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Ir más allá en la acogida de los extranjeros
El ministerio vicenciano con las personas migrantes y la llamada a ir más allá
Un ministerio arraigado en la historia
El ministerio con las personas migrantes no es algo nuevo para la Familia Vicenciana. Desde sus comienzos, san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac respondieron a las necesidades de personas desarraigadas por la guerra, una realidad que hoy denominamos migración mixta. Su compasión no era abstracta, sino inmediata y personal, y supuso para ellos un gran coste personal.

El propio san Vicente conoció en primera persona lo que significa verse desplazado. Capturado por piratas y sometido a esclavitud durante varios años, sufrió lo que hoy denominamos trata de seres humanos. Aquel sufrimiento no fue un hecho secundario en su espiritualidad, sino que contribuyó a configurarla. De aquella oscuridad surgió una solidaridad profunda e inquebrantable con las personas vulnerables y desplazadas.
A lo largo de cuatro siglos de servicio, las distintas ramas de la Familia Vicenciana han respondido, de muchas maneras, grandes y pequeñas, a las necesidades de las personas migrantes. En algunas provincias de las Hijas de la Caridad y de la Congregación de la Misión, este ministerio se remonta a un siglo atrás y está profundamente entretejido con su identidad y su desarrollo. En otras, es más reciente, pero no por ello menos esencial para mantener vivo y activo el espíritu vicenciano en el mundo.
Una carencia que debemos reconocer
Los miembros de la Familia Vicenciana han respondido de manera admirable a las necesidades de las personas migrantes y refugiadas, ofreciéndoles acompañamiento pastoral, apoyo espiritual y ayuda material. Esta labor es insustituible y debe continuar. A medida que aumentan las poblaciones migrantes y se hacen más frecuentes las rutas de migración mixta, se intensificarán la complejidad y la magnitud del sufrimiento humano.
Sin embargo, a medida que profundizamos en nuestra comprensión del cambio sistémico, debemos reconocer que existe una carencia real en nuestro ministerio. Es una carencia de la que somos conscientes, pero que a menudo dudamos en afrontar, no por indiferencia, sino porque quizá carecemos de la formación, la infraestructura y, en ocasiones, el valor institucional necesarios para hacerlo. Las estructuras que obligan a las personas a abandonar sus hogares —los sistemas económicos injustos, la inestabilidad política, las prácticas laborales abusivas y las políticas discriminatorias— no pueden corregirse únicamente mediante la caridad. Es necesario cuestionarlas. Y cuestionar estas estructuras exige otro tipo de esfuerzo y un conjunto diferente de capacidades: incidencia política, diálogo sobre políticas públicas, creación de alianzas y valor para decir verdades incómodas a quienes ostentan el poder. Lamentablemente, la mayoría de los grupos vicencianos todavía no han asumido plenamente este desafío.
Más allá de la acogida: la llamada a la incidencia (abogacía)
La migración no es una cuestión aislada. Es una red de realidades interconectadas: desigualdad económica, desplazamientos provocados por el cambio climático, persecución política y religiosa, trata de personas, apatridia, conflictos civiles y militares, y muchas otras. Para servir adecuadamente a las personas migrantes, no solo necesitamos personas sobre el terreno que les presten una atención directa, sino también defensores capaces de hablar en su nombre en los espacios donde se toman las decisiones.
Algunas ramas de la Familia Vicenciana ya cuentan con estatus consultivo ante las Naciones Unidas y participan en labores internacionales de incidencia. Este es un testimonio de enorme importancia. Pero la incidencia también es necesaria más allá del ámbito internacional. Los parlamentos nacionales aprueban las leyes de inmigración, que tienen una capacidad de aplicación mucho mayor que las políticas internacionales. Los gobiernos locales determinan cómo —e incluso si— se acoge a las personas migrantes. Son ámbitos en los que se necesita urgentemente una voz vicenciana y en los que, con demasiada frecuencia, esta se encuentra ausente.
Debemos reconocer una verdad difícil: a menudo somos muy buenos atendiendo a quienes ya se han convertido en víctimas. Sin embargo, estamos menos presentes en los esfuerzos destinados a evitar que las personas lleguen a convertirse en víctimas y en la lucha contra las causas profundas que las expulsan de sus hogares y las dejan en una situación de vulnerabilidad a lo largo de peligrosas rutas migratorias.
Para cumplir verdaderamente nuestra vocación vicenciana en este ámbito, debemos pasar de un ministerio de acogida a un ministerio de transformación. Esto no significa abandonar el servicio directo, sino construir sobre sus cimientos. Significa escuchar profundamente a las personas migrantes a las que servimos, permitir que sus historias orienten nuestra labor de incidencia y amplificar sus voces en aquellos espacios a los que difícilmente pueden acceder.
Fundamentos bíblicos y enseñanza social católica sobre la incidencia
Esta llamada a defender el bienestar de las personas migrantes no es meramente estratégica, sino teológica. La tradición bíblica manifiesta de manera inequívoca su preocupación por el extranjero. Por medio de Moisés —que también fue refugiado—, Dios estableció protecciones explícitas para los extranjeros residentes y los forasteros. «No oprimirás al forastero», dice Éxodo 23,9. «Vosotros conocéis la suerte del forastero, porque fuisteis forasteros en la tierra de Egipto». Estas protecciones aparecen a lo largo de los libros del Levítico, los Números y el Deuteronomio, entretejidas en la propia estructura de la ley de Israel.
El libro de Rut muestra a Booz defendiendo activamente el bienestar de Rut ante sus trabajadores y sus conciudadanos: una viuda moabita, extranjera y dependiente de la misericordia de la comunidad (Rut 2,15-16; 3,11). El profeta Ezequiel va aún más lejos al reclamar la igualdad de derechos sobre la tierra para los inmigrantes, una afirmación radical para su tiempo (Ezequiel 47,22-23). No es necesario que profundicemos en la manera en que Jesús acogió a los extranjeros durante su ministerio, pues todos conocemos bien esos relatos. Y san Pablo, como artífice de la inclusión en la Iglesia primitiva, proclamó con audacia: «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28).
La doctrina social de la Iglesia profundiza en este fundamento bíblico. El derecho a migrar —y el correspondiente deber de los países receptores de acoger— se fundamenta en la dignidad inherente a toda persona humana. La Rerum Novarum del papa León XIII, la instauración en 1914 de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado por el papa Pío X, la Exsul Familia Nazarethana del papa Pío XII, la Populorum Progressio del papa Pablo VI, la Laborem Exercens del papa Juan Pablo II y la Fratelli Tutti del papa Francisco, entre otros documentos e iniciativas, han expresado su solidaridad con las personas migrantes y han reclamado respuestas estructurales ante unas causas que también son estructurales. Asimismo, la reciente encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, ha situado a las personas migrantes, refugiadas y desplazadas internas en el centro de su definición de las personas vulnerables.
La Biblia y las enseñanzas de la Iglesia ofrecen un rico fundamento para la defensa de las personas migrantes. Lo que falta ahora, y lo que se necesita, es la acción de las personas que forman parte de la Iglesia.
Un ministerio a la altura de nuestro tiempo
La Familia Vicenciana se encuentra ante un momento decisivo. La magnitud de la migración mundial —provocada por los conflictos, el cambio climático, la pobreza y la persecución— representa al mismo tiempo una crisis y una llamada. Contamos con una rica tradición de respuesta y con redes de alcance mundial. Llevamos con nosotros el espíritu y el carisma de san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac, el beato Federico Ozanam y santa Isabel Ana Seton, quienes hicieron mucho por las personas migrantes y vulnerables.
Lo que ahora se nos pide es que profundicemos en esa tradición: que mantengamos unidas la mano que acoge y la voz profética; que sirvamos a la persona migrante que se encuentra ante nosotros y, al mismo tiempo, cuestionemos los sistemas que la ponen en peligro.
Esto exigirá formación, para dotar a nuestros miembros de los conocimientos, las capacidades y la confianza necesarios para participar en labores de incidencia. Exigirá humildad, para reconocer que las propias personas migrantes deben liderar y configurar las respuestas que las afectan. Y exigirá valentía: la disposición a hablar cuando resulta más fácil guardar silencio y a actuar cuando la inacción parece más segura.
P. Ferdinand Labitag, CM
Representante de la Congregación de la Misión como ONG ante las Naciones Unidas

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