“Dios salva al que cumple su voluntad”
Am 5, 14-15. 21-24; Sal 49; Mt 8, 28-34.
El evangelio de hoy nos sitúa en la región de Gadara, una ciudad pagana, rica, marcada por la presencia romana, por la violencia y el miedo. Allí, en las afueras, junto a los sepulcros, se encontraban dos hombres poseídos. Jesús entra en ese territorio.
Los endemoniados no piden curación ni ayuda. Le gritan: «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?». Lo más relevante es que Jesús nos muestra la grandeza de la humanidad capaz de enfrentarse al mal, a la muerte y de devolver dignidad a quienes la han perdido. Los demonios entran en los cerdos –animales impuros para los judíos– y toda la piara se precipita al mar, símbolo del caos y de la muerte. Es una imagen durísima: la muerte deja de habitar en los seres humanos y pasa a la riqueza, al capital, a la seguridad económica de aquella región. También hoy, quienes vivimos con bienestar y buen nivel de vida preferimos no perder nada, aunque eso signifique tolerar la violencia, la exclusión, la muerte de otros. Preferimos que Jesús no se acerque demasiado a nuestras “posesiones”, porque siempre se pone del lado de la vida humana. No tengamos miedo de dejarlo actuar, aunque nos desinstale, aunque nos cuestione, aunque nos pida elegir la vida por encima de todo.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Guillermo Flores Chávez C.M.








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