“Señor, danos siempre de tu agua”
Is 55, 10-11; Sal 64; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23.
Nos presenta Jesús la parábola del sembrador que siempre nos vuelve a interpelar porque no habla sólo de la semilla, sino del corazón que la recibe. En la mentalidad del antiguo Oriente, la palabra –logos– era una fuerza, una realidad viva que actuaba y transformaba. Por eso, cuando Jesús habla de la Palabra de Dios, se refiere a una fuerza capaz de dar vida o de frustrarse si no encuentra dónde arraigar. Jesús explica por qué muchas veces esa Palabra no da fruto. No porque sea débil, sino porque cae en terrenos que no la dejan actuar: corazones superficiales, endurecidos o ahogados por las preocupaciones y seducciones del mundo. La Palabra no pierde su poder; lo que se limita es su eficacia en nosotros.
Pero en Jesús la Palabra de Dios ya no es sólo un mensaje: es una persona. Es decir, en Jesús, Dios se hace presente, cercano, visible. Sus palabras curan, perdonan, liberan; sus gestos transmiten la fuerza misma de Dios. En Él aprendemos quién es Dios, cómo es Dios y cómo debemos vivir para relacionarnos con Él. Por eso, esta parábola nos invita a mirarnos por dentro. ¿Qué lugar le doy a la Palabra de Jesús en mi vida concreta?
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Guillermo Flores Chávez C.M.








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