Ver a Cristo en el rostro de los pobres

En el desierto (Lucas 1,80)

por Tom McKenna, CM | Jul 10, 2026 | Reflexiones, Thomas McKenna | 0 comentarios

En la fiesta de la natividad de Juan el Bautista, el evangelio de Lucas destacaba un escenario concreto: el desierto. Se nos dice que fue allí, en uno de aquellos lugares áridos, donde, con el paso de los años, Juan creció y llegó a ser “fuerte de espíritu”. Y no hace falta decir que fue porque Dios estaba con él allí, fortaleciendo a Juan y dándole un propósito.

Es una escena que la mayoría de nosotros podemos reconocer: la experiencia de atravesar nuestros propios tiempos de desierto.

Pensamos en los tramos áridos de nuestra vida: momentos que se sintieron solitarios, difíciles e interminables. Y, sin embargo, incluso en medio del sufrimiento, percibimos crecimiento y entrevimos una luz que se abría paso, ya fuera durante la oscuridad o después de ella. Al mirar atrás ahora, reconocemos que el Espíritu Santo de Dios caminaba entonces con nosotros y continúa acompañándonos ahora.

Precisamente porque somos humanos, cualquiera de nosotros puede recordar alguna historia propia de desierto: una decepción aguda o duradera, una pérdida que se prolongó, un tramo bajo en el camino. Y, sin embargo, al advertir aquel destello de luz en la oscuridad, logramos atravesarlo.

Mirar atrás hacia esos momentos puede ser, en sí mismo, una forma de oración, que despierta no solo nuestra gratitud, sino también la conciencia de que no podríamos haberlo hecho solos; de que, de algún modo, la cercanía fortalecedora de Dios estuvo allí con nosotros todo el tiempo.

En la fiesta del Bautista, nos encontramos con algo que las vidas de casi todos los santos, incluida la de Vicente, pueden hacer por nosotros: iluminar alguna historia, algún patrón o drama de nuestra propia vida que, al mirarlo retrospectivamente, reveló la presencia de Dios en medio de un tiempo difícil.

Recordar de este modo es un ejercicio de ver la luz. Es decir, reconocer autobiográficamente aquellos momentos en los que, estando en nuestros propios desiertos, también crecimos; ocasiones en las que, como Juan, llegamos a experimentar el acompañamiento consolador del Espíritu Santo.

En aquel desierto, “Juan creció y se fortaleció en espíritu”. Al mirar atrás hacia nuestros propios desiertos, damos gracias por la resiliencia que fluyó entonces hacia nosotros desde esa misma fuente divina.

En una carta dirigida a un miembro vacilante, Vicente le asegura el acompañamiento divino:

«¡Animo, pues, padre! No tenga miedo; lo que Dios guarda, bien guardado está. […] Deberá confiar mucho en su paternal protección». (Carta a Charles Ozenne, de 3 de septiembre de 1655, SVP ES V, 398)


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