Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Así, sí, lo conocemos por gracia, por revelación del Padre. Y así lo hemos de anunciar con nuestra vida los que somos carne y sangre.
Y es por gracia, desde luego, que confiesa Pedro a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pues el que se lo da a conocer a Pedro es el Padre en el cielo, no la carne ni la sangre.
Con todo, escoge Jesús al que es carne y sangre para que este sirva de base de la Iglesia. Aun construida la Iglesia sobre un mortal, no prevalecerán las fuerzas del mal que la buscan derribar. Pues Dios, su beneplácito, lo puede todo.
Es decir, por gracia, por las insondables decisiones del Señor, lo mortal se hace inmortal, lo débil, fuerte, lo necio, sabio. Y escoge Dios a los mortales, a los débiles, a los necios, para que nadie se gloríe delante de él. Para que nadie se vuelva soberbio y egoísta cual Sobna. Hay que gloriarse, sí, no más en el Señor.
Con razón, pues, se nos dice que los apóstoles son todos pobres, no saben nada, van descalzos, apenas tienen para cubrirse. Mas por gracia, convierten a todo el mundo (SV.ES IX:1055). Y esto nos da razón para maravillarnos de la gracia de Dios.
Pues se sirve él de unos pobres, de unas vasijas de barro para el anuncio de la Buena Noticia. Nos queda no más fiarnos del que cuida en todas partes de nosotros. Él, sí, «habita en lo más hondo de nuestro ser, nos da vida y nos sostiene a cada instante en medio de nuestra debilidad».
Señor Jesús, por gracia te conocemos y te confesamos el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Concédenos a los que somos pobres y débiles pasar por todas partes haciendo el bien al igual que tú. Así, te proclamaremos con nuestra vida. Y danos, en tu Cena, un generoso remedio y un alimento para los débiles (EG 47).
23 Agosto 2026
21º Domingo de T.O. (A)
Is 22, 19-23; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20








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