Cuando la identidad política se convierte en un absoluto
Los cristianos no viven fuera de la historia. Pertenecemos a países, culturas, clases sociales y sistemas políticos concretos. Nos formamos opiniones sobre la economía, la inmigración, la educación, la moral pública, la sanidad, la guerra, el medioambiente y las responsabilidades del Gobierno. Estas convicciones pueden ser reflexivas, sinceras y estar profundamente influidas por la fe.
El compromiso político no constituye en sí mismo una amenaza para la vida cristiana. La indiferencia ante la sociedad, la injusticia y el sufrimiento humano puede ser mucho más perjudicial. La Iglesia reconoce la participación política como una expresión legítima y, con frecuencia, necesaria de la responsabilidad por el bien común.
El peligro comienza cuando la identidad política se convierte en un absoluto.
Esto sucede cuando la lealtad a un partido, un dirigente, una nación, un movimiento o una ideología se vuelve más fuerte que la fidelidad al Evangelio. En lugar de permitir que la Palabra de Dios examine nuestras convicciones políticas, comenzamos a interpretar la Palabra de Dios a través de ellas. Subrayamos las enseñanzas que respaldan a nuestro bando, minimizamos las que nos incomodan y juzgamos la gravedad moral de un asunto según beneficie o perjudique a nuestros aliados políticos.
La fe deja entonces de ser una luz mediante la cual discernimos la realidad. Se convierte en un lenguaje religioso utilizado para justificar conclusiones a las que ya se había llegado por otros caminos.
Por tanto, la cuestión central no es si los cristianos deben tener convicciones políticas. Deben tenerlas. La pregunta más importante es: ¿Juzgamos nuestras opciones políticas a la luz del Evangelio o remodelamos el Evangelio de acuerdo con nuestras opciones políticas?
«Cristianos en todos los bandos»
El beato Federico Ozanam vivió en una época de revoluciones, inestabilidad política, conflictos ideológicos y profundas desigualdades sociales. No fue políticamente indiferente. Le preocupaban apasionadamente la democracia, la reforma social, los trabajadores, la pobreza, la educación y la presencia pública del cristianismo.
Sin embargo, Ozanam comprendió también el peligro espiritual de convertir el desacuerdo político en odio.
En una carta dirigida a Alexandre Dufieux, fechada el 9 de abril de 1851, escribió:
«Aprendamos, sobre todo, a defender nuestras convicciones sin odiar a nuestros adversarios, a amar a quienes piensan de manera diferente a nosotros, a reconocer que hay cristianos en todos los bandos y que Dios puede ser servido hoy como siempre. Quejémonos menos de nuestro tiempo y más de nosotros mismos. Estemos menos desanimados, pero seamos mejores».
Ozanam escribió estas palabras al describir las amargas divisiones de la Francia del siglo XIX. Temía que los cristianos volvieran a confundir los intereses de la Iglesia con el triunfo de una determinada facción política. Advirtió que no se podía esperar de los gobiernos ni de las leyes una conversión que solo puede nacer en la conciencia de cada persona.
Su afirmación de que hay «cristianos en todos los bandos» no significa que todas las posiciones políticas sean igualmente justas, morales o compatibles con la fe cristiana. Tampoco sugiere que la verdad sea relativa. Significa que ningún bando político es dueño de Cristo.
Los cristianos pueden compartir sinceramente la misma fe, aceptar los mismos principios morales fundamentales y, aun así, discrepar sobre cuáles son las mejores estrategias políticas para proteger la dignidad humana y promover el bien común. La Iglesia reconoce explícitamente una pluralidad legítima de partidos políticos, estrategias prácticas y opciones temporales, al tiempo que insiste en que esta pluralidad no puede extenderse al rechazo de los principios morales fundamentales o de la dignidad de la persona humana.
La unidad cristiana no exige uniformidad política. Pero el seguimiento de Cristo sí exige que toda posición política permanezca abierta al juicio, a la purificación y a la conversión.
El Evangelio es más grande que cualquier ideología
Ninguna ideología política contiene la totalidad del Evangelio.
Las tradiciones conservadoras pueden defender valores como la familia, la responsabilidad personal, la libertad religiosa, la estabilidad social y la protección de la vida. Sin embargo, también pueden volverse insensibles ante la desigualdad, el racismo, la exclusión, la destrucción del medioambiente, el nacionalismo excesivo o los sistemas económicos que abandonan a los pobres.
Las tradiciones progresistas pueden subrayar la igualdad, la inclusión social, los derechos laborales, el acceso a la sanidad, la protección de los migrantes y la preocupación por las comunidades marginadas. Sin embargo, también pueden ignorar dimensiones esenciales de la dignidad humana, la libertad religiosa, la responsabilidad personal, la vida familiar o el valor de la vida humana en sus etapas más vulnerables.
El cristiano no está llamado a situarse en un lugar imaginario en el que no sea necesario tomar decisiones políticas. Tampoco se espera que los creyentes finjan que todas las propuestas políticas son igualmente acertadas.
Están llamados a algo más exigente: rechazar la obediencia incondicional a cualquier ideología.
La doctrina social de la Iglesia no depende de las ideologías políticas ni de las opiniones públicas cambiantes. Ofrece principios permanentes arraigados en la Revelación, la dignidad humana, la justicia, la solidaridad, la subsidiariedad, la participación y el bien común. Estos principios no generan automáticamente un programa político, pero proporcionan criterios para examinar cualquier programa.
Por tanto, un cristiano puede pertenecer a un partido político, pero ningún partido político debería adueñarse de su conciencia.
Un vicenciano puede votar, participar en una campaña, promover una causa, manifestarse, organizarse o ejercer un cargo público. Pero ningún dirigente, movimiento o nación puede exigir la lealtad absoluta que solo corresponde a Dios.
Cuando el totalitarismo utiliza la fe
La historia del cristianismo contiene ejemplos dolorosos de cómo el lenguaje religioso ha sido utilizado para bendecir el autoritarismo, el nacionalismo, la dominación colonial, la superioridad racial, la violencia política y la supresión de la disidencia.
La misma tentación sigue presente en nuestros días. Algunos movimientos políticos pueden presentarse como defensores del cristianismo mientras cultivan el miedo, la hostilidad, el desprecio hacia los extranjeros, la admiración por el poder autoritario o la identificación de la nación con la voluntad de Dios.
Otros movimientos pueden utilizar el lenguaje de la justicia y de la liberación mientras justifican la coacción, la uniformidad ideológica, la censura, la violencia o la negación de la dignidad de quienes son considerados obstáculos para el progreso.
El totalitarismo no siempre comienza con cárceles y armas. Con frecuencia comienza exigiendo una lealtad incuestionable. Enseña a las personas a dividir la sociedad entre puros y corruptos, patriotas y traidores, ciudadanos ilustrados y enemigos, merecedores e indignos.
El fundamentalismo sigue un camino parecido cuando reduce la riqueza de la fe a eslóganes, aísla determinadas enseñanzas religiosas del conjunto del Evangelio y considera el desacuerdo como una traición.
La respuesta cristiana no puede consistir en bautizar una forma de extremismo para oponerse a otra. Debe recuperar la libertad de los hijos de Dios: la libertad de decir la verdad incluso cuando esta cuestiona a nuestro propio bando.
Un discernimiento específicamente vicenciano
Para los miembros de la Familia Vicenciana, el discernimiento político no puede permanecer en el terreno de lo abstracto. Debe surgir de la espiritualidad y de la práctica que dan forma a la vocación vicenciana.
Cuatro criterios resultan especialmente importantes: la Palabra de Dios, la perspectiva de los pobres, la vida comunitaria y el servicio en la construcción del Reino de Dios.
1. La Palabra de Dios antes que la consigna política
La vocación vicenciana comienza con la escucha atenta de Dios.
Los mensajes políticos están diseñados para simplificar. Crean eslóganes breves, enemigos claros, reacciones emocionales y respuestas fáciles de repetir. La Palabra de Dios actúa de otra manera. Penetra en la conciencia, pone al descubierto las contradicciones, cuestiona la superioridad moral y llama tanto a las personas como a las comunidades a la conversión.
La Escritura no existe únicamente para confirmar lo que ya creemos.
Cuando nuestra lectura de la Biblia nunca cuestiona a nuestro bando político preferido, algo no funciona. Cuando todos los pasajes del Evangelio condenan a nuestros adversarios, pero ninguno examina nuestros propios miedos, privilegios, resentimientos o concesiones, es posible que ya no estemos escuchando a Dios. Quizá solo estemos escuchando nuestro propio eco ideológico.
El vicenciano debe preguntarse, por tanto: ¿Está mi posición política abierta a ser corregida por la Palabra de Dios?
Debemos permitir que el Evangelio incomode a todas las ideologías. Debe cuestionar la adoración del mercado, del Estado, de la nación, del dirigente, del individuo e incluso de la institución religiosa, cuando cualquiera de ellos se convierte en un ídolo.
2. Los pobres como lugar de discernimiento
La espiritualidad vicenciana no considera la pobreza únicamente como un tema de debate. Encuentra a Cristo en las personas pobres, excluidas, olvidadas, desplazadas, enfermas, encarceladas, desempleadas o privadas de poder.
Esta cercanía transforma el discernimiento político.
La pregunta decisiva no puede ser simplemente: «¿Qué propone mi partido?». También debe ser: ¿Qué significará esta decisión para quienes tienen menos poder para protegerse?
¿Cómo afectará una determinada política a la familia que se enfrenta a un desahucio, a la persona que carece de asistencia sanitaria, al refugiado que se encuentra en la frontera, al trabajador incapaz de mantener a su familia, al anciano que vive solo, al niño que no recibe una educación adecuada, al preso que busca rehabilitarse o a la comunidad expuesta a la violencia y al deterioro medioambiental?
La opción preferencial por los pobres no proporciona automáticamente una solución técnica para todos los problemas políticos. Los cristianos pueden discrepar sobre qué medida producirá el mejor resultado.
Pero esta opción determina desde dónde comienza el discernimiento.
Evita que las experiencias de los grupos poderosos se conviertan en la única medida del éxito político. Obliga a los vicencianos a examinar no solo las intenciones de una política, sino también sus consecuencias para los seres humanos cuyas voces rara vez son escuchadas.
3. La comunidad como escuela de conversión
La comunidad cristiana no debería convertirse en una reunión de personas que piensan de manera idéntica.
Resulta tentador construir comunidades en las que todos compartan el mismo vocabulario político, sigan los mismos medios de comunicación, teman a los mismos enemigos y confirmen las mismas suposiciones. Esta uniformidad puede parecer pacífica, pero no necesariamente genera comunión.
La verdadera comunidad exige escucha, paciencia, humildad, perdón y la disposición a reconocer a Cristo en alguien que llega a conclusiones políticas diferentes.
Una comunidad vicenciana puede convertirse en escuela de conversión precisamente porque sus miembros quizá no estén de acuerdo en todas las cuestiones sociales o políticas. Su vocación compartida los obliga a orar, servir y discernir juntos a pesar de esas diferencias.
La persona que vota de manera diferente no es automáticamente menos cristiana. Quien cuestiona nuestra estrategia preferida no está necesariamente traicionando a los pobres. Un hermano o una hermana que nos interpela puede estar revelando un punto ciego que nuestro entorno ideológico nos ha enseñado a no ver.
La comunidad nos recuerda que el Cuerpo de Cristo es más grande que la tribu política.
4. El servicio como prueba de autenticidad
El discurso político puede llegar a desconectarse de la vida humana real. Palabras como libertad, justicia, dignidad, seguridad, igualdad, familia, tradición y solidaridad pueden ser utilizadas por casi cualquier movimiento político.
El servicio vicenciano devuelve esas palabras a la realidad.
La pregunta definitiva no es solo qué ideas defendemos, sino a quién nos permiten servir esas ideas.
¿Nos acercan nuestras convicciones a las personas que sufren o simplemente hacen que nos enfademos más con quienes discrepan? ¿Nos inspiran un trabajo paciente por el cambio o únicamente la denuncia? ¿Producen compasión, veracidad, valentía y solidaridad práctica? ¿O generan desprecio, sospecha e indiferencia?
El servicio no sustituye al compromiso político. La caridad nunca debe convertirse en una excusa para ignorar las estructuras que producen pobreza. Al mismo tiempo, el análisis político nunca debe sustituir el encuentro, la escucha y el acompañamiento de personas reales.
La tradición vicenciana mantiene unidas estas dimensiones: el encuentro personal, la caridad organizada, la incidencia pública (abogacía), la transformación social y la búsqueda de la justicia.
El servicio se convierte en el lugar donde la ideología es puesta a prueba por la realidad.
La diversidad legítima tiene límites morales
Sería inexacto afirmar que todas las ideologías sociopolíticas son igualmente aceptables dentro de la Familia Vicenciana.
Existe un espacio legítimo para diferentes juicios, prioridades y estrategias políticas. Pero no hay lugar para ideologías que niegan la dignidad inherente de determinadas personas, justifican el racismo, glorifican la violencia, suprimen las libertades fundamentales, promueven el odio o tratan a los seres humanos como instrumentos del Estado, del mercado, de la nación, del partido o del dirigente.
La diversidad política debe permanecer arraigada en la verdad moral.
Los católicos pueden discrepar sobre la mejor manera de organizar la sanidad, los impuestos, la educación, la política migratoria, la regulación económica, la vivienda, la justicia penal o las relaciones internacionales. Pero esas discrepancias deben mantenerse dentro de un compromiso compartido con la dignidad de toda persona y con el bien común.
La doctrina social de la Iglesia afirma que las estructuras políticas solo son legítimas cuando están al servicio de los seres humanos y permiten que las personas y las comunidades prosperen. El bien común no consiste simplemente en la victoria de la mayoría o en la prosperidad de los poderosos. Se refiere al conjunto de condiciones sociales que permiten a todas las personas alcanzar su plenitud de manera más completa y sencilla.
Para los vicencianos, este horizonte moral incluye una atención especial a quienes son sacrificados con mayor facilidad cuando se ansía el poder político.
Ni cautiverio partidista ni neutralidad espiritual
Es necesario evitar dos tentaciones opuestas.
- La primera es el cautiverio partidista: identificar el cristianismo tan estrechamente con un partido o movimiento que cualquier crítica a ese grupo político sea considerada una crítica a la propia fe.
- La segunda es la falsa neutralidad: afirmar que se está por encima de la política mientras se guarda silencio ante la injusticia.
Ozanam evitó ambos extremos.
No creía que la caridad cristiana permitiera la indiferencia ante el orden social. Reconoció que la pobreza tenía causas estructurales y que los cristianos estaban llamados no solo a aliviar el sufrimiento, sino también a contribuir a la transformación de las condiciones que lo producían.
Sin embargo, también se negó a confundir el Evangelio con el éxito de una determinada facción política. Comprendió que el poder político no podía realizar la obra de la conversión y que la Iglesia ponía en peligro su libertad cuando vinculaba su misión demasiado estrechamente a un régimen.
El vicenciano debe ser, por tanto, políticamente responsable sin llegar a estar políticamente poseído.
Debemos estar dispuestos a hablar de leyes injustas, sistemas perjudiciales, violencia, discriminación, pobreza, corrupción y abusos de poder. Pero debemos hacerlo como discípulos, no como propagandistas.
Convicciones firmes sin corazones endurecidos
La invitación de Ozanam conserva toda su actualidad: defender las convicciones sin odiar a los adversarios.
Esto no exige silencio, pasividad ni una moderación vaga. Algunas realidades deben ser combatidas con claridad. Las mentiras deben ser corregidas. Las víctimas deben ser defendidas. La injusticia debe ser nombrada. Hay momentos en los que la fe cristiana exige una resistencia pública.
Pero la resistencia no tiene por qué convertirse en odio.
El adversario sigue siendo un ser humano. El oponente político sigue siendo una persona amada por Dios. Incluso quienes promueven ideas perjudiciales no pueden ser despojados de su dignidad sin corromper la propia causa que afirmamos defender.
Por tanto, una perspectiva vicenciana de la política debe combinar claridad moral y caridad evangélica.
Nos pide hablar con honestidad sin humillar, resistir la injusticia sin deshumanizar, defender a los vulnerables sin crear nuevas categorías de personas descartables y seguir siendo nosotros mismos capaces de conversión.
Cristianos en todos los bandos, cautivos de ninguno
Los vicencianos pueden pertenecer a diferentes tradiciones políticas. Pueden poner el acento en distintas preocupaciones sociales, apoyar políticas diferentes y votar a candidatos distintos.
Lo que debe unirlos no es el programa de un partido, sino una fidelidad más profunda:
Cristo es nuestra primera lealtad.
La Palabra de Dios es nuestra luz principal.
Las personas que viven en la pobreza son un lugar privilegiado de encuentro y discernimiento.
La comunidad es nuestra escuela de conversión.
El servicio es la prueba de nuestras convicciones.
El Reino de Dios es nuestro horizonte definitivo.
Ningún partido puede representar plenamente ese Reino. Ninguna ideología puede contener la totalidad del Evangelio. Ningún dirigente político puede sustituir las exigencias de la conciencia.
La vocación vicenciana no nos pide abandonar la responsabilidad política. Nos pide entrar en la vida pública sin renunciar a nuestra libertad espiritual.
Podemos ser cristianos en todos los bandos, pero cautivos de ninguno.
Y quizá este sea el desafío que Ozanam sigue planteándonos: no limitarnos a quejarnos de nuestros tiempos divididos, sino convertirnos en mejores discípulos en medio de ellos.
Javier F. Chento








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