Colombia tras el terremoto: la Familia Vicenciana entre la pérdida, los daños, la solidaridad y la esperanza

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14 agosto, 2026

Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Colombia tras el terremoto: la Familia Vicenciana entre la pérdida, los daños, la solidaridad y la esperanza

por .famvin | Ago 14, 2026 | Featured, Noticias | 0 comentarios

Un país sacudido en cuestión de segundos

A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026, un potente terremoto sacudió el oeste de Colombia. El Servicio Geológico Colombiano estableció la magnitud del seísmo en 7,4, con epicentro en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, a una profundidad aproximada de 103 kilómetros.

Fue el terremoto más fuerte registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.

El temblor se sintió en buena parte del país y llegó a percibirse incluso en Panamá y Venezuela. El oeste de Colombia sufrió las consecuencias más graves, especialmente los departamentos de Valle del Cauca, Risaralda, Chocó, Caldas y Quindío, con importantes ciudades como Cali, Pereira, Manizales, Armenia y Quibdó entre las zonas afectadas.

En las horas y días posteriores, la magnitud de la catástrofe fue haciéndose cada vez más evidente. Edificios de viviendas, casas, iglesias, colegios, centros sanitarios y otras construcciones resultaron dañados o se derrumbaron. En algunos lugares quedaron interrumpidas las carreteras y los servicios básicos, mientras equipos de rescate, bomberos, militares, miembros de protección civil, voluntarios, vecinos y familiares iniciaban la desesperada tarea de buscar a personas atrapadas bajo los escombros.

En la noche del 13 de agosto, las cifras gubernamentales recogidas por Reuters situaban el balance en al menos 281 fallecidos, más de 3.900 heridos y 379 personas todavía desaparecidas. Se estimaba que más de 10.500 viviendas habían quedado destruidas. Para entonces se habían registrado más de 150 réplicas, prolongando el miedo y dificultando aún más las labores de rescate y evaluación.

Estas cifras siguen siendo provisionales. Ha resultado difícil acceder a algunas comunidades, especialmente en zonas remotas, y la situación continúa evolucionando.

Detrás de cada estadística hay una persona, una familia, un barrio, una historia.

Y entre esas historias hay muchas que pertenecen a la Familia Vicenciana.

El terremoto afecta a la Familia Vicenciana

La Familia Vicenciana tiene una presencia larga y extensa en Colombia. Misioneros de la Congregación de la Misión, Hijas de la Caridad, miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, voluntarias de la AIC, jóvenes y laicos vicencianos, así como otras congregaciones y asociaciones inspiradas por el carisma vicenciano, viven y sirven en muchas de las zonas golpeadas por el terremoto.

Eso hizo que, casi inmediatamente después de conocerse las primeras noticias, comenzara a circular una segunda pregunta por las redes vicencianas de Colombia y de otros países: ¿Cómo están nuestros hermanos y hermanas?

Las primeras noticias fueron prudentemente tranquilizadoras.

El 10 de agosto circuló por la red vicenciana colombiana una comunicación en la que se indicaba que, según la información disponible en ese momento, las Hijas de la Caridad y los Misioneros Vicentinos se encontraban a salvo, aunque algunas comunidades y edificios habían sufrido importantes daños materiales.

El Consejo General Internacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP) emitió ese mismo día su propio comunicado. En él señalaba que mantenía contacto con los presidentes de las Conferencias y Consejos de Colombia para recibir información de primera mano sobre los vicentinos y las comunidades más afectadas.

En aquel momento, la SSVP informaba de que no se conocían víctimas mortales entre los miembros de la Familia Vicenciana, aunque sí se habían registrado cuantiosos daños materiales.

Era una evaluación inicial y necesariamente provisional.

Dos días más tarde llegó una dolorosa noticia que obligó a corregirla.

Daños en la Catedral Basílica Metropolitana Nuestra Señora del Rosario de Manizales, Colombia. Fuente: Corazón de Paúl — Facebook

Elsa Valencia: la Familia Vicenciana pierde a una de sus integrantes

El 12 de agosto, la red de comunicación vicenciana Corazón de Paúl informó del fallecimiento de Elsa Valencia, voluntaria vicenciana de Alegría de Servir, en Cali.

Según la información comunicada por integrantes de esta obra, Elsa perdió la vida a consecuencia del terremoto.

Su muerte transformó lo que hasta entonces había sido, en buena medida, una historia sobre edificios vicencianos dañados y comunidades sacudidas, en algo mucho más personal: la propia Familia Vicenciana había perdido a una de sus integrantes.

Alegría de Servir está vinculada al voluntariado vicenciano de Cali, dentro del amplio entorno de la AIC y de las Hijas de la Caridad. Su propio nombre —Alegría de Servir— evoca la espiritualidad que dio forma a la vida de Elsa.

Radio Vicentina de Chile, que posteriormente informó de su fallecimiento, la recordó como una mujer para quien la alegría, el servicio y la caridad se habían convertido en maneras concretas de amar a Dios a través de los demás.

Los mensajes de condolencia traspasaron rápidamente las fronteras nacionales.

Voluntarias Vicentinas AIC México expresó su dolor y solidaridad con las voluntarias vicentinas de Cali, identificando a Elsa como voluntaria vicentina de Alegría de Servir y uniéndose en oración a sus compañeras. AIC El Salvador también difundió la noticia de su fallecimiento.

La muerte de Elsa recuerda por qué los primeros informes después de una catástrofe deben leerse siempre con cautela. Durante las primeras horas caóticas tras un gran terremoto, fallan las comunicaciones, las familias quedan separadas, los hospitales reciben pacientes sin identificar y la información circula de forma desigual. El primer comunicado tranquilizador sobre la Familia Vicenciana reflejaba lo que se sabía en aquel momento. No era todavía la historia completa.

Elsa Valencia forma ahora parte de esa historia.

Detrás de las iglesias dañadas, los muros agrietados, los llamamientos de ayuda y las fotografías de escombros, también hay duelo.

Elsa Valencia, voluntaria vicenciana fallecida a consecuencia del terremoto. Fuente: Corazón de Paúl — Facebook

La Congregación de la Misión: comunidades dañadas, pero la misión permanece

Una de las respuestas institucionales más significativas llegó del P. Carlos Arley Cardona Salazar, C.M., Visitador de la Provincia de Colombia de la Congregación de la Misión.

En un mensaje fechado el 10 de agosto, se dirigió a los cohermanos, las comunidades locales, las familias y los amigos de la Provincia en un momento que describió como de incertidumbre, sufrimiento y preocupación.

Su mensaje tenía un carácter tanto pastoral como práctico. Reconocía que algunas comunidades locales de la Provincia habían sufrido daños estructurales, al tiempo que subrayaba que la Provincia debía permanecer unida y acompañar a quienes habían resultado afectados.

Recordaba a los vicentinos que los edificios pueden sufrir daños y los bienes materiales pueden perderse, mientras que la fraternidad, la fe y la misión permanecen.

Y, sobre todo, su mensaje miraba más allá de las propias pérdidas de la Congregación. La preocupación no era únicamente cómo reparar los edificios vicencianos, sino cómo podía la Familia Vicenciana seguir cerca de la población que sufría.

En sus palabras, la respuesta debía hacer de la solidaridad una expresión concreta de la fe.

Esa intención está siendo puesta a prueba ahora en varios lugares.

La Casa Apostólica de Santa Rosa de Cabal

Entre las imágenes más impactantes difundidas por los canales vicencianos estaban las de la histórica Casa Apostólica de los Vicentinos en Santa Rosa de Cabal, en Risaralda.

Corazón de Paúl informó de graves daños en el edificio, describiendo a la casa como atravesando horas críticas. Las fotografías y los vídeos mostraban daños visibles en sus estructuras y muros.

Santa Rosa de Cabal ocupa un lugar importante en la vida vicenciana colombiana, y contemplar una casa vinculada a la formación, la vida comunitaria y la misión con las heridas del terremoto causó una fuerte impresión entre los vicentinos que la conocen.

Publicaciones posteriores volvieron al mismo lugar utilizando ya un lenguaje de reconstrucción: la Casa Apostólica volverá a levantarse.

Una imagen ampliamente compartida mostraba una estatua de san Vicente de Paúl que permanecía en pie en medio de los daños. Para muchas de las personas que la difundieron, la imagen se convirtió espontáneamente en un símbolo: no como prueba de que los edificios vicencianos hubieran quedado milagrosamente protegidos —evidentemente, no fue así—, sino como una imagen en la que expresar resistencia, continuidad y esperanza en medio de la destrucción.

Esta distinción es importante.

La fe cristiana no exige fingir que la tragedia ha respetado los lugares sagrados o a las personas creyentes. La propia Casa Apostólica dañada demuestra lo contrario. La fuerza de una imagen así reside, más bien, en lo que las personas ven reflejado en ella: cuando caen los muros, la vocación de servir permanece en pie.

Daños graves en la Casa Apostólica de los Misioneros Vicentinos en Santa Rosa de Cabal. Fuente: Corazón de Paúl — Facebook

La parroquia de San Vicente de Paúl en Cali

La parroquia de San Vicente de Paúl de Cali, encomendada a los Misioneros Vicentinos, también resultó afectada.

Los informes de Corazón de Paúl describieron daños visibles en la iglesia tras el fuerte seísmo. Las grietas y otros problemas estructurales obligaban a extremar la prudencia con el edificio, al igual que ocurría con tantas construcciones religiosas y civiles de las zonas afectadas.

Para una parroquia vicenciana, los daños en una iglesia no son simplemente daños en un edificio. Estos espacios son centros de vida sacramental, organización comunitaria, acompañamiento, asistencia social y relaciones construidas durante muchos años.

Sin embargo, en una catástrofe las prioridades quedan muy claras: las personas están antes que los edificios.

Las iglesias pueden repararse. Las vidas no pueden reemplazarse.

Daños en la parroquia de San Vicente de Paúl de Cali. Fuente: Corazón de Paúl — Instagram

Las Hijas de la Caridad en Cali: una querida capilla cerrada por los daños

El terremoto también golpeó un lugar especialmente reconocible para la Familia Vicenciana de Cali: la Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, vinculada a las Hijas de la Caridad.

Los primeros informes e imágenes difundidos por Corazón de Paúl mostraban daños y restos desprendidos en el interior de la capilla.

Esta información fue posteriormente confirmada directamente por Hermanas Vicentinas Cali, el canal local de comunicación de las Hijas de la Caridad.

Su mensaje fue sencillo e inequívoco: debido a los daños causados por el terremoto, la capilla permanecería cerrada al público hasta nuevo aviso.

Para las muchas personas que acuden allí a rezar, el cierre tiene una carga emocional que va más allá de los daños estructurales. La Medalla Milagrosa está profundamente arraigada en la espiritualidad vicenciana y en la devoción popular católica, y las capillas dedicadas a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa suelen convertirse en lugares donde las personas llevan sus miedos, enfermedades, problemas familiares y esperanzas.

Ahora, quienes normalmente acuden allí a rezar están viviendo ellos mismos una experiencia colectiva de miedo e incertidumbre.

La decisión de las Hermanas de cerrar la capilla expresa también algo importante acerca del cuidado pastoral responsable después de una catástrofe: la fe no significa ignorar un peligro estructural. Proteger a las personas de edificios inseguros es también un acto de servicio.

Daños en la Capilla de la Milagrosa de las Hijas de la Caridad en Cali. Fuente: Corazón de Paúl — Facebook

Santa Rosa de Cabal y el Santuario de la Virgen Milagrosa

Otra imagen que circuló ampliamente por las redes vicencianas procedía de Santa Rosa de Cabal, donde se informó de que el Santuario de la Virgen Milagrosa seguía en pie a pesar de la destrucción visible en otros lugares de la zona.

Una vez más, estas imágenes deben recibirse con la perspectiva adecuada.

Es comprensible que se hayan convertido en fuente de consuelo para los creyentes. Pero forman parte de un paisaje en el que otras iglesias, casas vicencianas, viviendas y edificios públicos sí sufrieron daños.

El sentido cristiano más profundo no es que un edificio sagrado haya salido indemne mientras otras personas, de algún modo, hubieran carecido de protección divina. Más bien, los símbolos religiosos pueden convertirse en lugares en torno a los cuales las comunidades atemorizadas reúnen su esperanza.

En los días posteriores al terremoto, la oración, la solidaridad práctica, el duelo y la reconstrucción no son respuestas opuestas.

Para la tradición vicenciana, forman parte de una misma realidad.

Una voz desde Bogotá: «Todo se movía»

Uno de los testimonios vicencianos en primera persona más claros procede del P. Ramón García, F.C., Hijo de la Caridad que sirve en Bogotá.

Aunque Bogotá se encuentra lejos de las zonas que sufrieron la mayor destrucción, el terremoto tuvo suficiente fuerza como para sentirse también allí.

En un mensaje enviado el 11 de agosto, el P. Ramón describió el temblor como violento y reconoció que la comunidad había pasado miedo porque todo se movía.

Después tranquilizó a quienes habían estado intentando ponerse en contacto con ellos.

El P. Antonio, los cuatro aspirantes que vivían con la comunidad y el propio P. Ramón se encontraban bien.

La comunidad sí sufrió algunos daños menores. Se rompió una tubería de agua en la parroquia y una de las ventanas de la iglesia resultó dañada, pero nadie sufrió heridas.

Hay además un pequeño detalle en su testimonio que refleja muy bien lo que ocurre durante las primeras horas de una catástrofe: la parroquia se había quedado sin conexión a Internet. Eso explicaba por qué no habían podido enviar noticias inmediatamente.

Cuando fallan las comunicaciones, el silencio puede convertirse en motivo de angustia para las personas que esperan noticias a cientos o miles de kilómetros.

Por eso, el P. Ramón expresó su agradecimiento a todos los que habían enviado mensajes, mostrado su preocupación y, sobre todo, rezado por ellos. Su petición final fue muy sencilla: seguir unidos en la oración.

Su testimonio es importante precisamente porque no es dramático.

No todas las personas que viven un gran terremoto quedan sepultadas bajo los escombros. Millones de personas atraviesan el terror de unas paredes que tiemblan, objetos que caen, comunicaciones interrumpidas, incertidumbre sobre familiares y la ansiedad repetida de las réplicas.

Eso también forma parte de una catástrofe.

La Sociedad de San Vicente de Paúl: de recabar información a la solidaridad

La Confederación Internacional de la Sociedad de San Vicente de Paúl reaccionó el mismo día del terremoto.

Su Consejo General indicó que mantenía contacto directo con las Conferencias y Consejos de la SSVP en Colombia para conocer la situación tanto de los propios vicentinos como de la población afectada en general.

El organismo internacional también se puso a disposición del Consejo Nacional de Colombia para colaborar según fuera necesario.

Este es un aspecto significativo de la respuesta.

La SSVP se estructura a través de Conferencias locales cuyos miembros conocen los barrios, las familias, las personas mayores, quienes viven aislados y las personas en situación de pobreza mucho antes de que ocurra una catástrofe. En una emergencia, esas relaciones ya existentes pueden resultar extraordinariamente valiosas.

El comunicado internacional pidió además a toda la Familia Vicenciana que rezara por las personas fallecidas, por sus familias y por cuantos participaban en las operaciones de emergencia.

En el momento de redactar este artículo, no hemos encontrado todavía un informe público detallado del Consejo Nacional colombiano que describa una operación nacional de ayuda de la SSVP o proporcione un balance consolidado posterior de sus actividades.

Eso no significa que los vicentinos locales estén inactivos. Significa simplemente que no debemos presentar como confirmadas unas actuaciones sobre las que todavía no disponemos de información fiable.

La primera tarea después de una catástrofe muchas veces no es comunicar lo que se está haciendo. Es encontrar personas, comprobar cómo están sus casas, contactar con las comunidades, identificar necesidades y ayudar a los vecinos.

La solidaridad comienza a cruzar fronteras

La respuesta ya está traspasando las fronteras de Colombia.

Las Hijas de la Caridad en España han puesto en marcha un llamamiento solidario bajo el mensaje «Colombia nos necesita».

Sus Provincias españolas han pedido estar al lado de las personas y familias afectadas por el terremoto y han comenzado a movilizar ayuda económica.

El llamamiento es significativo porque, históricamente, la respuesta de la Familia Vicenciana ante las catástrofes se ha apoyado en estas relaciones entre países y continentes: una comunidad sufre en un lugar y otra recauda fondos en otro; los vicentinos locales conocen las necesidades reales, mientras que las ramas internacionales pueden aportar recursos de los que las comunidades locales no disponen.

Las Hijas de la Caridad en España acababan de responder recientemente a otra grave crisis sísmica en la vecina Venezuela. Ahora vuelven a pedir a sus redes que dirijan su atención hacia Colombia.

Las asociaciones AIC de otros países también han reaccionado, especialmente mediante la oración y la solidaridad tras la muerte de Elsa Valencia.

La emergencia comienza así a revelar una de las grandes fortalezas de la Familia Vicenciana mundial: es al mismo tiempo local e internacional.

Sus miembros pueden estar presentes en el barrio dañado y, a la vez, conectados con personas capaces de movilizar ayuda a miles de kilómetros.

Popayán: un llamamiento desde un hogar que lleva el nombre de san Vicente

Tras el terremoto comenzaron a difundirse llamamientos de ayuda para la Fundación Hogar para Ancianos San Vicente de Paúl de Popayán, un centro dedicado a la atención de personas mayores.

Las informaciones señalaban que el terremoto había causado daños en las instalaciones, incluidos desperfectos en torno a la capilla, y que se necesitaba ayuda. Posteriormente, el Ayuntamiento de Popayán informó de trabajos de retirada de escombros en la Fundación Hogar San Vicente de Paúl y otros lugares afectados..

Hogar San Vicente de Paúl de Popayán. Fuente: Corazón de Paúl — Facebook

Corazón de Paúl: una red de comunicación esencial durante la emergencia

Una fuente ha desempeñado un papel especialmente importante para que los vicentinos de fuera de Colombia comprendieran lo ocurrido: Corazón de Paúl, la red colombiana de evangelización y comunicación vicenciana.

Durante las primeras horas y días posteriores al terremoto, sus canales de Facebook e Instagram se convirtieron en un flujo constante de información actualizada tanto sobre la catástrofe nacional como sobre lugares vinculados con la Familia Vicenciana.

A través de estos canales llegaron noticias sobre la Casa Apostólica de Santa Rosa de Cabal, la parroquia de San Vicente de Paúl en Cali, la Capilla de la Medalla Milagrosa, la situación de los Misioneros Vicentinos y las Hijas de la Caridad, el Santuario de Santa Rosa, la muerte de Elsa Valencia y las necesidades del hogar de personas mayores en Popayán.

Como ocurre con toda la información difundida durante una catástrofe que evoluciona rápidamente, los contenidos de las redes sociales deben evaluarse con cuidado. Algunas publicaciones transmiten información de testigos directos; otras reproducen datos proporcionados por terceros; y algunas historias de carácter simbólico se difunden más rápidamente que las confirmaciones institucionales.

Pero Corazón de Paúl ha proporcionado algo enormemente valioso: una red capaz de conectar realidades vicencianas dispersas durante una emergencia nacional.

Comunicar también es una forma de servicio.

Cuando una comunidad resulta dañada, alguien tiene que contárselo al resto de la Familia.

Cuando fallece una voluntaria, alguien debe asegurarse de que no quede reducida a una estadística anónima.

Cuando una casa necesita ser reconstruida, alguien tiene que mostrar sus muros.

Cuando circulan rumores poco fiables, alguien tiene que seguir tratando de distinguir entre lo que se sabe y lo que todavía no se conoce.

Entre muros dañados y personas que necesitan ayuda

Después de una catástrofe que afecta a comunidades religiosas existe la tentación de centrar la atención en los bienes religiosos dañados.

Las fotografías son impactantes: una iglesia agrietada, escombros dentro de una capilla, muros rotos en una casa de formación, imágenes religiosas rodeadas de restos.

Todo eso importa. Forma parte de la historia y de la vida de las comunidades, y su reconstrucción requerirá tiempo y dinero.

Pero el carisma recibido de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac impulsa constantemente a mirar más allá de los muros.

Han muerto cientos de personas.

Miles han resultado heridas.

Cientos siguen desaparecidas.

Miles de familias lo han perdido todo.

Las personas mayores, los niños, las personas con discapacidad, quienes ya vivían en situación de pobreza y las familias de comunidades aisladas afrontan riesgos especiales cuando las cámaras dejan de mirar.

Algunas comunidades han pasado días sin agua, electricidad, gas, transporte o comunicaciones fiables. En zonas remotas, la ayuda ha tardado en llegar. Hay familias que duermen al aire libre o tienen miedo de regresar a edificios dañados. Los equipos de rescate y los voluntarios están agotados.

Este es el paisaje en el que ahora se encuentra la Familia Vicenciana.

La pregunta, por tanto, no puede ser únicamente: «¿Qué les ha ocurrido a nuestras casas?»

La pregunta vicenciana es también: «¿Quién está sufriendo alrededor de nuestras casas?»

Qué está haciendo ahora la Familia Vicenciana

Cuatro días después del terremoto, la respuesta continúa todavía en una fase inicial y es necesario actuar con cautela antes de describir operaciones que todavía no han sido documentadas públicamente.

Aun así, ya pueden identificarse varias líneas de actuación.

  • En primer lugar, las comunidades están comprobando el estado de sus miembros y evaluando los daños. La Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, la Sociedad de San Vicente de Paúl y otras ramas están utilizando sus redes para saber quién está a salvo, qué edificios han sufrido daños y dónde se encuentran las necesidades más urgentes.
  • En segundo lugar, las instituciones vicencianas están acompañando a las comunidades afectadas. El mensaje del P. Carlos Arley Cardona a la Provincia de Colombia compromete explícitamente a la Familia Vicenciana a permanecer cerca de quienes sufren y a convertir la solidaridad en una expresión concreta de la fe.
  • En tercer lugar, los lugares vicencianos dañados están siendo asegurados y evaluados. El cierre de la capilla de las Hijas de la Caridad en Cali es un ejemplo claro. Las estructuras potencialmente inseguras deben ser inspeccionadas antes de que pueda reanudarse la actividad habitual.
  • En cuarto lugar, las redes internacionales comienzan a movilizarse. El Consejo General Internacional de la SSVP ha ofrecido su colaboración al Consejo Nacional colombiano, mientras que las Hijas de la Caridad en España han abierto una campaña de solidaridad para las personas afectadas.
  • En quinto lugar, las redes de oración se han extendido rápidamente. Los mensajes de la Congregación de la Misión, los Hijos de la Caridad, la SSVP, las asociaciones AIC, las Hijas de la Caridad y las redes de comunicación vicencianas piden reiteradamente a toda la Familia mundial que recuerde a los fallecidos, los heridos, las personas todavía desaparecidas, quienes han quedado sin hogar, los equipos de rescate y las familias en duelo.
  • En sexto lugar, los comunicadores vicencianos están documentando lo que ocurre. Puede parecer algo secundario frente a las labores de rescate, pero dentro de una Familia mundial resulta indispensable. Una información fiable permite que la oración se convierta en preocupación informada y que esa preocupación pueda transformarse después en ayuda coordinada.

Es probable que surjan iniciativas de ayuda más concretas a medida que se conozcan mejor las necesidades.

Y quizá sea entonces cuando comience el trabajo más difícil.

Los equipos de emergencia acabarán marchándose.

Las televisiones dirigirán su atención hacia otro lugar.

La atención internacional se desplazará hacia una nueva crisis.

Pero las viviendas destruidas seguirán necesitando ser reconstruidas. Las personas mayores seguirán necesitando cuidados. Las familias seguirán necesitando comida e ingresos. Los niños seguirán necesitando escuelas. Las personas heridas en el terremoto pueden necesitar meses o años de rehabilitación. Quienes han perdido a sus seres queridos pueden requerir acompañamiento mucho después de que terminen los funerales. Y las comunidades pobres suelen recuperarse mucho más lentamente que las ricas.

Precisamente para ese tipo de presencia larga y paciente existe el carisma vicenciano.

«Todos estamos bien»… pero Colombia no lo está

El testimonio del P. Ramón García desde Bogotá refleja una cara de estos días: miedo, temblores, cristales dañados, una tubería rota, Internet interrumpido… y el alivio de saber que todos los miembros de la comunidad seguían vivos.

La historia de Elsa Valencia refleja otra.

Ella no sobrevivió.

Entre esas dos realidades se sitúa la experiencia de todo un país.

Algunas personas salieron de sus casas asustadas, pero ilesas.

Algunas lo perdieron todo.

Algunas siguen esperando noticias junto a los escombros.

Algunas están enterrando a personas queridas.

Algunas están repartiendo alimentos.

Algunas están retirando escombros.

Algunas están abriendo refugios.

Algunas están evaluando iglesias y viviendas a las que ya no se puede entrar con seguridad.

Algunas rezan porque, por el momento, es lo único que pueden hacer.

La Familia Vicenciana está presente entre todas ellas.

Una Familia llamada a permanecer

Habrá tiempo para reconstruir la Casa Apostólica.

Habrá tiempo para reparar la parroquia de San Vicente de Paúl.

Habrá tiempo para reabrir la Capilla de la Medalla Milagrosa.

Habrá tiempo para evaluar otras propiedades vicencianas cuyos daños todavía no han sido documentados completamente.

Pero las heridas más profundas de Colombia no se medirán únicamente en hormigón, piedra, cristales o tejados.

Se encontrarán en sillas vacías alrededor de las mesas familiares, vidas interrumpidas, personas que de repente se han quedado sin hogar, niños asustados, comunidades en duelo y familias pobres cuya recuperación puede tardar años.

Ahí es donde la Familia Vicenciana mundial puede reconocer su misión.

San Vicente de Paúl enseñó repetidamente con su vida que el sufrimiento no debe afrontarse únicamente con emoción, sino también mediante una caridad organizada. Santa Luisa de Marillac mostró que la compasión se vuelve eficaz cuando la atención a la persona se une a la inteligencia práctica, la colaboración, la perseverancia y el cuidado de los detalles.

Colombia necesita ahora ambas cosas.

Necesita oración y dinero.

Presencia y organización.

Ayuda de emergencia y reconstrucción a largo plazo.

Conocimiento local y solidaridad internacional.

Y necesita que el mundo no se olvide cuando el terremoto desaparezca de los titulares.

Para la Familia Vicenciana, quizá ese sea el compromiso más importante de todos: permanecer cuando otros se hayan marchado.


La información contenida en este reportaje refleja lo que ha podido verificarse hasta el 14 de agosto de 2026. Las cifras de víctimas y las evaluaciones de daños siguen cambiando.


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