Ver a Cristo en el rostro de los pobres

El poder cegador del orgullo y del poder

por .famvin | Jun 21, 2026 | Formación | 0 comentarios

Según algunos, el orgullo es el mayor pecado y también la causa de todos los pecados. Se hace así referencia al Libro del Génesis en la Biblia, donde la historia de los primeros seres humanos revela de forma muy viva cómo el mal conquistó el corazón humano tentándolos a convertirse en sus propios dioses. «Se os abrirán los ojos en cuanto comáis de él, y entonces seréis como dioses y tendréis conocimiento del bien y del mal» (Gn 3,5). Sus ojos, en efecto, se abrieron después de comer el fruto prohibido, y vieron que estaban desnudos y que no eran en absoluto los dioses que habían soñado ser. Y un poco más adelante leemos otra historia, esta vez sobre el momento en que las personas decidieron construir una torre que llegara hasta el cielo, para afirmar su propio poder y su condición divina (cf. Gn 11,1-9). Pero también aquello terminó en un completo fracaso, dejando una estructura inacabada y una confusión de lenguas en medio de un caos total. Una vez más, fue el orgullo lo que los impulsó a desafiar a Dios y a pretender convertirse en sus iguales. Historias antiguas que dicen algo —no, que dicen mucho— sobre la tendencia humana a intentar, movidos por el orgullo, apropiarse del poder.

Cuando intentamos mantener la ilusión de que hoy ya no se come ningún fruto prohibido y ya no se construyen más torres de Babel, la realidad cotidiana nos alcanza. Algunos incluso quieren ahora llegar a Marte para construir allí su propio nuevo imperio, y cuando supe por los medios de comunicación que el presidente Trump había mandado erigir una estatua dorada de sí mismo, en una pose que no irradia otra cosa que poder y arrogancia, no pude sino concluir que, efectivamente, no hay nada nuevo bajo el sol, que la historia se repite sin cesar y que, al parecer, las personas no aprenden nada de esa historia. Y esto último es quizá lo peor que puede sucedernos como seres humanos, y algo de lo que todos podemos ser víctimas. Es esa fuerza cegadora escondida en la soberbia la que nos empuja a aferrarnos al poder y nos conduce a una perniciosa miopía en la que solo tenemos presentes nuestros propios intereses y, en último término, solo nos preocupa cómo podemos seguir ampliando nuestro poder. El modo en que esto se produce queda totalmente subordinado al resultado que se fija como meta y con el que uno sueña. Abrirse paso a codazos, sobornos, corrupción y, si es necesario, eliminar a los adversarios: todo ello forma parte del recetario sobre cómo crecer en poder y prestigio. No, no debemos fijarnos únicamente en el brillo de esta nueva estatua de Trump y pensar que solo él está atrapado por la soberbia. La tentación de coronarnos a nosotros mismos como dioses habita en cada uno de nosotros, y la serpiente de la tentación sigue deslizándose por ahí, tratando de atraparnos. No, probablemente no levantaremos para ello una estatua dorada de nosotros mismos, ni construiremos una torre que lleve nuestro nombre. Pero siempre nos consideraremos mejores y más grandes que los demás, querremos que esto se nos confirme y, si no logramos de inmediato obtener el reconocimiento esperado, simplemente hojearemos nuestro recetario para encontrar el método adecuado para situarnos por encima de los demás, para humillar a los demás, para que «él disminuya y yo crezca», por parafrasear las conocidas palabras de Juan el Bautista (Jn 3,30), pero en sentido inverso.

Para muchos, la virtud de la humildad ha desaparecido de su vocabulario, porque se ha convertido en algo propio de débiles. No tenemos nada que objetar al hecho de que las personas deseen avanzar en la vida, pero sí objetamos el modo en que algunos tratan de conseguirlo. Si esto solo puede lograrse humillando y empequeñeciendo a los demás y, si es necesario, eliminándolos, entonces estamos cruzando una línea ética que ha sido sobrepasada con creces. Desde una visión personalista de la humanidad, todos tienen una responsabilidad mutua de respetar, promover y, cuando sea necesario, restaurar la dignidad humana de los demás. Este será, por tanto, el criterio con el que una sociedad podrá medirse éticamente, y siempre que esto se vea comprometido porque algunos, movidos por su arrogancia, traten de apropiarse del poder a costa de los demás, tendremos que llegar a la lamentable conclusión de que aprendemos con lentitud las lecciones positivas de la historia. Lo que vemos magnificado en Trump y en los de su calaña, hasta el punto de resultar francamente ridículo, lo encontramos por desgracia también en la vida cotidiana, donde hay muchos pequeños Trump caminando por ahí que se plantan cada día ante el espejo preguntando: «Espejito, espejito, ¿quién es el más grande de esta tierra?»

Hno. René Stockman,
Hermano de la Caridad.


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