El 12 de agosto de 2023, la Iglesia católica declaró oficialmente Siervo de Dios al padre Valeriano Güemes, C.M., abriendo su causa de beatificación. Este reconocimiento largamente esperado ilumina la vida extraordinaria y la vocación misionera de un humilde vicenciano que, durante casi seis décadas, sirvió a los pobres, los enfermos y los olvidados en las densas selvas y aldeas remotas de la India. Su vida encarnó las virtudes de humildad, abnegación y servicio incansable, rasgos que reflejan el mismo espíritu de san Vicente de Paúl.
Infancia y formación
Valeriano Güemes Rodríguez nació el 15 de septiembre de 1890 en el pequeño pueblo de Quintanamuz, en la provincia de Burgos, España. Procedente de un entorno rural modesto, cursó su primera formación en su localidad natal antes de ingresar en la Escuela Apostólica Vicenciana de Tardajos, donde estudió humanidades y discernió su vocación sacerdotal.
Ordenado sacerdote en 1915, sus primeros años de ministerio se desarrollaron dentro de la Provincia española de la Congregación de la Misión. Sirvió en varios apostolados, entre ellos la Escuela Apostólica de Alcorisa, en Teruel, y más tarde en Madrid, donde predicó Misiones Populares. En 1921 fue nombrado profesor en el colegio de Limpias, en Cantabria, y todo parecía augurarle una brillante carrera. Sin embargo, Dios tenía otros planes.
Llamada a misiones: hacia la India
El 18 de agosto de 1921, durante una visita canónica, el Visitador provincial, padre Joaquín Atienza, le presentó una petición inesperada: Roma había confiado a la Provincia de Madrid una nueva misión en la India británica, concretamente en la región del Hindustán. El Consejo provincial había elegido a cuatro misioneros paúles para este empeño inicial, y el padre Güemes era uno de ellos. Sin vacilar, aceptó: «No tengo inconveniente —respondió—. Acepto la propuesta».
Esa decisión marcó el verdadero comienzo de su vida misionera. Con la determinación de hacer de la India su segunda patria, pasaría los siguientes 57 años profundamente unido a su gente, sus lenguas, sus sufrimientos y sus esperanzas.
Llegada a la India: primeras impresiones y desafíos
El padre Güemes llegó a la India el 24 de diciembre de 1921, junto a los padres José M.ª Fernández, José Ferrer y Claudio Coello Rey. Tras desembarcar en Colombo y cruzar el estrecho de Palk, llegaron finalmente a Madrás el 25 de diciembre. Tres días después arribaron a Vizagapatam, la jurisdicción eclesiástica que se les había asignado.
Al llegar, encontraron una misión incipiente. Solo quedaba un puñado de misioneros de los Misioneros de San Francisco de Sales, apoyados por algunas religiosas y una pequeña comunidad de 500 católicos practicantes. Los M.S.F.S. acogieron cálidamente a los vicencianos, deseosos de que asumieran la dirección de la misión.
La zona de Surada se convirtió en su primera base, donde ya funcionaba una escuela para catequistas y maestros. Poco a poco, el equipo misionero se hizo cargo del orfanato, las estaciones de misión y las tierras de cultivo de la región de Ganjam. Cuando los misioneros franceses se retiraron, el padre Güemes quedó al frente. A pesar de sus limitados conocimientos de inglés y de las lenguas locales, perseveró con humildad y tenacidad.
Pruebas de liderazgo: el superior a su pesar
Aunque era, ante todo, un hombre de servicio humilde, el padre Güemes fue pronto animado a asumir cargos de liderazgo. En 1927, tras tensiones entre el obispo local y el padre Fernández, fue nombrado superior interino. Muy incómodo con la autoridad administrativa, escribió con franqueza: «No entiendo por qué insisten en hacerme la ‘cabeza’ cuando estoy mejor preparado para ser los ‘pies’».
Su incomodidad no provenía de la incapacidad, sino de una profunda humildad y honradez espiritual. Sin embargo, cumplió todas sus obligaciones con conciencia. En 1929, la Propaganda Fide lo nombró oficialmente Administrador Apostólico de la recién creada misión de Cuttack. Sirvió en este cargo hasta 1933, cuando cedió el testigo al padre Florencio Sanz y regresó con alegría al trabajo de campo.
El apóstol de Mohana: una vida vicenciana entregada
La etapa más fecunda y decisiva de su vida misionera comenzó después de 1933. Se trasladó a la región remota de Mohana, dedicándose por completo al ministerio pastoral. Viajaba incansablemente a pie, llevando consigo un pequeño altar, medicinas, medallas milagrosas y algunas pertenencias personales. Dondequiera que iba, su presencia llevaba consuelo, curación y el mensaje de Cristo.
Era conocido tanto por cristianos como por no cristianos como un hombre de Dios. Los aldeanos lo llamaban sencillamente guru. Dormía bajo los árboles, se alimentaba con lo más sencillo y confiaba en la providencia divina y en el sacrificio personal para sostener su misión. El ideal vicenciano de «evangelizar a los pobres» no era para él una consigna abstracta, sino la esencia de su vida.
Constructor de instituciones y vocaciones
Más allá de la evangelización directa, el padre Güemes desempeñó un papel decisivo en el desarrollo institucional. En 1933, ayudó a unos sacerdotes diocesanos de Kerala que habían obtenido en París una copia de las Reglas vicencianas, pero necesitaban a alguien que se las explicara. Pasó más de dos meses en Ernakulam, formándoles en el carisma vicenciano.
Fue también quien sugirió por primera vez reclutar vocaciones nativas para las Hijas de la Caridad, anticipando su llegada a la India. Defendió siempre con firmeza su misión e incluso apeló a Roma en 1932 para que las Hijas españolas pudieran conservar su hábito tradicional en la India.
Cuando las Hijas llegaron en 1940, su empeño dio fruto. Más tarde se convirtió en guía espiritual de las Hermanas Adoratrices de Puri, defendiendo su naciente misión y llegando incluso a traducir sus Constituciones al inglés. Su liderazgo prudente se extendió a otras congregaciones, como las Hermanas Underwood en Balasore, lo que dio origen a una misión floreciente con hospital, escuela y leprosario.
Educador y director de almas
En 1957, el padre Güemes fue nombrado director del Seminario Interno de la Congregación de la Misión en la India. Aunque en principio debía ser un nombramiento temporal, permaneció casi una década en el cargo. Reconocido por su sabiduría, vida de oración y sencillez, acompañó con suavidad e integridad a los nuevos misioneros.
Pese a su avanzada edad, continuó sirviendo allí donde se le necesitaba. Suplió como administrador diocesano durante la ausencia del obispo y viajó a Kerala para apoyar misiones locales. Su diario refleja un alma siempre atenta a la voluntad de Dios: «Es demasiado para un anciano como yo, pero por obediencia lo haré lo mejor que pueda».
Hombre de diálogo y reconciliación
Incluso en sus últimos años, el padre Güemes siguió siendo un hombre de misión. En 1964 inició un diálogo ecuménico con un grupo de luteranos descontentos en Tentulikunti. Con amistad, catequesis y respeto, tendió puentes entre comunidades y llegó a celebrar con ellos la Navidad de 1971, mucho antes de que la Iglesia impulsara oficialmente el ecumenismo.
También fue llamado como mediador en conflictos internos de la diócesis de Berhampore. En 1972 fue enviado a Minjaponka, una comunidad profundamente dividida, y logró reconciliar a las facciones. Su presencia, más aún que sus palabras, inspiraba unidad.
Últimos años y muerte
En 1974, con 84 años, el padre Güemes seguía en su ministerio incansable. Cuando estalló la violencia en Surada y Mohana, se le pidió que regresara para estabilizar la situación. A pesar de su frágil salud, aceptó. Su último campo de misión fue de nuevo Mohana, donde había comenzado décadas antes.
Allí celebró su 60.º aniversario sacerdotal, continuó evangelizando y reconstruyó el barrio cristiano tras ser incendiado. Su última anotación en el diario lleva fecha del 6 de abril de 1978. El 15 de octubre de 1978 falleció en paz, a los 88 años, entrando en lo que siempre llamó «la Misión del Cielo».
Virtudes vicencianas encarnadas
El padre Valeriano Güemes vivió las virtudes vicencianas en grado heroico:
- Simplicidad: fue transparente en sus palabras y actos, siempre dirigiendo el reconocimiento hacia los demás y rehusando honores, incluso cuando recibió la Cruz de Isabel la Católica en 1972.
- Humildad: pese a tener grandes responsabilidades, se refería a sí mismo como «indigno», «incapaz» o «los pies, no la cabeza».
- Mansedumbre: tuvo pocos conflictos, pero su capacidad para desactivar tensiones, incluso en comunidades divididas, revela una profunda mansedumbre espiritual.
- Mortificación: abrazó el sufrimiento con alegría: climas extremos, dieta pobre, agotamiento físico y riesgo de enfermedad.
- Celo por las almas: hasta sus últimos días llevó sacramentos, consuelo y esperanza a todos los que encontraba, verdaderamente «pasando por el mundo haciendo el bien».
Declaración como Siervo de Dios
Tras su muerte, la noticia se propagó como un reguero de pólvora por las selvas de Ganjam. Gente de Mohana, Aligonda, Kattinga y más allá lloró a su guru y padre espiritual. «Todos le debían algo —afirmó un misionero—: la fe, una palabra de esperanza, una medicina, una bendición».
El padre Fernando Ibilcieta, que lo conocía bien, dijo en 1963: «Si hay un vicenciano canonizable en Cuttack, ése es el padre Güemes». Incluso quienes habían trabajado bajo su autoridad en los años más difíciles no recordaban defectos, solo virtudes.
El 12 de agosto de 2023, la diócesis de Berhampore abrió formalmente la causa de beatificación y canonización del padre Valeriano Güemes. Con ello, la Iglesia reconocía lo que tantos ya sabían: que su vida fue de virtud heroica, sacrificio misionero y profunda santidad.
Esta declaración marca el inicio de un proceso que algún día podría elevarlo a los altares. Pero, más allá de títulos formales, para la gente de Orissa sigue siendo Baba: padre, sanador, guía y santo.
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La vida del padre Valeriano Güemes no es solo la historia de una santidad personal, sino un testimonio del poder perdurable del Evangelio cuando se vive con autenticidad, sencillez y amor. No dejó grandes instituciones con su nombre, ni tratados teológicos, ni riquezas materiales. Lo que dejó fueron vidas transformadas, comunidades reconciliadas y una Iglesia fortalecida por su testimonio.
Su camino, desde un pequeño pueblo de España hasta el corazón de la India, ejemplifica el ideal vicenciano: servir a Cristo en los pobres con alegría y perseverancia. Ahora, declarado Siervo de Dios, el padre Valeriano Güemes sigue inspirando a una nueva generación de misioneros, sacerdotes y laicos que buscan evangelizar no solo con palabras, sino con vidas entregadas en amor.









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