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El 15 de agosto recordamos el martirio —dies natalis— del beato Luis Belda y Soriano de Montoya, miembro de la SSVP
La vida del beato Luis Belda y Soriano de Montoya fue breve: apenas treinta y cuatro años. Sin embargo, en ese reducido espacio de tiempo fue estudiante, profesor particular, abogado del Estado, jurista, escritor, conferenciante, esposo, padre de familia numerosa, miembro de diferentes asociaciones católicas, promotor de iniciativas sociales y participante activo en la vida pública. También fue miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl, en las que practicó durante años la visita domiciliaria a las familias necesitadas.
Su historia no puede comprenderse completamente si se separan sus diferentes dimensiones. En él, la vida de oración, la familia, la profesión jurídica, el servicio a los pobres y el compromiso social no constituían compartimentos independientes. Formaban una sola vocación cristiana vivida en el mundo.
Tampoco puede entenderse su muerte sin situarla en el clima de profunda polarización política, social y religiosa que atravesó España durante la Segunda República y que, tras el fracaso parcial del golpe militar de julio de 1936, desembocó en una guerra civil y en una violencia extrema ejercida en ambas retaguardias. Luis Belda quedó atrapado en aquel proceso de descomposición institucional y odio ideológico. Su conocida identidad católica, su apostolado público y su participación política hicieron que fuera señalado, detenido y finalmente asesinado sin juicio.
La Iglesia, después de estudiar su vida y las circunstancias de su muerte, reconoció que murió como mártir, es decir, que fue asesinado por odio a la fe y que afrontó la muerte permaneciendo fiel a sus convicciones cristianas y perdonando a sus verdugos.

Imagen restaurada digitalmente del beato Luis Belda y Soriano de Montoya. Fuente original: web de la diócesis de Almería.
Una familia numerosa y profundamente cristiana
Luis Belda y Soriano de Montoya nació el 11 de diciembre de 1901 en Palma de Mallorca, España. Era el noveno de los once hijos de Antonio Belda Martínez y María del Carmen Soriano de Montoya y Verea de Aguiar.
Su padre, nacido en Castril, en la provincia de Granada, era funcionario de Aduanas. Su madre, maestra de primera enseñanza, pertenecía a una familia con una larga tradición cultural. Era nieta del historiador, político e intelectual gallego José Verea de Aguiar. Entre los hermanos de Luis hubo abogados e ingenieros, mientras que dos de sus hermanas abrazaron la vida religiosa.
Fue bautizado el 13 de diciembre de 1901 en la parroquia de Santa Eulalia de Palma. Poco después, la familia se trasladó a Madrid, donde transcurrieron buena parte de su infancia y juventud.
Su primera comunión, recibida el 27 de octubre de 1910 en la iglesia de la Concepción de Madrid, tuvo especial importancia en su formación espiritual. La recibió de manos del agustino Vicente Menéndez Arbesú, el mismo sacerdote que lo había bautizado. Años después, este religioso redactaría una de las primeras semblanzas biográficas de Luis, basándose en sus propios recuerdos y en los testimonios de quienes lo conocieron.
La infancia de Luis quedó marcada por la muerte de su padre, ocurrida el 13 de mayo de 1911, cuando el niño todavía no había cumplido los diez años. Antonio Belda colaboraba entonces en los preparativos del XXII Congreso Eucarístico Internacional, que se celebraría en Madrid al mes siguiente. La pérdida obligó a la familia a afrontar una situación más difícil y fortaleció el vínculo de Luis con su madre.
Los testimonios recogidos posteriormente durante la causa de beatificación describen un ambiente familiar en el que la fe se traducía en hábitos cotidianos: oración, participación en los sacramentos, austeridad, ayuda al necesitado y aceptación responsable de las obligaciones propias. En ese hogar aprendió Luis una forma de cristianismo que no se reducía a prácticas religiosas, sino que debía expresarse en el uso del tiempo, del dinero y de las propias capacidades.
Los primeros pasos de una vocación vicenciana
La sensibilidad de Luis hacia las personas necesitadas apareció muy pronto. Sus primeros biógrafos recuerdan que, desde niño, era capaz de renunciar a golosinas o diversiones para destinar ese dinero a personas pobres. Esa misma práctica la enseñaría años más tarde a sus hijos.
Durante su juventud estudiaba y, al mismo tiempo, impartía clases particulares. Con los ingresos que obtenía ayudaba a sostener a su familia y reservaba una parte para quienes vivían en situación de necesidad.
Fue entonces cuando ingresó en la que algunas fuentes denominan Asociación de San Vicente de Paúl y otras, con mayor precisión, Conferencias de San Vicente de Paúl, es decir, la actual Sociedad de San Vicente de Paúl. El santoral elaborado por la propia SSVP sitúa su pertenencia aproximadamente entre 1920 y 1936.
Su participación no fue meramente nominal. Después de dedicar la semana al estudio y a las clases particulares, empleaba buena parte del domingo en visitar personalmente los hogares de familias pobres. La visita domiciliaria constituía —y continúa constituyendo— uno de los rasgos más característicos de la vocación vicenciana inaugurada por el beato Federico Ozanam y sus compañeros: no limitarse a entregar una ayuda, sino acercarse a las personas, escucharlas, conocer su situación y establecer con ellas una relación respetuosa y fraterna.
Este aspecto resulta fundamental para comprender la espiritualidad de Luis Belda. Su compromiso posterior con la formación obrera, la doctrina social de la Iglesia, la reforma agraria y la participación pública no surgió exclusivamente de teorías políticas o jurídicas. Se desarrolló sobre una experiencia previa de contacto personal con la pobreza. Antes de hablar en conferencias sobre los problemas sociales, había entrado en las casas de quienes los padecían.
A medida que mejoró su situación profesional, aumentó también la cantidad de sus ingresos que dedicaba a las personas necesitadas. Los testimonios lo presentan como un hombre austero, poco interesado en el lujo, los banquetes o la ostentación. No parece que concibiese la caridad como una actividad ocasional, sino como una disciplina permanente que debía afectar a las decisiones económicas de la persona y de la familia.
Jurista y abogado del Estado
Luis estudió Derecho en Madrid. Al terminar la carrera preparó las exigentes oposiciones al Cuerpo de Abogados del Estado, que ganó con una calificación destacada. Su primer destino fue la Delegación de Hacienda de Almería.
La llegada a aquella ciudad abrió una etapa decisiva en su vida. El obispo de Almería, el agustino Bernardo Martínez Noval, se convirtió para él en una figura de orientación espiritual y pastoral. El prelado, que había sido misionero en China y Filipinas antes de asumir la diócesis, apreció rápidamente la preparación jurídica, la fe y las cualidades humanas del joven abogado.
Luis desarrolló una intensa actividad profesional. Además de su trabajo como abogado del Estado, abrió un bufete privado, fue asesor jurídico del Monte de Piedad y prestó sus servicios a diferentes empresas almerienses. También ejerció como abogado de la Compañía de Jesús y asesoró jurídicamente a la diócesis.
En 1929 publicó, junto al notario Felipe Areal, el Manual práctico del impuesto de Derechos Reales, obra técnica que fue prologada por el jurista y político José Calvo Sotelo. También impartió conferencias sobre asuntos estrictamente jurídicos, como el contrato de opción, lo que permite apreciar que su prestigio público no dependía exclusivamente de su actividad religiosa: era reconocido igualmente por su competencia profesional.
Cuando cambió la situación política con la proclamación de la Segunda República, decidió no percibir remuneración por sus servicios jurídicos a la Iglesia. Continuó ayudando a la diócesis, pero renunció a recibir un sueldo por ese trabajo.
Su ejercicio profesional muestra uno de los aspectos más significativos de su trayectoria: entendía el Derecho como una forma de servicio al bien común. No abandonó su profesión para dedicarse al apostolado; procuró convertir la propia profesión en un ámbito de responsabilidad ética, ayuda institucional y presencia cristiana.
Matrimonio y vida familiar
La soledad de sus primeros años en Almería preocupaba al obispo Bernardo Martínez Noval, que conocía el estrecho vínculo de Luis con su madre y sus hermanos. El prelado llegó a escribir a la madre del joven sugiriendo la conveniencia de que formara un hogar.
Luis había conocido en Madrid a Josefina Alberti Merello, natural de El Puerto de Santa María y hermana del poeta Rafael Alberti. En una carta dirigida a su madre, explicaba que se había enamorado, ante todo, de las cualidades espirituales de aquella joven.
Luis y Josefina contrajeron matrimonio el 10 de agosto de 1925 en la iglesia de la Concepción de Madrid, el mismo templo en el que él había recibido la primera comunión. Después establecieron su residencia en Almería, en la calle Gerona.
Tuvieron seis hijos: María del Mar, María del Carmen, José Luis, Teresa, María Paloma y Rafael. Este último nació varios meses después de la muerte de su padre y falleció siendo todavía un bebé.
Los testimonios familiares presentan a Luis como un esposo atento y un padre cariñoso, implicado en el sostenimiento económico y en la educación de sus hijos. La espiritualidad del matrimonio ocupaba un lugar central en su vida, no solamente como tema de sus conferencias, sino como vocación concreta.
Luis y Josefina procuraron enseñar la caridad a sus hijos mediante gestos sencillos. Invitaban a las niñas a renunciar voluntariamente a algunas golosinas para compartirlas personalmente con otra niña que vivía en situación de pobreza. El objetivo no era inculcar únicamente la costumbre de dar, sino enseñar a reconocer al destinatario de la ayuda como una persona cercana.
También cuidaron la formación sacramental de sus hijos. Las dos hijas mayores hicieron su primera comunión en 1932, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La celebración estuvo marcada por el recuerdo de la abuela, María del Carmen Soriano de Montoya, fallecida en Madrid el 14 de febrero de aquel mismo año.
Luis había permanecido junto al lecho de su madre durante sus últimos días. La muerte le produjo un dolor profundo, pero los testimonios señalan que encontró consuelo en la oración, la vida familiar y la fe en la vida eterna.
Una espiritualidad eucarística y mariana
La espiritualidad de Luis Belda estaba centrada en la Eucaristía. Los testigos de su causa coinciden en que recibía diariamente la comunión. No se trataba de una devoción aislada, sino de la fuente desde la que intentaba ordenar su vida familiar, profesional y apostólica.
También rezaba diariamente el rosario y poseía una intensa devoción a la Virgen María. Perteneció a la Congregación de Caballeros de la Inmaculada y participó activamente en la Adoración Nocturna, de la que llegó a ser vicepresidente en Almería.
En ocasiones pasaba la noche en adoración y, sin apenas descanso, acudía después a sus obligaciones profesionales. Esa disciplina refleja una espiritualidad exigente, pero no encerrada en sí misma. La oración debía alimentar una vida activa, capaz de asumir numerosas responsabilidades sin separar la fe de la realidad cotidiana.
Quienes lo conocieron destacaron también su humildad. Cuando familiares o amigos elogiaban sus actividades, procuraba restar importancia a sus méritos y manifestaba su temor a caer en la vanidad. Su austeridad no parece haber sido sombría: los testimonios lo recuerdan como una persona afable, equilibrada y capaz de hacer atractiva la vida cristiana.
La combinación de comunión frecuente, adoración eucarística, devoción mariana, sobriedad personal y caridad concreta proporciona las claves principales de su vida interior. En ella se percibe una espiritualidad muy cercana a la tradición vicenciana: encontrar a Cristo en la oración y reconocerlo después en quienes sufren pobreza o abandono.
Apostolado, prensa y formación cristiana
Luis Belda fue un comunicador incansable. Pronunció conferencias, escribió artículos, promovió círculos de estudio y recorrió numerosas localidades de la provincia de Almería para participar en actos de formación religiosa y social.
Poseía una notable capacidad para presentar asuntos complejos con argumentos jurídicos, históricos y morales. Entre sus intervenciones se conocen una conferencia en defensa de la vida antes del nacimiento y otra dedicada a la encíclica Casti connubii de Pío XI, sobre el matrimonio cristiano. Sus planteamientos respondían a la doctrina católica de su tiempo y deben leerse dentro de los intensos debates civiles, religiosos y jurídicos de las primeras décadas del siglo XX.
Publicó numerosos textos en la prensa católica almeriense, especialmente en el diario La Independencia. Una de sus series llevaba el título de “Siluetas de Acción Católica”. En ella reflexionaba sobre tres asociaciones masculinas en las que participaba activamente: la Adoración Nocturna, las Conferencias de San Vicente de Paúl y la Asociación Católica de Propagandistas.
Para Luis, estas organizaciones contribuían a mantener viva la fe de los laicos y a traducirla en abnegación, formación, apostolado y servicio. Su pertenencia simultánea a las tres ayuda a comprender su perfil espiritual: la Adoración Nocturna alimentaba su dimensión contemplativa; las Conferencias de San Vicente de Paúl lo acercaban personalmente a los pobres; y la Asociación Católica de Propagandistas canalizaba su presencia en la cultura y la vida pública.
También promovió círculos de estudio para jóvenes de Acción Católica, acompañados por religiosos dominicos y sacerdotes diocesanos. Aquellas iniciativas respondían a una preocupación constante: formar a los laicos para que pudieran comprender su fe, analizar la realidad y asumir responsabilidades dentro de la sociedad.
La Asociación Católica de Propagandistas y la formación obrera
El Centro de Almería de la Asociación Católica de Propagandistas se constituyó el 30 de noviembre de 1933. Luis Belda fue uno de sus impulsores y fue admitido formalmente como socio inscrito el 4 de marzo de 1934. Posteriormente ejerció como secretario del centro.
La ACdP había nacido para fomentar la presencia de católicos bien formados en la prensa, la educación, la cultura y la vida pública. Luis encontró en ella un cauce adecuado para unir estudio, espiritualidad y compromiso social.
Una de sus iniciativas más destacadas fue la Escuela de Cuestiones Obreras, inspirada en el Instituto Social Obrero promovido por Ángel Herrera Oria. Luis intervino como profesor en el curso desarrollado entre mayo y julio de 1934. Los alumnos eran trabajadores en activo y, según las fuentes de la asociación, algunos habían estado vinculados anteriormente al comunismo.
Este dato resulta significativo. En una sociedad marcada por una creciente confrontación ideológica, la escuela pretendía crear un espacio de formación y diálogo sobre la cuestión social. Buscaba proporcionar a los trabajadores instrumentos para comprender las relaciones laborales, la economía y los derechos sociales desde la doctrina social católica.
La actividad de Luis no se limitaba, por tanto, a la asistencia benéfica. Su experiencia vicenciana de contacto con las familias pobres se prolongaba en iniciativas educativas y sociales orientadas a abordar algunas causas de la desigualdad. Aunque su pensamiento pertenecía claramente al catolicismo social de su época, procuraba que los trabajadores fueran protagonistas de su propia formación.
Compromiso cívico y participación política
Durante sus primeros años en Almería, Luis Belda no desarrolló una actividad política partidista relevante. Su presencia pública se concentraba en la profesión, la Iglesia, la prensa y el apostolado social. Sin embargo, el agravamiento de los enfrentamientos políticos y religiosos lo llevó a participar directamente en Acción Popular.
Acción Popular era una organización católica conservadora integrada posteriormente en la Confederación Española de Derechas Autónomas, conocida como CEDA. Luis llegó a presidir la organización en Almería desde 1934 y fue candidato en las elecciones generales de febrero de 1936, aunque no obtuvo escaño.
También ejerció como presidente de la Junta Provincial de Reforma Agraria. La cuestión agraria era uno de los problemas más graves de la España de la época. La concentración de la propiedad, la pobreza rural, el desempleo estacional, las reivindicaciones de los jornaleros y la lentitud o conflictividad de las reformas generaban una tensión social continua. Su participación en aquella junta situaba a Luis en un terreno especialmente delicado, donde se enfrentaban intereses económicos, demandas sociales y proyectos políticos muy diferentes.
Las fuentes de la causa sostienen que su intervención política estuvo motivada por sus convicciones religiosas y cívicas y que no tuvo conocimiento ni participación en la preparación de la sublevación militar de julio de 1936. Su candidatura y sus cargos, sin embargo, lo convirtieron en una figura visible de la derecha católica almeriense.
Durante la campaña electoral recibió presiones relacionadas con su cargo de abogado del Estado y fue objeto de ataques en la prensa anticlerical. Finalmente fue destituido de su puesto. Su identidad pública —jurista católico, dirigente de Acción Popular, colaborador del obispado, propagandista y escritor— aumentó considerablemente el riesgo que corría cuando se derrumbaron los mecanismos ordinarios de protección jurídica.
La cuestión religiosa durante la Segunda República
La Segunda República, proclamada en abril de 1931, inició un amplio programa de modernización política y social. Entre sus objetivos se encontraban la reforma militar y agraria, la expansión de la educación pública, la regulación de las relaciones laborales y la creación de un Estado laico.
La Constitución de 1931 estableció la separación entre la Iglesia y el Estado e introdujo importantes modificaciones en la posición jurídica de las órdenes religiosas, el sistema educativo, el matrimonio y la propiedad eclesiástica. Para sus defensores, estas medidas eran necesarias para secularizar la sociedad y reducir la influencia histórica de la Iglesia. Para muchos católicos, por el contrario, algunas disposiciones vulneraban la libertad religiosa y pretendían excluirlos de la vida pública.
La cuestión religiosa se convirtió así en uno de los principales focos de confrontación. Una parte de la sociedad identificaba a la Iglesia con la monarquía, las clases propietarias y el orden tradicional. Al mismo tiempo, numerosos católicos se movilizaron políticamente para defender sus instituciones, sus escuelas y su concepción de la sociedad.
En mayo de 1931 se produjeron incendios y ataques contra iglesias, conventos y colegios religiosos en diferentes ciudades. En Almería, Luis Belda intervino junto con varios amigos para proteger la imagen de la Virgen del Mar, patrona de la ciudad, y el monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Este episodio aumentó su notoriedad pública como defensor del catolicismo.
Durante los años siguientes se sucedieron huelgas, insurrecciones, enfrentamientos callejeros, represiones gubernamentales, ataques anticlericales y actos de violencia cometidos por organizaciones de diferentes tendencias. La revolución de octubre de 1934, especialmente grave en Asturias, y la represión posterior profundizaron la ruptura social.
Las elecciones de febrero de 1936 dieron la victoria al Frente Popular, coalición de republicanos de izquierda, socialistas y otras fuerzas progresistas. La vida política se volvió todavía más inestable. Crecieron los atentados, las amenazas y los choques entre militantes de izquierda y derecha. Parte del Ejército comenzó a preparar una sublevación contra el Gobierno republicano.
Del golpe militar a la violencia revolucionaria
El 17 y 18 de julio de 1936 comenzó una sublevación militar contra la República. El golpe triunfó en algunas zonas y fracasó en otras. Su fracaso parcial provocó la división territorial de España y dio comienzo a la Guerra Civil.
La sublevación destruyó o debilitó gravemente las estructuras ordinarias del Estado. En las zonas donde el Gobierno republicano consiguió mantenerse, la entrega de armas a organizaciones obreras y milicias favoreció la aparición de comités revolucionarios que, en determinados lugares, actuaron con gran autonomía respecto de las autoridades. En la zona controlada por los militares sublevados comenzó, a su vez, una represión sistemática contra dirigentes republicanos, sindicalistas, militantes de izquierda, maestros y otras personas consideradas desafectas.
La población civil quedó expuesta a detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, venganzas personales y persecuciones ideológicas en ambas retaguardias. La naturaleza y organización de la violencia no fueron idénticas en los dos territorios, pero sus consecuencias resultaron devastadoras.
En la zona republicana, especialmente durante los primeros meses de la guerra, se desencadenó una intensa violencia anticlerical. Miles de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos católicos fueron asesinados. Numerosos templos, archivos, conventos y obras de arte fueron destruidos. La pertenencia a una asociación religiosa, la colaboración con una parroquia o incluso la posesión de objetos devocionales podía convertirse en motivo de sospecha.
Esta violencia no puede atribuirse indiscriminadamente a toda la población republicana ni a todos los partidos y organizaciones que defendían la República. Hubo autoridades, militantes de izquierda y ciudadanos sin adscripción religiosa que protegieron a sacerdotes y creyentes. El Gobierno republicano intentó recuperar progresivamente el control de la seguridad y frenar las acciones de los grupos autónomos. Sin embargo, durante el verano de 1936, en muchas localidades carecía de medios efectivos para impedir los asesinatos o no actuó con la suficiente determinación.
Almería en el verano de 1936
La sublevación militar fracasó en Almería. La provincia permaneció bajo control republicano durante toda la guerra y se convirtió en territorio de retaguardia, aunque sufrió posteriormente numerosos bombardeos y graves dificultades económicas.
Tras la derrota de los sublevados, el poder efectivo quedó fragmentado entre las autoridades republicanas y diferentes organizaciones obreras y comités antifascistas. Se practicaron numerosas detenciones de militares, sacerdotes, religiosos, empresarios, periodistas, militantes de partidos de derecha y católicos conocidos por su actividad pública.
Las cárceles ordinarias quedaron desbordadas. Para alojar a los detenidos se utilizaron edificios religiosos, centros educativos, instalaciones industriales y varios barcos mercantes fondeados en el puerto. Entre estas prisiones improvisadas se encontraban el Astoy Mendi y el Capitán Segarra.
El anticlericalismo adquirió una especial virulencia. Fueron destruidos edificios y objetos religiosos y asesinados numerosos sacerdotes y laicos. Los estudios históricos sobre la represión en Almería estiman que una proporción muy significativa de las víctimas pertenecía a la Iglesia católica o estaba vinculada estrechamente con ella.
Al mismo tiempo, la identidad religiosa y la identidad política aparecían muchas veces entrelazadas. Entre los detenidos había personas perseguidas por ser sacerdotes o católicos practicantes, otras por su militancia conservadora y algunas en las que concurrían ambos motivos. Esta complejidad obliga a evitar explicaciones simplistas, sin negar por ello la existencia de una persecución específicamente religiosa.
Detención y pérdida de sus bienes
Luis Belda sabía que corría peligro. Había sido dirigente de Acción Popular, candidato electoral, abogado de la diócesis, colaborador del obispo y uno de los laicos católicos más conocidos de Almería. Sus artículos y conferencias habían hecho públicas sus convicciones.
Fue cesado como abogado del Estado y su familia perdió la vivienda. Luis, Josefina y sus hijos fueron acogidos temporalmente por la familia Ortega González. Consciente de que su presencia podía poner en peligro tanto a sus anfitriones como a sus propios familiares, decidió entregarse.
Fue conducido inicialmente a la cárcel de Almería. Durante algunos días su esposa pudo hablar con él a través de las rejas. El 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración, Luis parecía intuir que su muerte estaba próxima. Comunicó a Josefina que había podido confesarse con el jesuita Martín Santaella y le pidió que transmitiera un mensaje: “Quiero que hagas saber a los que me han ofendido que los perdono de todo corazón”.
Añadió que también pedía perdón a cualquier persona que pudiera conservar resentimiento hacia él y aseguró que, si alguna vez había causado daño, no lo había hecho intencionadamente.
Estas palabras son esenciales para comprender por qué la Iglesia consideró su muerte un auténtico martirio cristiano. No se limitó a aceptar resignadamente su destino: procuró reconciliarse con Dios, perdonó a quienes lo perseguían, examinó su propia responsabilidad y pidió perdón por el daño que pudiera haber causado.
En la prisión también animó a Josefina a permanecer fiel al Señor, confiar en su misericordia y educar cristianamente a sus hijos. Su última preocupación no fue defender su reputación política, sino sostener la fe de su familia.
El barco-prisión Capitán Segarra
Posteriormente fue trasladado al Capitán Segarra, un barco mercante convertido en prisión flotante. Los familiares podían llevar comida a los detenidos, pero no siempre se les permitía verlos.
Las condiciones en las bodegas eran extremadamente duras. Al hacinamiento y las humillaciones se sumaba el intenso calor del verano almeriense dentro de una estructura metálica escasamente ventilada. Los testimonios recogidos después de la guerra hablan también de malos tratos y torturas sufridos por algunos presos.
La noche del 14 de agosto, un grupo armado acudió al puerto con una lista de detenidos. A los prisioneros se les comunicó que serían trasladados a Cartagena para ser juzgados. Fueron sacados de los barcos, atados y distribuidos en varios vehículos. El grupo estaba formado por aproximadamente veintinueve personas, aunque las fuentes no siempre coinciden en el número exacto.
Entre los elegidos había profesionales, empresarios, periodistas y dirigentes de organizaciones católicas o conservadoras. Algunos eran amigos personales de Luis.
La matanza de La Garrofa
Los prisioneros fueron conducidos a la playa de La Garrofa, situada en la costa próxima a Almería. Allí, durante la noche del 14 al 15 de agosto de 1936, fueron asesinados por grupos.
Luis murió junto a Fructuoso Pérez Márquez, director del periódico católico La Independencia y miembro de la Tercera Orden Franciscana. Los testimonios afirman que afrontó la muerte con entereza y que expresó públicamente su fe.
Después de los disparos, los cuerpos fueron atados, lastrados y llevados mar adentro para ser arrojados al agua. Algunos de los heridos pudieron morir ahogados. El objetivo era hacer desaparecer los cadáveres y borrar las huellas de la matanza.
Tiempo después, el mar devolvió a la playa del Zapillo varios cuerpos. Según la documentación conservada, el de Luis pudo ser identificado. Cuando las autoridades revolucionarias tuvieron noticia de la aparición, los cadáveres fueron quemados y enterrados en la arena.
Tras la guerra, los restos que pudieron recuperarse fueron depositados en varios arcones y trasladados al panteón de la familia Vivas-Pérez. Juan José Vivas-Pérez Bustos, propietario de La Independencia, había sido asesinado también en La Garrofa y posteriormente fue beatificado dentro del mismo grupo.
Luis Belda tenía treinta y cuatro años. Su esposa estaba embarazada del sexto hijo del matrimonio.
¿Por qué fue reconocido como mártir?
La Iglesia católica no identifica automáticamente como mártires a todas las personas creyentes que mueren durante una guerra o una persecución política. Para declarar el martirio debe determinar que la víctima fue asesinada por odio a la fe o a una virtud vinculada con ella, que aceptó la muerte permaneciendo fiel a Cristo y que no respondió desde el odio.
En el caso de Luis Belda existía una evidente dimensión política: había presidido Acción Popular en Almería y había sido candidato en las elecciones de 1936. Sin embargo, la investigación canónica consideró probado que su identidad católica y su apostolado público fueron determinantes para convertirlo en objetivo de la persecución.
También tuvo en cuenta que no participó en actos violentos ni en la preparación de la sublevación militar. Fue detenido sin que se le sometiera a un juicio con garantías y asesinado junto con otros católicos conocidos. Sus palabras de perdón, su confesión antes de morir y la forma en que animó espiritualmente a su esposa confirmaron la disposición cristiana con la que afrontó la muerte.
Reconocer estas circunstancias no exige convertir la historia en un relato partidista. Luis fue víctima de una violencia revolucionaria e ilegal cometida en la retaguardia republicana. Del mismo modo, una presentación históricamente responsable debe reconocer que en la zona controlada por los militares sublevados fueron perseguidas y asesinadas miles de personas por su vinculación real o supuesta con la República, los sindicatos o los partidos de izquierda. La memoria de unas víctimas no necesita silenciar a las demás.
El testimonio específico de Luis Belda se encuentra en que, dentro de aquel mundo quebrado por el miedo y el odio, eligió conscientemente el perdón.
Beatificación y memoria litúrgica
El 14 de junio de 2016, el papa Francisco autorizó la promulgación del decreto que reconocía el martirio de José Álvarez-Benavides y de la Torre y sus 114 compañeros, asesinados por odio a la fe entre 1936 y 1939.
El grupo estaba compuesto por noventa sacerdotes diocesanos, veintidós laicos —entre ellos dos mujeres—, un religioso franciscano y dos sacerdotes de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
La ceremonia de beatificación se celebró el 25 de marzo de 2017 en Aguadulce, Almería. Fue presidida, en representación del papa Francisco, por el cardenal Angelo Amato, entonces prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.
El aniversario personal del martirio de Luis Belda corresponde al 15 de agosto. Sin embargo, en España se lo celebra litúrgicamente el 6 de noviembre, dentro de la memoria de los mártires de la persecución religiosa del siglo XX. En la Diócesis de Almería, esa celebración incluye expresamente al beato José Álvarez-Benavides y sus 114 compañeros.
Una espiritualidad profundamente laical
Luis Belda no fue sacerdote ni religioso. Su camino de santidad se desarrolló en las condiciones ordinarias de un laico: el matrimonio, la paternidad, el trabajo profesional, la administración de los bienes, las amistades, el estudio, la participación asociativa y el compromiso con los asuntos públicos.
Su espiritualidad puede resumirse en varios rasgos estrechamente relacionados.
- La Eucaristía como centro: La comunión diaria y la Adoración Nocturna alimentaban su relación con Cristo. De esta fuente obtenía la energía necesaria para mantener una actividad profesional, familiar y apostólica extraordinariamente intensa.
- Una fe vivida en familia: No consideraba el hogar como un espacio privado separado de su misión. Su matrimonio con Josefina, la educación de sus hijos, la administración de los ingresos y la atención a su madre formaban parte de su vocación cristiana.
- Devoción mariana: El rosario diario, su pertenencia a los Caballeros de la Inmaculada y su defensa de la imagen de la Virgen del Mar manifiestan una profunda confianza en María. Esta devoción estaba unida a su adhesión a Cristo y a la Iglesia.
- Austeridad y desprendimiento: Los testimonios insisten en que no buscaba lujo ni reconocimiento social. A medida que aumentaban sus ingresos, aumentaba también la parte que destinaba a los pobres. Entendía los bienes como una responsabilidad y no como un privilegio exclusivamente personal.
- Caridad cercana: Su pertenencia a la Sociedad de San Vicente de Paúl lo llevó a la visita domiciliaria. La pobreza dejó de ser para él un concepto abstracto porque conoció a personas y familias concretas, entró en sus hogares y dedicó a ellas una parte importante de su tiempo.
- Formación y transformación social: No se conformó con aliviar necesidades inmediatas. Promovió la educación de trabajadores, círculos de estudio, conferencias sociales y espacios de formación para laicos. Procuró unir la ayuda directa con la reflexión sobre las condiciones sociales que producían pobreza y conflicto.
- Presencia cristiana en la vida pública: Como abogado, escritor, conferenciante y participante en política, intentó actuar de acuerdo con su conciencia. Algunas de sus posiciones pertenecen claramente al contexto cultural y eclesial de la primera mitad del siglo XX, pero permanece vigente su convicción de que la fe no puede quedar reducida a la esfera privada.
- Perdón y reconciliación: El gesto que corona su vida es el perdón. En sus últimas palabras no hay deseo de revancha. Perdona, pide perdón y encarga a su esposa que eduque a sus hijos en la fe. Esta actitud permite contemplar su muerte no como el final de una lucha política, sino como la culminación de un itinerario espiritual.
Luis Belda y la Familia Vicenciana
La relación de Luis Belda con la Familia Vicenciana no es una asociación posterior ni una simple semejanza espiritual. Fue miembro efectivo de las Conferencias de San Vicente de Paúl durante buena parte de su vida adulta.
Las fuentes disponibles ofrecen detalles concretos: visitaba los domingos a familias necesitadas, destinaba a ellas parte de lo que ganaba, aumentó sus donativos cuando mejoró su posición profesional, escribió sobre las Conferencias en la prensa y enseñó a sus propios hijos a compartir personalmente con quienes tenían menos.
Puede hablarse, por tanto, de una auténtica vocación vicenciana. En Luis aparecen varios elementos fundamentales de la espiritualidad de la SSVP:
- La santificación del laico mediante el servicio.
- El encuentro personal con Cristo en quienes viven en pobreza.
- La visita domiciliaria como relación de cercanía, respeto y amistad.
- La unión entre oración y acción.
- La colaboración entre laicos.
- El uso responsable de la profesión y de los bienes.
- La preocupación por la formación y la justicia social.
- La caridad entendida como compromiso estable y no como gesto ocasional.
Su vida permite además ampliar la imagen de la santidad vicenciana. Luis no dirigió una gran institución asistencial ni fundó una congregación. Fue un profesional y padre de familia que reservaba una parte del domingo para visitar a los pobres; un jurista que ponía gratuitamente sus conocimientos al servicio de la Iglesia; un educador que enseñaba cuestiones sociales a trabajadores; y un hombre que trató de llevar sus convicciones a una vida pública extremadamente conflictiva.
Un testimonio para el presente
Recordar a Luis Belda no debería servir para reabrir viejas divisiones ni para utilizar a un mártir como argumento partidista. Su historia invita precisamente a lo contrario: reconocer la dignidad de todas las víctimas, rechazar la violencia política y religiosa y aprender hasta dónde puede conducir una sociedad cuando deja de ver al adversario como persona.
Su vida plantea también preguntas muy actuales a la Familia Vicenciana. ¿Cómo unimos la oración con el servicio directo? ¿Qué parte de nuestros recursos ponemos realmente a disposición de quienes sufren? ¿Conocemos personalmente a las familias a las que ayudamos? ¿Nos preocupamos por las causas sociales de la pobreza? ¿Ponemos nuestra preparación profesional al servicio del bien común? ¿Somos capaces de participar en la vida pública sin caer en la deshumanización del adversario?
Luis Belda vivió en un tiempo en el que casi todas esas preguntas adquirieron consecuencias extremas. Cometió errores, como toda persona inserta en la historia, y algunas de sus posiciones deben comprenderse dentro de su época. Pero los testimonios disponibles muestran una trayectoria coherente de oración, responsabilidad familiar, servicio a los pobres, formación social y compromiso público.
Cuando llegó el momento decisivo, no respondió al odio con odio. Se confesó, perdonó a quienes lo habían ofendido, pidió perdón por cualquier daño que pudiera haber causado y confió a su esposa la educación cristiana de sus hijos.
Ese es, en último término, el legado del beato Luis Belda y Soriano de Montoya: una santidad laical, familiar y vicenciana que encontró su expresión definitiva en la caridad y el perdón.
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