Alguien señaló una vez la marcada diferencia entre encontrarse e invitar; es decir, entre encontrarse con otra persona e invitar a esa persona.
Encontrarse con la gente significa simplemente cruzarse con ella, advertir su presencia y quizá incluso saludarla. En ese momento, sigo siendo un observador —un espectador o alguien que mira desde fuera— y no alguien que tenga verdaderamente la intención de acoger a la otra persona.
Invitar, sin embargo, es dar un paso más, y un paso lleno de vida. Significa recibir abiertamente, entrar en relación y acoger a la otra persona. Refleja el paso de espectador a anfitrión, de la neutralidad y la distancia a la cordialidad y la hospitalidad.
En el libro del Éxodo, nos encontramos con alguien que, de manera muy consciente, está pasando de esa postura reservada del simple encuentro a la acción cálida y sentida de invitar, de “acoger dentro”.
Es Moisés, de pie allí, en el monte Sinaí, con aquellas diez tablas de piedra. Está hablando con Aquel a quien llama “Señor”. Es el Dios que, como proclama el texto, es “misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en bondad y fidelidad”.
¿Qué hace Moisés en ese momento? Invita a Dios con calidez y humildad: “Si he obtenido tu favor, Señor, ven con nosotros. Únete a tu pueblo, que hoy está aquí de pie”. En otras palabras: ven con nosotros; entra en nuestro círculo.
Y este es el mismo Dios, el mismo Señor Dios a quien Juan el Evangelista presenta como “Aquel que nos dio a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
¿Acaso no ofrecemos nosotros esa misma invitación cálida cada vez que nos reunimos para la Eucaristía: una acogida y una inclusión de corazón abierto? ¿No estamos haciendo nuestras las palabras de Moisés, palabras pronunciadas con tanta gracia hace ya tanto tiempo: “Señor, ven con nosotros”; y, de manera más personal, “ven conmigo”?
Rezamos esto no solo con Moisés, sino también con los creyentes de todo el mundo que cada día invitan al Señor a entrar en sus vidas. “Ven en nuestra compañía, Señor. Únete a nosotros, tu pueblo, que hoy estamos aquí de pie”.
En una carta a uno de sus sacerdotes sobre la oración, Vicente expresa esta misma nota de invitación:
Pero el bienaventurado obispo de Ginebra enseñó a sus religiosas otra clase de oración, que pueden hacer incluso los enfermos: consiste en quedarse tranquilamente delante de Dios y exponerle sus necesidades, sin más aplicación del espíritu, como un pobre que descubre sus llagas y que, de esta manera, excita más a los que pasan por delante para que le den una limosna que si se rompiera la cabeza a fuerza de convencerles de su necesidad.
SVP ES V, 368, carta a un sacerdote de la Misión, de 21 de mayo de 1652.








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