Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Más allá del trofeo: el deporte como escuela de fraternidad vicenciana

por Javier F. Chento | Jul 20, 2026 | Historias Vicencianas | 0 comentarios

España ha ganado la Copa Mundial de la FIFA. Tras una final muy disputada contra Argentina, decidida por un gol de Ferran Torres en la prórroga, la selección española levantó el trofeo por segunda vez en su historia. Las calles y plazas públicas se llenaron de banderas, abrazos y alegría compartida, mientras millones de personas celebraban un logro que no pertenece únicamente a los jugadores que estuvieron sobre el terreno de juego, sino también a los entrenadores, al cuerpo técnico, a sus familias y a las innumerables personas que acompañaron al equipo durante todo el camino.

Momentos como este despiertan de forma natural el orgullo nacional y la admiración. Sin embargo, cuando las celebraciones comienzan a apagarse, también ofrecen una oportunidad para mirar más allá del resultado. ¿Qué nos enseña el deporte? ¿En qué clase de personas puede ayudarnos a convertirnos? ¿Y de qué manera pueden sus valores más profundos enriquecer la misión de la Familia Vicenciana?

Un trofeo deja constancia de quién ganó una competición. Los valores demostrados a lo largo del camino revelan algo mucho más importante: cómo se alcanzó la victoria.

Valores compartidos por el deporte y la espiritualidad vicenciana

El respeto, el esfuerzo, la superación personal, el trabajo en equipo, la resiliencia y la disciplina suelen describirse como valores deportivos. También están estrechamente relacionados con las virtudes necesarias para vivir la vocación vicenciana.

El respeto comienza por reconocer la dignidad de cada persona: compañeros y adversarios, vencedores y vencidos, estrellas admiradas y colaboradores que pasan inadvertidos. Para los vicencianos, este reconocimiento alcanza su expresión más plena en el encuentro con las personas que viven situaciones de pobreza. No son problemas que debamos resolver ni receptores pasivos de ayuda. Son nuestros hermanos y hermanas, portadores de una dignidad inviolable y, en palabras de la tradición vicenciana, nuestros «amos y señores».

El esfuerzo y la disciplina nos recuerdan que las buenas intenciones no son suficientes. Un deportista debe entrenarse constantemente, mantenerse fiel a una rutina y continuar trabajando incluso cuando resulta difícil apreciar los progresos. El servicio vicenciano exige una perseverancia semejante. Las visitas domiciliarias, la formación, la oración, las reuniones comunitarias y el acompañamiento de las familias requieren constancia. La caridad no puede depender únicamente del entusiasmo o de la emoción. Crece por medio de la fidelidad.

La superación personal no consiste simplemente en buscar un mejor rendimiento. Implica reconocer las propias limitaciones, aceptar las correcciones y aprender de los errores. La espiritualidad vicenciana también nos llama a una conversión continua. No servimos porque ya hayamos alcanzado la perfección. Servimos mientras permitimos que Cristo nos transforme mediante la oración, la vida comunitaria y nuestros encuentros con quienes sufren.

La resiliencia nos enseña a levantarnos después de una derrota, una lesión o una decepción. No niega el dolor, pero se niega a permitir que el dolor tenga la última palabra. La esperanza vicenciana posee ese mismo carácter. Permanece junto a las personas cuyas vidas han quedado marcadas por el desempleo, la enfermedad, la soledad, el desplazamiento o la exclusión, ayudándolas a redescubrir sus capacidades y a imaginar un futuro que las dificultades quizá habían ocultado ante sus ojos.

Por encima de todo, el trabajo en equipo nos enseña que ningún logro duradero es completamente individual. Incluso el jugador con más talento depende de los demás. La vocación vicenciana también es comunitaria. Servimos por medio de conferencias, comunidades, asociaciones y redes, porque la caridad no es obra de héroes aislados. Cada persona aporta dones diferentes, pero todos participan en una misma misión.

«Nadie se salva solo»

En su intención de oración de junio de 2026, Por los valores del deporte, el papa León XIV daba gracias a Dios por las amistades que nacen en los campos de juego y por la alegría de jugar en equipo. Recordaba que, tanto en la vida como en el deporte, «nadie se salva solo». Necesitamos a los demás para crecer, superar nuestras limitaciones y celebrar juntos las metas alcanzadas.

El Papa invitaba a la Iglesia a rezar para que el deporte se convierta en instrumento de paz, de encuentro y de diálogo entre pueblos y culturas. Lo presentaba como un lenguaje universal capaz de fomentar el respeto, la solidaridad y la superación personal. Su oración concluye pidiendo al Espíritu que haga de nosotros un solo equipo, unidos a Dios, para «construir comunión y fraternidad en la historia».

Esto es mucho más que una metáfora atractiva. Es un desafío misionero.

Construir comunión «en la historia» significa crear relaciones dentro de las circunstancias reales de la vida de las personas: en barrios divididos por la desigualdad, entre generaciones que a veces tienen dificultades para comprenderse y entre comunidades separadas por diferencias culturales, sociales, políticas o religiosas.

Un terreno de juego puede convertirse en uno de esos lugares. Personas que tal vez nunca participarían en una misma reunión, celebración o sesión formativa pueden encontrarse corriendo juntas, pasándose un balón, animando a un compañero o aceptando unas mismas reglas. Las diferencias no desaparecen, pero dejan de impedir la colaboración.

Sin embargo, el deporte no genera fraternidad de forma automática. También puede verse deformado por la agresividad, la humillación, la exclusión, la comercialización excesiva o la obsesión por la victoria. El papa León XIV ha advertido de que el deporte pierde su finalidad educativa cuando los intereses económicos o el deseo de ganar a cualquier precio se vuelven más importantes que la dignidad y el desarrollo integral de la persona.

Por este motivo, las iniciativas deportivas vicencianas (como, por ejemplo, las que se mencionarán más adelante) deben ser intencionadamente inclusivas. La persona más importante no siempre es el deportista con más talento. Puede ser el niño al que siempre eligen el último, el joven que se siente aislado, el adulto que lucha contra la soledad, el recién llegado que todavía no conoce a nadie o la persona con discapacidad a la que rara vez se ha invitado a participar.

En una concepción vicenciana del deporte, todos deben tener un lugar en el equipo.

Cuando el terreno de juego se convierte en lugar de misión

La Sociedad de San Vicente de Paúl en Brasil ofrece valiosos ejemplos de cómo puede incorporarse el deporte al ministerio vicenciano.

A través de la iniciativa nacional Juventude em Campo —Juventud en el Campo—, se ha animado a los grupos vicencianos locales a organizar actividades adaptadas a sus propias comunidades. Estas han incluido excursiones, caminatas, carreras, voleibol, fútbol sala, campamentos, juegos de mesa y competiciones en línea. Las actividades se combinan con espacios de formación, espiritualidad, convivencia y acercamiento al carisma vicenciano.

Como no existe un único formato obligatorio, cada comunidad puede comenzar con los recursos que tenga a su alcance. Algunos consejos brasileños han organizado grandes encuentros juveniles, mientras que otros han desarrollado excursiones, campamentos o torneos locales. El objetivo no es simplemente entretener a los jóvenes, sino crear un ambiente abierto y acogedor en el que puedan crecer las amistades y darse a conocer la misión vicenciana.

Un ejemplo especialmente significativo es la Copa Frassati, organizada en el área metropolitana de São Paulo. Inspirada en san Pier Giorgio Frassati, la iniciativa reúne a niños y adolescentes de grupos vicencianos, a jóvenes vicencianos y a miembros de las familias acompañadas por la Sociedad. Los participantes toman parte en actividades de voleibol, fútbol sala, estiramientos y juegos como las damas, el ajedrez y el dominó. Un colegio de la zona pone a su disposición las pistas, mientras que vicencianos con la experiencia adecuada colaboran en la coordinación de las actividades.

Beato Pier Giorgio Frassati: Persona de santidad vicenciana

El programa favorece el bienestar físico y mental, fortalece la autoestima y amplía los círculos de amistad de los participantes. También acerca a las familias entre sí y a la SSVP. La competición no se considera un fin en sí misma. El énfasis se pone en las relaciones saludables, la fe compartida, la disciplina, la perseverancia y el compromiso común con la misión vicenciana.

Otro ejemplo es la Copa Jovi, desarrollada por la Comisión de Jóvenes del Consejo Metropolitano de Patos de Minas, en el estado de Minas Gerais. Alrededor de cincuenta jóvenes vicencianos de entre 16 y 35 años se reunieron para practicar voleibol, fútbol sala, balón prisionero, peteca —un deporte tradicional brasileño— y participar en un torneo de cartas. La experiencia combinó una competición sana con la amistad, los valores cristianos y un entusiasmo renovado por el servicio.

Estas iniciativas muestran que la evangelización y el servicio no tienen lugar únicamente en iglesias, salas de reuniones u oficinas. También pueden desarrollarse en las pistas deportivas, a lo largo de una ruta de senderismo y allí donde las personas aprenden a colaborar, a confiar unas en otras y a alegrarse por los dones de los demás.

Formar parte del equipo

Integrar el deporte en los ministerios vicencianos no exige necesariamente un gran presupuesto ni un programa complejo. Una grupo local podría organizar una caminata por el barrio, una jornada de juegos para niños, un partido de fútbol inclusivo, un torneo juvenil o actividades físicas suaves para personas mayores. Los colegios, las parroquias, los clubes deportivos y las organizaciones comunitarias locales pueden estar dispuestos a compartir sus instalaciones o materiales.

La actividad puede ir acompañada de un momento de oración, una reflexión sobre el juego limpio, una comida compartida, una conversación sobre las experiencias personales o un sencillo proyecto de servicio. La protección de los participantes, la accesibilidad y el respeto a las diferentes capacidades físicas deben ser siempre prioridades.

El propósito no es utilizar el deporte únicamente como una estrategia para aumentar el número de miembros. El primer objetivo debe ser acoger a las personas, construir relaciones y crear una comunidad en la que cada participante sepa que es importante. De estas experiencias pueden surgir nuevas vocaciones vicencianas, pero deberán brotar de una amistad verdadera y de una experiencia compartida de servicio.

El triunfo de España en el Mundial será recordado por la final, por el gol y por el momento en que se levantó el trofeo. Sin embargo, su mensaje más duradero quizá se encuentre en las horas invisibles de preparación, en la disposición a confiar en los compañeros, en la capacidad de superar los contratiempos y en la humildad necesaria para poner el talento individual al servicio de un objetivo común.

Estos son también los valores que sostienen la vida vicenciana.

El pitido final no tiene por qué marcar el final de la historia. Puede convertirse en una invitación a llevar lo mejor del deporte más allá del estadio: a nuestras comunidades, a nuestros barrios y a nuestros ministerios.

Allí, jugando y sirviendo juntos, podemos descubrir que ya pertenecemos al mismo equipo y que nuestra mayor victoria consiste en aprender a construir comunión y fraternidad en la historia.


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