La celebración del 250.º aniversario de Estados Unidos ha sido reconocida de muchas maneras durante estos días y seguirá siéndolo en los próximos. No se puede exagerar la conciencia de las bendiciones de Dios sobre nosotros, y esta debe ser reconocida con gratitud y determinación.
Durante este año en la Universidad de St. John (Nueva York), he utilizado el tema de este 250.º aniversario para organizar varios programas. Uno de ellos ha puesto de relieve la contribución católica, a largo plazo, al servicio de los pobres en Nueva York a través de las numerosas organizaciones que cuentan con una fundación católica: Catholic Charities, Catholic Relief Services, Covenant House, Bread and Life, Hour Children, Midnight Run, y muchas, muchísimas otras. Se podría elaborar una magnífica lista de todos los cuidados y la compasión que se han ejercido a través de parroquias y escuelas. Parte de la auténtica contribución al crecimiento y a la orientación de nuestro país ha sido, sin duda, la manera en que la comunidad católica ha respondido a la llamada del Evangelio de formas prácticas y generadoras de vida.
Esta constatación me llena de esperanza. Una frase maravillosa de la primera carta de Pedro expresa un desafío que debemos escuchar:
“Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor. Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza, pero hacedlo con dulzura y respeto.” (1 Pe 3,15-16)
Sí. Dispuestos a dar razón de nuestra esperanza. Después de 250 años como un país enormemente bendecido, deberíamos ser capaces de expresar las razones por las que podemos ser un pueblo positivo y comprometido. Así como el Señor ha estado con nosotros, solo podemos orar, con una esperanza llena de alegría, para que siga estando a nuestro lado.
Cuando hemos reconocido a Jesús como Señor en nuestra vida, todo lo demás encaja y nos convertimos en un pueblo de esperanza. Junto a esta verdad, ofrecer una razón de nuestra esperanza fluye con mayor facilidad. Esta esperanza se expresa en nuestra disposición a ser personas que animan a los demás, que saben maravillarse ante las obras admirables que nuestro Dios sigue realizando, y que apoyan todo aquello que eleva la vida humana. Nuestra alegría y la energía con la que asumimos nuestros ministerios son signos inequívocos de nuestra conciencia de Dios actuando y de nuestros esfuerzos por cooperar con la divina providencia en la transformación de este mundo. Nuestra esperanza descansa en el corazón que proclama a Jesús como Señor sin reservas y para siempre. En este Espíritu, nos fortalecemos unos a otros y fortalecemos a todos los hermanos y hermanas a quienes servimos.
En una de sus audiencias (11 de diciembre de 2024), el papa Francisco insiste en que la esperanza no es “una virtud pasiva, que se limita a esperar que las cosas sucedan… [sino que] es una virtud sumamente activa que ayuda a que sucedan”.
Después de 250 años, tenemos derecho a ser un pueblo de esperanza. Deberíamos ser capaces de expresar las razones de nuestra esperanza y de nuestras expectativas de futuro. Podemos escuchar este aliento ofrecido por santa Luisa:
“[Tenemos] la esperanza de que su gracia hará que empleemos mejor el presente. El no nos faltará, queridas Hermanas, pero pongamos cuidado en no faltarle nosotras por nuestra poca correspondencia a su santo amor” (Luisa de Marillac, Correspondencia, carta 454 (L. 391), p. 429).








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