Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Llevar el Evangelio allí donde los muros son más altos

por .famvin | Jun 29, 2026 | Historias | 0 comentarios

Hay lugares que la sociedad prefiere no ver. Las prisiones suelen construirse lejos de nuestros barrios, detrás de muros altos, apartadas de la vida cotidiana. Sin embargo, para la Familia Vicenciana, ningún muro puede borrar la dignidad de una persona, y ninguna distancia puede justificar la indiferencia.

Un artículo reciente cuenta la historia de “Cristina”, una mujer nacida en Latinoamérica que vive en España desde 2006 y que pasó once años en prisión tras recibir una larga condena. Ocho años después de entrar en la cárcel, conoció la Fundación Marillac y a las Hijas de la Caridad. Desde entonces, la han apoyado durante sus permisos penitenciarios y también después de su salida. “No tengo familia aquí”, explica, al contar que la han acompañado emocional, psicológica y personalmente: “en todo”.

Varias hijas de la caridad a las puertas de un centro penitenciario.

Su historia nos recuerda que la pastoral penitenciaria no consiste, ante todo, en programas, sino en presencia. Se trata de escuchar sin reducir a una persona a lo peor que ha hecho. Se trata de entrar en espacios marcados por el dolor, la culpa, el juicio, la soledad y el deseo de empezar de nuevo.

Gemma Pérez, trabajadora social de la Asociación Marillac, afirma que trabajar con personas privadas de libertad nos obliga a enfrentarnos a nuestros propios límites y prejuicios. Sus historias nos incomodan, pero también nos humanizan. Para ella, es esencial “pisar patio”, porque la misión no puede hacerse solo desde un despacho. Para comprender la realidad de quienes están en prisión, hay que salir a su encuentro.

Esta presencia tiene profundas raíces vicencianas. Sor María, Hija de la Caridad y coordinadora nacional del área social de Pastoral Penitenciaria en España, recuerda que, desde san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, la Compañía ha estado presente en el mundo penitenciario. El mismo san Vicente envió a las hermanas a cuidar de los condenados a galeras. Hoy, esa misión continúa en cárceles, pisos de acogida, módulos de aislamiento, talleres y espacios de acompañamiento.

Sor María describe los módulos de aislamiento como “tres prisiones dentro de una”, con graves consecuencias psicológicas. En esos lugares, las Hijas de la Caridad ofrecen talleres, diálogo, escucha activa y reconocimiento humano. Pero insiste en que el corazón de la misión es sencillo: “Somos presencia viva de Jesucristo dentro de las prisiones. No es cuestión de hacer grandes talleres. Nosotras estamos allí para acompañar y escuchar”.

Para la Familia Vicenciana, esta realidad es una llamada profunda. Las personas encarceladas no son personas olvidadas. Son hermanos y hermanas cuya humanidad ha sido puesta a prueba, herida y, muchas veces, escondida a los ojos de la sociedad. Servirlas es seguir a Cristo allí donde más se necesita la misericordia.

Hoy podemos preguntarnos: ¿quiénes son las personas que nuestra sociedad ha colocado lejos para que nadie las vea? ¿Y cómo nos está invitando Dios, como vicencianos, a salir a su encuentro?

Con informaciones del boletín informativo «Odres Nuevos», de la Provincia de España Centro de las Hijas de la Caridad, nº 43, octubre de 2025.


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