Jesús, el Mesías, es nuestro solo Maestro; tiene él palabras de vida eterna. Sus discípulos veraces lo siguen en el sufrir, morir y resucitar.
Para ser discípulos veraces, los que siguen a Jesús han de odiar a los de su familia. O no quererlos más que a él, como lo dice el evangelio de hoy.
Tal lenguaje fuerte, llano, franco y desafiante destaca que no hay que anteponer nada y nadie a Jesús. Hay que preferirle a todo y a todos.
No, no se nos manda odiar o no amar a los de nuestra familia. Después de todo, deja claro que no hemos de odiar ni aun a nuestros enemigos. Y él nos recuerda el honor que hemos de dar a nuestros padres. Mas, sí, hay que poner a Jesús y sus palabras en el centro de nuestra vida.
Y ser nosotros discípulos veraces quiere decir también sufrir y aun morir al igual que él. Pues buscamos seguir al que no quiere ver sufrir a nadie, lo que le lleva a recorrer pueblos y aldeas. Para enseñar, para anunciar la Buena Noticia del reino y la justicia de Dios, para curar enfermedades.
Al pasar haciendo el bien, Jesús se gana el rechazo y el odio de los que están en puestos de poder. Pues, sí, hacer el bien es exponerse a conflictos (SV.ES I:143). Por lo tanto, él sufrirá mucho, morirá en la cruz y resucitará. Así será también el destino de los discípulos veraces. Al tomar su cruz, se parecerán más a él y, por lo tanto, serán dignos de él. Serán incorporados de verdad a su muerte y andarán en vida nueva.
No, la vida de los discípulos veraces no es del todo un sacrificio. Y una cosa más: al igual que el profeta Eliseo, Jesús no se deja vencer en generosidad. El Maestro hará que los demás acojan a los de él, y sean generosos y compasivos con ellos
Señor Jesús, queremos ser tus discípulos veraces, que eres nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo (SV.ES V:511-512). Concédenos, pues, el valor de entregar nuestro cuerpo y derramar nuestra sangre por ti y por los pobres. No dejes que el coste del discipulado, —amor, servicio y sacrificio—, nos espante. Y haz que nos convenzamos de que vivir y morir sirviendo a los pobres es tener por cierta nuestra eterna dicha (SV.ES III:359). Es seguirte a ti, sí, confiados en la Providencia, y perdiendo nuestra vida y encontrándola.
28 Junio 2026
13º Domingo de T.O. (A)
2 Re 4, 8-11. 14-16a; Rom 6, 3-4. 8-11; Mt 10, 37-42








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