, si ante cualquier situación de umbral conviene avanzar o quedarse.
La escena conecta con un pasaje del profeta Jeremías, cuyas palabras plantean una cuestión similar: la confianza en Dios necesaria para dar ese tipo de pasos en el umbral.
El texto dice así: «Mientras Israel avanza para recibir su descanso, el Señor se le aparece desde lejos».
Jeremías retrata al pueblo elegido de Dios, los israelitas, saliendo de la seguridad para situarse en un umbral y contemplar una tierra desconocida. Se preguntan: «¿Podemos confiar lo suficiente como para dar este paso?». Y cuando deciden avanzar, oyen a Dios decir: «Con amor eterno te he amado».
A lo largo de los años, ¿a cuántos momentos decisivos nos hemos enfrentado los vicencianos? ¿Ante qué umbrales nos encontramos hoy en día? ¿Qué decisiones de confianza se nos plantean por delante?
¿Con qué firmeza podemos confiar en que el Señor, de una forma u otra, nos está llamando a ponernos en marcha? No necesariamente llamándonos desde cerca, sino también, como relata Jeremías, «apareciéndose desde lejos». Y no solo apareciéndose, sino convocándonos con ese «amor eterno».
Es una lección de este profeta sobre la virtud y el riesgo de la esperanza, una cualidad que bien podría representarse como la llamada en el marco de la puerta. O, mejor aún, la «virtud del umbral».
En una carta escrita un Viernes Santo, Vicente recurre a una analogía náutica para animar a uno de sus sacerdotes a adentrarse con mayor confianza en el futuro de Dios:
«En nombre de Dios, padre, tengamos en Él más confianza que la que tenemos; dejémosle conducir nuestra barquilla; si le es útil y agradable, la salvará del naufragio».
(SVP ES IV, 331, carta a Aquiles Le Vazeux, asistente de Roma. Viernes Santo de 1652).








0 Comentarios