Una imagen acertada puede transmitir mucho más significado que las palabras empleadas para expresarlo. La célebre imagen que aparece en la carta de san Pablo a los Corintios —«un tesoro llevado en vasijas de barro»— constituye un ejemplo especialmente elocuente.
Vasijas de barro: recipientes hechos de un material quebradizo, como el vidrio o la escayola, que se romperían en mil pedazos si cayeran al suelo. Esta es la imagen que Pablo emplea para referirse a cada uno de nosotros: vasijas frágiles y quebradizas, recipientes endebles que podrían deshacerse al menor golpe y derramar cuanto contienen.
El tesoro que contienen: se trata del más valioso de todos los tesoros, la Presencia divina, el incomparable tesoro de Dios mismo, que rebosa por los frágiles bordes de esa vasija.
De ahí se desprende la enseñanza de san Pablo. A lo largo de nuestra vida, nosotros, las vasijas, soportamos grandes presiones. Experimentamos tensiones que fácilmente pueden abrir grietas en las paredes de nuestro ser. Pablo menciona algunas de esas pruebas: aflicciones, persecuciones y abandono.
Pero después vuelve su mirada hacia aquello —o, mejor dicho, hacia Aquel— que permanece vivo e inagotable dentro de cada uno de nosotros. Es la Vida misma: la propia Presencia de Dios, que habita en lo más hondo de nuestro ser, nos da vida y nos sostiene a cada instante en medio de nuestra debilidad.
¿Sentiremos nosotros, las vasijas de barro, las distintas tensiones que ejercen presión contra las paredes de esa copa? Por supuesto que sí. ¿Experimentaremos, como recipientes y contenedores, situaciones que desgarren los hilos que mantienen unidas estas vasijas? Sí, una y otra vez. Pero, si seguimos la imagen hasta su esperanzador desenlace, nuestra colaboración con la Presencia divina, que llena continuamente esa vasija, nos permitirá atravesar esas tensiones e incluso nuestras propias fracturas. Volverá a colmarnos del amor sanador de Dios, ese amor que se manifestó tan visiblemente en la vida, la muerte y la vida resucitada de su propio Hijo, Jesucristo.
Dos citas, una de Isabel Ana Seton y otra de san Vicente, dan testimonio de su propia condición de «vasija de barro»:
«Dador omnipotente de todas las misericordias, Padre de todos, que conoces mi corazón y te compadeces de su debilidad y de sus errores, Tú sabes que el deseo de mi alma es cumplir tu voluntad. Se esfuerza por alzar el vuelo hacia Ti, su Creador, pero vuelve a caer, afligida por esa imperfección que la atrae de nuevo hacia la tierra».
(Isabel Ana Seton, Document 8.22. “Almighty Giver of all Mercies…,” n.d., CW, 3a:36 –37.)
«Acuérdese, padre, que las rosas sólo se recogen de entre las espinas y que las acciones heroicas sólo se realizan en la debilidad».
(SVP ES II, 19)








Gracias, Tom, por tu reflexión bien alentadora.
Damos gracias, por supuesto, a Dios por servirse de hombres y mujeres débiles para hacer que sintamos la presencia de la Providencia en medio de nosotros. No, no puede ningún mortal alardear de algo ante Dios, como dice san Pablo.
Y dices: «nuestra colaboración con la Presencia divina, que llena continuamente esa vasija, nos permitirá atravesar esas tensiones e incluso nuestras propias fracturas. Volverá a colmarnos del amor sanador de Dios, ese amor que se manifestó tan visiblemente en la vida, la muerte y la vida resucitada de su propio Hijo, Jesucristo.»
Si no entiendo mal a ti ni a san Agustín, este texto de sus Confesiones es aquí pertinente: «Con razón tengo puesta en él la firme esperanza de que sanarás todas mis dolencias por medio de él, que está sentado a tu diestra y que intercede por nosotros; de otro modo desesperaría. Porque muchas y grandes son mis dolencias; sí, son muchas y grandes, aunque más grande es tu medicina. De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros.»