«El Sucesor de Pedro no puede ignorar estos desembarcos. La Iglesia no puede ignorar estas aguas». Con estas palabras abrió el papa León XIV, el 11 de junio, su encuentro con organizaciones de acogida a migrantes en el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, una de las principales puertas de entrada de la ruta migratoria atlántica hacia Europa. Ante rescatistas, voluntarios de Cáritas y supervivientes de travesías marítimas, el Pontífice afirmó que el Evangelio «saca a los cristianos del cómodo lugar de espectadores» y pidió vías seguras para la migración, la lucha contra las redes de trata de seres humanos y políticas que garanticen también, en los países de origen, el derecho a no tener que emigrar.
Dirigiéndose especialmente a las víctimas de explotación, como la nigeriana Blessing, superviviente de la trata con fines de explotación sexual, León XIV fue directo: «Nadie puede comprarla, venderla, utilizarla ni desecharla». Y resumió el llamamiento de todo el viaje en una frase que resonó en los medios de comunicación de todo el mundo: «No podemos acostumbrarnos a contar los muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
A miles de kilómetros de allí, en Varjão, región administrativa de Brasilia conocida por su elevada concentración de inmigrantes, esa misma convicción orienta ya el trabajo cotidiano de una Conferencia vicenciana. Así lo describe el vicentino Paulo Sérgio do Nascimento, miembro de la Sociedad desde hace 28 años, presidente de la Conferencia Nuestra Señora Madre de los Migrantes y responsable de «Obras Especiales» en el Consejo Central Divino Espíritu Santo de Brasilia (CCDES).
Cuando la Iglesia es la primera puerta
La historia comenzó en 2019, al inicio de la pandemia de la Covid-19, cuando las primeras familias venezolanas empezaron a llegar a Varjão. «Como es habitual, el primer lugar al que acuden es la Iglesia católica, para pedir algún tipo de ayuda, porque no conocen a nadie en la zona», relata Paulo. Muchas de estas familias llegaban en autobuses clandestinos procedentes de Pacaraima, en el estado de Roraima, junto a la frontera con Venezuela, «en una situación de extrema miseria, únicamente con la ropa que llevaban puesta y una pequeña mochila». Cuando el padre Norbey Londoño Buitrago, sacerdote colombiano al frente de la Capilla Madre de los Migrantes, recibía una petición de ayuda, la respuesta era siempre la misma: «¡Llama al vicentino!».
Como no había ningún albergue disponible en la región, las primeras familias fueron acogidas en las propias casas de los vicentinos de la Conferencia. Las mujeres y los niños dormían dentro de las viviendas, mientras que los hombres lo hacían en hamacas colocadas en los patios. Después llegaron los alquileres: los propietarios, reacios a alquilar sus viviendas a extranjeros, solo aceptaban «si los vicentinos se hacían responsables». Así surgieron las primeras casas de acogida temporal, que llegaron a albergar hasta tres familias al mismo tiempo y que fueron equipándose poco a poco con cocina, bombona de gas, frigorífico, mesa con sillas, colchones, ropa de cama y utensilios de cocina. Todo ello mediante donaciones recogidas en las iglesias y entre los comercios locales.
Siete años después, la Conferencia atiende a migrantes de diversas nacionalidades: principalmente venezolanos y africanos, pero también sirios, bolivianos, chilenos, cubanos y una familia ucraniana, además de dos periodistas venezolanos, corresponsales de Reuters, que tuvieron que buscar refugio en Brasil. En la zona, la SSVP trabaja en colaboración con el Instituto de Migraciones y Derechos Humanos (IMDH), organismo de las Hermanas Scalabrinianas fundado por sor Rosita Milesi, galardonada por ACNUR —el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados— en Ginebra.
La dignidad que atraviesa fronteras
Entre los casos atendidos, uno impresionó especialmente al consocio: el de una familia siria formada por una madre ya anciana y sus dos hijas, que no hablaban portugués y necesitaban traducción simultánea al árabe. Vivieron durante tres meses en casa de una vicentina de la Conferencia. Según el testimonio transmitido por Paulo, la familia llegó a Brasil con secuelas de quemaduras químicas causadas por ántrax, sufridas durante la guerra civil en Siria.
Tras unos ataques atribuidos al ejército del dictador Bashar al-Assad, fueron expulsados de su hogar y la familia quedó separada: el padre y una de las hijas se marcharon a Rusia, mientras que otros miembros fueron a Varsovia. Una de las hijas llegó a ser violonchelista de la Orquesta Filarmónica de Moscú y, durante una gira de la orquesta por Argentina, con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y de la Policía Federal, logró reencontrarse con su madre en Brasilia.
«Fue un reencuentro muy emocionante; hasta nosotros, los vicentinos, rompimos a llorar en aquel momento», recuerda Paulo Sérgio.
El tratamiento de las quemaduras contó con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa Griega de Goiânia, que sufragó íntegramente la atención en el Hospital de Quemados de la ciudad.
Ricaella Inocente
Fuente: https://www.ssvpbrasil.org.br/








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