Ver a Cristo en el rostro de los pobres

La caridad: el lazo que nos une a Dios • Una reflexión con Augustine John Ukken

por .famvin | Jun 29, 2026 | Reflexiones, Reflexiones con vicencianos de fe comprometida | 0 comentarios

Te invitamos a descubrir al venerable Augustine John Ukken a través de sus palabras, que nos invitan a hacer del amor el centro de nuestra vida.

Augustine John Ukken (1880-1956), sacerdote siro-malabar indio, fundador de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, fue un testigo luminoso de la misericordia de Dios. Nacido en Parappur, Kerala, quedó huérfano a los seis años, experiencia que transformó en confianza total en Dios como Padre y en María como Madre. Tras formarse en el Seminario de Kandy, fue ordenado en 1907 y dedicó su vida a los más pobres, especialmente en Chowannur, donde fue padre de huérfanos, consuelo de enfermos y amigo de campesinos explotados. Su espiritualidad se centró en la Eucaristía, el Sagrado Corazón y la entrega humilde. Su lema constante era: “Amar es vuestro deber; que nadie os supere en amar.” En 1944 fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad para prolongar su carisma de servicio misericordioso. Místico y activo, contemplativo ante el sagrario e incansable en la acción, aceptó las pruebas como identificación con Cristo. Murió en Chowannur en 1956, dejando un legado de amor sin límites y de confianza plena en la providencia.

Texto de Augustine John Ukken:

La caridad es la forma más elevada del amor, que significa el amor recíproco, una cadena que relaciona al ser humano con Dios. Debemos amar tanto a los amigos como a los enemigos, y nunca amar a nadie por nuestro propio beneficio ni simplemente para aumentar el número de amigos. Puesto que Dios ama a todos, debemos amar a los demás, ya que son hijos de Dios. Debemos prestar especial consideración a los pobres, a los enfermos y a los ignorados de la sociedad.

– Augustine John Ukken, Lights from Heaven, de diciembre de 1903.

Comentario:

Para Augustine John Ukken, la caridad no era simplemente una virtud entre otras, sino más bien la corona de la vida cristiana. Su reflexión comienza con una imagen impactante: «La caridad… una cadena que relaciona a las personas con Dios». En esta imagen vislumbramos su profunda comprensión del amor como participación en lo divino. La caridad no es solo nuestra interacción con los demás, sino el amor de Dios que fluye a través de nosotros y nos une de nuevo a Él.

Esta perspectiva resuena con san Pablo: «Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). La caridad es el lazo que une el cielo y la tierra, la humanidad y Dios, y hace de nosotros una sola familia. Augustine, que había conocido el abandono y la pobreza, sabía por experiencia propia la necesidad de una cadena así. Fue la caridad —el amor divino recibido y entregado— la que conectó su vida herida con la presencia sanadora de Dios.

Él subraya que este amor debe ser universal: «Debemos amar tanto a los amigos como a los enemigos». Esto se hace eco del mandato de Cristo en Mateo 5,44: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen». La caridad va más allá del afecto natural o del interés mutuo. No se trata de aumentar el número de amigos ni de buscar ventajas personales. Es puro don, reflejo del amor imparcial de Dios, «que hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45).

Al mismo tiempo, Augustine destaca un amor preferencial particular: «Debemos prestar especial consideración a los pobres, a los enfermos y a los ignorados de la sociedad». Aquí vemos con claridad la dimensión vicenciana de su espiritualidad. El amor universal no significa un amor generalizado o abstracto; significa un amor concreto, expresado con especial ternura hacia quienes están más marginados. Augustine identifica explícitamente a estos grupos: los pobres, los enfermos, los ignorados. No son una consideración secundaria, sino los destinatarios privilegiados de la caridad cristiana.

Para la Familia Vicenciana, estas palabras son un desafío directo. ¿Amamos solo a quienes están cerca de nosotros, piensan como nosotros o nos tratan con amabilidad? ¿Utilizamos a veces las relaciones para obtener ventajas o reconocimiento? Augustine insiste en que la caridad debe ser purificada de todo interés propio. El amor no consiste en ensanchar el propio yo, sino en entregarse a sí mismo.

La caridad también exige valentía: amar a los ignorados de la sociedad es cruzar barreras de indiferencia, prejuicio y exclusión. Augustine mismo vivió esto a través de su ministerio sacerdotal en Kerala. Su fundación de las Hermanas de la Caridad encarnó esta convicción: que el amor debe organizarse, estructurarse y perdurar en el servicio a los olvidados.

En el corazón de esta reflexión hay una invitación: ver la caridad como la propia vida de Dios que se mueve a través de nosotros. Cuando amamos, especialmente a los pobres y marginados, participamos en esa misma cadena que nos une a Dios. Sin caridad, la fe y la esperanza permanecen incompletas. Con la caridad, toda la vida cristiana queda unida en armonía.

 

Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:

  1. ¿Veo la caridad como una «cadena» que me une a Dios, o la trato como algo opcional en mi vida de fe?
  2. ¿De qué maneras el interés propio o la búsqueda de beneficios personales distorsionan la pureza de mi amor?
  3. ¿Qué pasos puede dar hoy la Familia Vicenciana para encarnar más plenamente este amor imparcial y, al mismo tiempo, preferencial?

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