«Las personas que creen saberlo todo», dice el viejo dicho, «resultan muy molestas para aquellos de nosotros que realmente lo sabemos». Nadie sabe con certeza quién acuñó esa frase, aunque por primera vez se atribuyó por escrito a Harold Coffin, columnista de humor de Associated Press. La razón de su perdurable popularidad es que nos recuerda una verdad: el ego puede llevarnos a caer precisamente en los defectos que condenamos. Para los vicentinos, también nos recuerda la necesidad de la humildad y la sencillez para el discernimiento, la amistad, el liderazgo y el crecimiento en santidad.
Tomar decisiones en secreto o pensar lo peor de los demás sin hablar con ellos cara a cara es contrario a la sencillez —que exige expresar lo que realmente pensamos— y a la humildad —que exige no asumir nunca que sabemos más que nadie—. Resulta muy fácil, por ejemplo, imaginar todo tipo de malas intenciones en un vecino y decidir, incluso entre miembros que nunca lo han conocido, cuál es la mejor manera de ayudarle. Es más difícil —y, por tanto, más necesario— que quienes visitan los hogares simplemente conversen con la persona; que le aseguren que no buscan motivos para «cortar la ayuda», sino saber cómo pueden ayudar mejor. Cuando abrimos nuestro corazón, lo más habitual es que los vecinos también abran el suyo. Cuando tenemos dudas, tanto la sencillez como la amistad exigen que las planteemos. Como decía Frédéric, debemos tener el «valor y la convicción de que el sacrificio más hermoso que se puede hacer por un amigo es decirle lo que uno piensa, aun a riesgo de desagradarle». [15, a Materne, 1830]
Del mismo modo, una de las concepciones del liderazgo más extendidas (y perniciosas) es la idea de que el líder es quien siempre sabe más, quien toma todas las decisiones y quien ejerce mejor su función diciendo a los demás qué deben hacer. Esta creencia puede llevar a quienes tienen responsabilidades de liderazgo a tomar decisiones de forma aislada y sin dar explicaciones. Lo vemos en muchos ámbitos: políticos, jefes u oficiales militares que exigen obediencia pero solo la consiguen a costa de la lealtad, fomentando organizaciones sumidas en el secretismo, donde surgen camarillas rivales y se rompe la unidad de propósito. Por el contrario, se espera que los líderes de la Sociedad sirvan a los miembros de la misma manera que los miembros sirven al prójimo. Los líderes servidores no toman las decisiones por su Conferencia o Consejo, sino que llevan a cabo las decisiones alcanzadas mediante el diálogo abierto, el discernimiento y el consenso de todos los miembros. Nadie queda excluido; todos son escuchados en reuniones que se celebran «en espíritu de fraternidad, sencillez y alegría cristiana». [Regla, Parte I, 3.4]
Ya sea que se trate del prójimo o de otro miembro, nunca debemos asumir que sabemos más ni hablar de las personas sin hablar con ellas, ni permitir que otros lo hagan. Estos son deberes de la amistad, exigencias de la sencillez y rasgos distintivos de la humildad. Y como enseña Vicente: «Nuestro Señor se encuentra y se complace únicamente en la humildad del corazón y en la sencillez de palabras y acciones; es inútil buscarle en otra parte». [CCD XII:182-3].
Contemplación
¿A veces evito conversaciones por miedo a descubrir que mi opinión es errónea?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.








Mil gracias, Padre Tim, por lo que usted nos comparte aquí. Bien se relaciona, a mi parecer, a lo que les dice a los cardenales el Papa León XIV en su discurso introductorio ante el Consistorio Extraordinario.
Les recuerda un deseo de él: «que estos encuentros nos ayudaran a aprender cada vez más a «trabajar juntos en el servicio de la Iglesia» y a proseguir «una conversación que me ayude en el servicio de la misión de toda la Iglesia»».
También les dice: «En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en el que la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio. Antes de preguntarnos qué hacer, es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos.»