En la remota región hondureña de La Mosquitia, las distancias no se miden únicamente en kilómetros, sino también en horas de navegación, en los cambios del nivel del agua, en senderos embarrados y en la imprevisibilidad del clima tropical. A lo largo del río Kruta hay comunidades a las que no se puede llegar por carretera, sencillamente porque no existen carreteras. Para alcanzarlas es necesario atravesar lagunas, recorrer estrechos canales en un pequeño cayuco y, en ocasiones, continuar a pie entre el barro y los arroyos.
Del 23 de junio al 5 de julio de 2026, el padre Enrique Alagarda, C.M., y Henry Godfri, delegado de la Palabra de la zona, realizaron una de las visitas pastorales periódicas organizadas por la parroquia San José de Puerto Lempira. Su destino era la parte alta del río Kruta, una de las zonas más alejadas atendidas por la parroquia.
La parroquia comprende 91 comunidades dispersas por un territorio inmenso y de difícil acceso. Debido a las distancias y a los limitados medios de transporte, algunas comunidades solo pueden recibir la visita de un sacerdote dos veces al año. En este contexto, una visita pastoral es mucho más que una actividad incluida en el calendario parroquial. Es un encuentro largamente esperado que reúne la vida sacramental, la formación, la escucha, el aliento y el trabajo práctico necesario para fortalecer a cada comunidad cristiana.
Se trata de una expresión viva de la praxis vicenciana: salir al encuentro de las personas allí donde están, especialmente cuando la geografía, la pobreza y el abandono social las han situado lejos de la atención de los demás.
La presencia como principio del ministerio
El viaje de trece días comenzó en Puerto Lempira. El padre Enrique y Henry atravesaron la extensa laguna de Kartaska en un pequeño cayuco, equipado con un modesto motor apropiado para los canales de poca profundidad que encontrarían más adelante. Desde allí se adentraron en los cursos de agua que conducen al río Kruta y comenzaron a desplazarse de una comunidad a otra.
Las condiciones del viaje fueron exigentes. Algunos canales eran estrechos y apenas tenían profundidad suficiente para el cayuco. A otras comunidades solo era posible llegar caminando por senderos embarrados. La lluvia dificultaba tanto la navegación como los desplazamientos a pie. En algunos lugares, los jóvenes de las comunidades ayudaron a transportar los materiales pastorales y las pertenencias personales de los visitantes.
Sin embargo, estas dificultades no constituyen el centro de la historia. Lo verdaderamente importante es algo más profundo: la decisión de estar presentes.
El ministerio vicenciano comienza con la cercanía. No espera que quienes viven en las periferias superen todos los obstáculos y encuentren por sí solos el camino hasta la Iglesia. Se pregunta cómo puede la Iglesia atravesar esos obstáculos para llegar hasta ellos.
A lo largo del río Kruta, estar presente significa entrar en el ritmo de cada comunidad, aceptar su hospitalidad, escuchar sus preocupaciones, visitar a sus enfermos, reunirse con sus líderes y reconocer una fe que ha seguido creciendo incluso durante los largos meses en los que no han podido contar con la presencia de un sacerdote.
Comunidades que mantienen viva la fe
La misión incluyó visitas a pequeños asentamientos como Turalaya, Usang, Twi Pauhni, Kinya, Krahkra, Tanslaya, Tikiraya, Raks Dimwan, Baikan, Lakunka, Siakwalaya, Abibila, Suba y Tuburús.
Algunas de estas comunidades están formadas por apenas unas pocas familias. Otras son más grandes y cuentan con grupos activos de jóvenes, catequistas, ministros y responsables pastorales. En todas ellas, sin embargo, la vida de la Iglesia depende en gran medida de los laicos.
Los delegados de la Palabra ayudan a mantener la oración comunitaria y la proclamación de las Escrituras cuando no puede estar presente un sacerdote. Los catequistas preparan a niños y adultos para recibir los sacramentos. Los ministros extraordinarios llevan la Comunión a quienes están enfermos o no pueden desplazarse. Otros miembros de la comunidad organizan las celebraciones, mantienen las capillas, recaudan fondos y acogen a quienes llegan de visita.
Por tanto, el ministerio del padre Enrique no fue el de alguien que llega para crear vida cristiana allí donde no existe. Llegó para acompañar a una Iglesia viva, sostenida ya por la fe, el servicio y la perseverancia de la población local.
La visita permitió reunirse con estos responsables, revisar la situación pastoral de cada comunidad, identificar la necesidad de nuevos catequistas o delegados de la Palabra y planificar futuras actividades formativas. En varios lugares ya se habían elegido nuevos responsables laicos. En otros, se sentía profundamente la ausencia de algún ministro local que había tenido que marcharse en busca de trabajo.
Esta colaboración entre el misionero y la comunidad es esencialmente vicenciana. El misionero no sustituye los dones ni las responsabilidades de las personas. Ayuda a reconocerlos, formarlos e integrarlos en la comunión de la Iglesia universal.
Los sacramentos en lugares a los que rara vez se llega
Debido a la escasa frecuencia de las visitas sacerdotales, las celebraciones sacramentales se convierten en momentos fundamentales para la vida de estas comunidades. A lo largo del viaje, el padre Enrique celebró la Eucaristía, escuchó confesiones, bautizó a niños, celebró matrimonios y primeras comuniones, y llevó la Comunión a personas enfermas o de edad avanzada.
En Tikiraya, la comunidad más grande de esta parte de la región del río Kruta, la visita requirió más tiempo debido al número de personas que esperaban recibir los sacramentos y atención pastoral. Doce personas enfermas o de edad avanzada fueron visitadas en sus hogares, algunos de ellos situados lejos de la capilla. Un ministro local y un grupo de miembros de la comunidad acompañaron al padre Enrique, llevando cantos y oraciones a cada encuentro.
Este ministerio con los enfermos muestra una dimensión esencial del servicio vicenciano. Las personas que tienen mayores dificultades para llegar al centro de la vida comunitaria no deben desaparecer de sus preocupaciones. La Iglesia acude a ellas porque la fragilidad, la enfermedad y el aislamiento nunca disminuyen la dignidad de una persona ni el lugar que ocupa dentro de la comunidad.
Las celebraciones sacramentales no fueron ceremonias aisladas. Renovaron los vínculos entre las familias, los asentamientos vecinos y las distintas generaciones. Los bautizos, las primeras comuniones y los matrimonios se convirtieron en fiestas comunitarias en las que la fe se expresó mediante la oración, la hospitalidad, la comida tradicional y la generosa participación de poblaciones enteras.
Pequeñas comunidades, un compromiso extraordinario
Una de las celebraciones más conmovedoras tuvo lugar en Twi Pauhni, una comunidad formada únicamente por cuatro familias. A pesar de su reducido tamaño, la comunidad había construido una nueva capilla de madera. Familias procedentes de poblaciones vecinas caminaron hasta allí para participar en su bendición, transformando la ocasión en un alegre encuentro entre comunidades.
En Lakunka, los habitantes están construyendo su primera iglesia de cemento. Las obras han avanzado lentamente porque los recursos son escasos y resulta extremadamente difícil transportar los materiales río arriba. Cuando desciende el nivel del agua, las embarcaciones no pueden acceder al canal que conduce a la comunidad.
Abibila también está trabajando para disponer de una capilla permanente, mientras que Suba —una de las comunidades católicas más nuevas y pequeñas de la zona— ya ha construido un lugar de culto provisional y ha adquirido los materiales para el tejado de su futuro templo. Uno de sus responsables viajó hasta San Pedro Sula para trabajar durante una temporada y conseguir así el dinero necesario para adquirirlos.
Estas capillas son mucho más que simples edificios. En lugares separados por ríos, llanuras inundables y senderos casi intransitables, una capilla ofrece un centro de pertenencia. Es el lugar donde las personas rezan, se organizan, aprenden, celebran, lloran sus pérdidas y se reconocen como comunidad.
Su construcción demuestra también que estas comunidades no son receptoras pasivas de la ayuda misionera. Aportan trabajo, alimentos, materiales, dinero y enormes sacrificios personales. El acompañamiento vicenciano respeta y fortalece esta capacidad. Camina junto a las comunidades mientras estas se convierten en protagonistas de su propio desarrollo eclesial y social.
La fe en medio de la inseguridad alimentaria
La visita pastoral se desarrolló también en el contexto de una grave emergencia alimentaria. Las malas cosechas, entre ellas la pérdida de las plantaciones de frijol, habían dejado a muchas familias en una situación de gran vulnerabilidad. En varias comunidades, los habitantes esperaban el reparto de alimentos del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Algunos habían viajado desde poblaciones lejanas y llevaban días esperando porque no se sabía con certeza cuándo comenzaría la distribución.
Esta realidad afectó a la asistencia a algunas celebraciones, pero también puso de manifiesto el contexto más amplio en el que viven estas comunidades. El ministerio pastoral no puede ignorar el hambre, la precariedad de los medios de subsistencia ni la vulnerabilidad de las familias que dependen de una agricultura destinada principalmente al autoconsumo.
La tarea del misionero no consiste en reducir el Evangelio a la asistencia material, pero tampoco puede hablar de la fe como si el sufrimiento material no existiera. La espiritualidad vicenciana mantiene unidas ambas dimensiones. Escucha el hambre espiritual de las personas sin dejar de prestar atención a la mesa vacía, la cosecha perdida, el familiar enfermo o el joven obligado a emigrar en busca de trabajo.
El cuidado de las tierras indígenas y de la casa común
La visita culminó en Tuburús, donde representantes de las comunidades de toda la zona se reunieron para participar en un taller de pastoral de la tierra y el medioambiente. Cincuenta y cinco participantes reflexionaron sobre las amenazas que afectan a los territorios indígenas, la deforestación, la expansión de las grandes explotaciones ganaderas y la responsabilidad de proteger el medioambiente.
Este encuentro demuestra que la presencia de la Iglesia en las comunidades remotas va más allá de las celebraciones sacramentales ocasionales. También ayuda a las personas a analizar las fuerzas que afectan a su tierra, su cultura, sus medios de subsistencia y su futuro.
Para las comunidades indígenas y rurales, el cuidado de la creación no es una preocupación medioambiental abstracta. Los bosques, los ríos, el suelo y el agua sostienen la vida cotidiana. Los daños infligidos a estos ecosistemas pueden provocar hambre, desplazamientos, pérdida cultural y un aumento de la pobreza.
El taller ayudó a vincular la fe con la responsabilidad hacia el territorio. También creó un espacio en el que las comunidades pudieron compartir sus preocupaciones y fortalecer su capacidad para responder conjuntamente. Esto también forma parte de la praxis vicenciana: una caridad que escucha con la atención necesaria para reconocer las injusticias estructurales y un acompañamiento que ayuda a las comunidades a defender la vida y la dignidad.
Negarse a olvidar a quienes viven lejos
Tras trece días de viaje, el padre Enrique y Henry regresaron a Puerto Lempira después de navegar durante casi cinco horas en cayuco, gran parte del tiempo bajo una intensa lluvia. Llegaron cansados y empapados, pero agradecidos por todo lo realizado.
Sin embargo, el significado duradero del viaje no se encuentra en el número de kilómetros recorridos, ni siquiera en el número de sacramentos celebrados. Se encuentra en la relación renovada entre la Iglesia y unas comunidades que, de otro modo, podrían sentirse invisibles.
El aislamiento puede adoptar muchas formas. En La Mosquitia se hace tangible en los ríos, las lagunas, el barro, las enormes distancias y la ausencia de carreteras. En otros lugares, las personas pueden estar aisladas por la pobreza, la migración, la enfermedad, la discriminación, la vejez o el abandono social. La geografía cambia, pero la respuesta vicenciana sigue siendo reconocible: acercarse a aquellos a quienes otros consideran difíciles de alcanzar.
Las comunidades del río Kruta no son simplemente lugares remotos que esperan recibir ayuda. Son comunidades de fe con responsables, tradiciones, dificultades, dones y una extraordinaria capacidad de solidaridad. El misionero no lleva a Dios a un territorio vacío. Descubre que Dios ya está allí: en el catequista que continúa enseñando, en la familia que construye una capilla, en el joven que transporta materiales por un sendero embarrado, en los vecinos que visitan a los enfermos y en las personas que se reúnen para defender su tierra.
Este ministerio recuerda a toda la Familia Vicenciana que la cercanía no es simplemente un sentimiento. Exige movimiento, tiempo, perseverancia y la voluntad de superar barreras reales. Ninguna comunidad debería ser considerada demasiado pequeña, demasiado distante o demasiado difícil de alcanzar.
Donde termina la carretera, continúa la misión vicenciana.
Puede encontrarse más información e imágenes de este viaje pastoral en el sitio web de los Misioneros Paúles de España.










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