Jesús es manso y humilde de corazón. Es por eso que de buena gana acuden a él la gentes sencillas y se sienten a gusto con él.
Se han hecho en Corazaín, Betsaida y Cafarnaún la mayor parte de los milagros de Jesús. Mas esas ciudades no acogen lo que él ha enseñado y predicado. Y así es porque así lo quiere el Padre. En otras palabras, es a las gentes sencillas a quienes quiere revelar el Señor de cielo y tierra las cosas. No a las sabias y entendidas.
Son de las gentes sabias y entendidas los escribas y los fariseos. Estos tienen en poco a las gentes sencillas: los discípulos veraces de Jesús, y los publicanos y los pecadores con los que codea y hasta come él.
Pero, sí, los menospreciados por los sabios y entendidos son los elegidos del Padre y de Jesús. Es decir, se les da la gracia a los humildes. En cambio, se les resiste a los soberbios (véase también 1 Pd 5, 5).
Y de forma firme y por experiencia capta san Vicente tal elección de las gentes sencillas y pobres. Dice él de ellas que guardan la verdadera religión, la fe viva (SV.ES XI:120). También son pacientes, mansas, en sus miserias y sus fatigas para alimentar a los misioneros.
Pero, ¿cómo es que conservan ellas la paz en medio de sus penas y calamidades? Es que son gentes sencillas; Dios hace abundar en ellas las gracias que les niega a los ricos y sabios del mundo (SV.ES XI:462).
Señor Jesús, concédenos aprender de ti, que eres manso y humilde de corazón. Así, seremos de las gentes sencillas que gozan de gracias abundantes y de tu sabiduría. De los campesinos humildes que, por dar de comer y de beber a los demás, te imitan en cierto sentido. Pues tú nos das de comer tu cuerpo y de beber tu sangre. Y déjanos estar en el Espíritu para que nos acordemos siempre de que nos hacen falta la humildad y la sencillez.
5 Julio 2026
14º Domingo de T.O. (A)
Zac 9, 9-10; Rom 8, 9. 11-13; Mt 11, 25-30








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