Te invitamos a descubrir a través de sus escritos al beato Giacomo Cusmano (1834–1888), presbítero que fundó las congregaciones de los Siervos y Siervas de los Pobres, y se destacó por su caridad hacia los necesitados y enfermos.
Giacomo Cusmano escribió numerosas cartas, homilías y notas espirituales en las que descubrimos a una persona que vivió una espiritualidad centrada en la caridad activa, viendo en cada pobre el rostro de Cristo; por ello, no solo socorría a los necesitados con sus propios bienes, sino que también organizó la obra del “Boccone del Povero” [el bocado del pobre], que movilizó a la comunidad para llevar alimento a los más desamparados.
Texto de Giacomo Cusmano:
Reavivemos nuestra fe en Jesús, pobre y doliente, que considera hecho a sí mismo lo que hacemos a los Pobrecillos. Avivemos nuestra caridad. ¡Jesús lo quiere! De hecho dice: “He venido a traer el fuego de la caridad, y no quiero otra cosa sino que se encienda en todos los corazones! … Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado a vosotros”.
– Giacomo Cusmano, Boccone spirituale, 10 de octubre.
Comentario:
El beato Giacomo Cusmano se dirige a nosotros con una claridad urgente: reavivad la fe y avivad la caridad. No son dos caminos paralelos, sino un único movimiento evangélico. La fe sin caridad se enfría en ideas; la caridad sin fe se queda sin aliento. La llamada de Cusmano reúne ambas en una sola llama que arde con la misma vida de Cristo.
Cusmano comienza donde empieza el Evangelio: con Jesús pobre y sufriente. Aquel en quien creemos no es un soberano distante e indiferente al dolor humano. Es el Hijo que eligió la pobreza, tocó heridas y cargó una cruz. “Reavivar nuestra fe en Jesús” significa aprender, una y otra vez, a encontrarlo allí donde Él dijo que estaría: entre los últimos y los más pequeños. Por eso Cusmano recuerda enseguida la solemne identificación del Señor con los necesitados: «lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (cf. Mt 25).
La fe reavivada no consiste en nociones más precisas sobre Dios, sino en un reconocimiento más profundo de la presencia real de Cristo en lugares que quizá preferiríamos evitar: enfermedad, fragilidad, soledad, marginación. Si quiero medir la temperatura de mi fe, debo mirar la temperatura de mi amor por esos hermanos. Donde mi fe se calienta, mis pasos se dirigen hacia ellos; donde se enfría, dudo, me excuso y paso de largo.
«He venido a traer fuego», dice Jesús (cf. Lc 12,49). Cusmano se atreve a identificar ese fuego como el fuego de la caridad. El fuego purifica: quema la escoria —el ensimismamiento, la vanidad, los rencores— que impiden fluir al amor. El fuego ilumina: ayuda a ver personas donde antes solo veíamos problemas. El fuego calienta: saca al corazón helado de la indiferencia y lo lleva a la ternura y el valor. El fuego une: una sola llama puede encender muchas velas sin apagarse, y una comunidad encendida transmite calor y luz mucho más allá de lo que cualquiera podría dar por sí solo.
Cristo trae esa llama. Nuestra tarea es exponer nuestro corazón a su chispa y alimentarla. Si sentimos frío interior —rutina en la oración, cansancio en el servicio— el remedio no es reprendernos, sino acercarnos más a la Fuente, al Señor que desea volver a encendernos.
Cusmano une el fuego del Señor con su mandamiento nuevo: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (cf. Jn 13,34; 15,12). La medida no es «hasta donde yo pueda» ni «según lo que merezcan», sino como Cristo ama. ¿Y cómo ama Él?
- Cercanía: se inclina a lavar los pies y se sienta a la mesa con pecadores.
- Misericordia: perdona desde la cruz y restituye a quienes le negaron.
- Coste: entrega tiempo, fuerzas, reputación y vida. El amor que no cuesta rara vez cambia algo; el amor que cuesta participa en la lógica salvadora de la cruz.
El realismo de Cusmano es pastoral. Si Jesús desea que el fuego arda, ¿por qué sentimos a veces el corazón frío? Cuatro factores comunes que lo apagan:
- Ceniza de la rutina: deber sin ganas. Remedio: la acción de gracias. Nombrar los dones diarios convierte el deber en respuesta; la gratitud es yesca seca para el amor.
- Humedad del miedo: ¿y si fracaso, me engañan, me utilizan? Remedio: compasión con prudencia. Empezar en entornos relacionales y responsables. La valentía crece con estructuras sanas.
- Ráfagas de distracción: el ruido constante dispersa la atención. Remedio: breves silencios diarios —diez minutos de presencia sin distracciones ante el Señor.
- Piedras del resentimiento: viejas heridas que saturan el hogar. Remedio: perdón. Poner la herida ante Dios, pedir la voluntad de perdonar, bendecir al otro en la oración. La llama necesita espacio.
La intuición de Cusmano es profundamente eucarística. En la misa, Cristo se da como alimento. Respondemos «Amén», y ese Amén busca un segundo cumplimiento: llevar el Don a los lugares donde Él nos espera. El movimiento es circular: del altar a la calle, de la calle al altar. El servicio evita que la adoración se convierta en desencarnada, y la adoración evita que el servicio se convierta en activismo que olvida por qué ama.
«Jesús lo quiere», dice Cusmano, no como amenaza, sino como buena noticia. Cristo quiere que nuestros corazones ardan porque los corazones ardientes son corazones alegres. Esta alegría no es jovialidad superficial, sino el calor constante de sabernos en sintonía con el deseo mismo del Señor.
Una sola brasa brilla; un montón arde. La caridad florece en comunidad. Parroquias, asociaciones, familias religiosas: son lugares donde se comparten dones, se reparten cargas y se sostiene la perseverancia. Pautas sencillas: empezar poco a poco y con regularidad, revisar juntos, celebrar las pequeñas victorias, aprender de los errores. Las comunidades que dan calor a los pobres también dan calor a sus miembros; se convierten en signos visibles del calor del Reino en barrios que se han enfriado.
Cusmano se atreve a poner palabras al deseo de Jesús: que el fuego se encienda en cada corazón. Para algunos, la caridad será el cuidado inmediato; para otros, la intercesión constante; para otros, el liderazgo competente, la abogacía legal, la enseñanza o la generosidad. El Señor no compara las llamas; se complace en que la leña que nos ha dado a cada uno de nosotros sea ofrecida a su fuego.
Aceptemos, pues, el doble imperativo de Cusmano. Reavivar la fe en Jesús pobre y sufriente y avivar la caridad. La noche del mundo es real, pero la Noche es precisamente donde la luz importa.
Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:
- ¿En qué aspectos me cuesta más reconocer a Jesús pobre y sufriente, y qué medidas concretas pueden ayudarme a acercarme más a Él?
- ¿Qué obstáculos —rutina, miedo, distracciones, resentimiento— enfrían mi caridad, y qué remedio voy a poner en práctica esta semana?








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