Durante la semana pasada, me uní a mi Provincia en un tiempo de retiro. Nos reunimos en el Seminario de la Inmaculada Concepción, en Huntington, Nueva York, para estar y orar juntos. El director del retiro fue el P. Danny Pilario, CM, de Filipinas, y el tema de nuestras reflexiones se centró en la “sinodalidad”. Fue una experiencia maravillosa y estimulante.
Cuando estoy de retiro, me doy cuenta de cuánto lo necesito. Jugué con la propia palabra para dar sentido a mi experiencia de “desierto”.
Durante la mayor parte del año, estoy centrado en mi labor en la universidad de St. John. Este ministerio, bueno e importante, consume gran parte de mi tiempo y de mis pensamientos. Un retiro me permite tomar distancia de todos esos asuntos y de toda esa planificación. Me anima a prestar atención a otros valores que sé que deben estar en primer plano en mi vida, pero que puedo dejar que pasen a un segundo plano. En el retiro, me aparto de los asuntos cotidianos y redescubro lo que se me pide como cristiano creyente y sacerdote vicenciano. Puedo comprometerme de nuevo con la importancia del silencio, de la quietud, de sencillamente descansar en un bonito banco contemplando la bahía. El tiempo lejos de mi escritorio y de mi despacho me ofrece una llamada a estar más atento a mi espíritu y a las necesidades de mi corazón.
Estar de retiro también me permite rebajar mi atención al mundo, con su política y sus personas dominantes. No busco ignorar lo que está ocurriendo, pero sí espero desplazar esas historias del primer plano de mi mente al comenzar cada día. Un pequeño retiro del mundo me permite poner cierta distancia entre lo que está ocurriendo y lo que debería estar ocurriendo. Llevar el mundo y sus sobresaltos a la oración durante el retiro favorece una mejor atención a las personas que sufren daño y necesidad a causa de las decisiones que tomamos y de los caminos que elegimos.
Durante este tiempo de alejamiento, me “obsequio” con algo más de sueño, con paseos que se parecen más a vagabundeos, y con estar solo y desconectado. También disfruto de conversaciones con cohermanos y amigos que habían estado fuera de mi vida durante un tiempo. Conozco de primera mano sus ministerios y cómo llevan adelante nuestra misión, y me anima ver la manera en que nos esforzamos por vivir nuestra vocación y por “predicar el Evangelio a los pobres”. El horario del retiro es relajado. Escuchar las palabras de un cohermano comprometido e implicado parece un tiempo bien empleado. Es un verdadero regalo.
Sí, y durante este tiempo especial de alejamiento, también vuelvo a “tratarme” a mí mismo. A menudo, durante el año, leo algo que toca mi corazón. Sin embargo, a veces paso al siguiente asunto tan deprisa que el primero no recibe la atención que merece. Por eso, durante el retiro —cuando caigo en la cuenta—, llevo conmigo algo que sé que necesita más consideración. A este retiro llevé un ejemplar de la última encíclica del papa León, Magnifica Humanitas. Aunque se ha presentado como un documento que trata sobre la IA —y lo es—, uno de sus énfasis principales, como sugiere el título, está en la dignidad del ser humano. Me ha parecido una lectura convincente, persuasiva y espiritual. Está llena de temas y preocupaciones vicencianas. Es un regalo leerla con atención y acoger su llamada a la conversión.
Un tiempo de retiro es una bendición especial. Sé que tengo la suerte de poder tomarme este tiempo de alejamiento para hacer esta oración personal. Comprendo que la mayoría de las personas no tienen esta bendita oportunidad. Mi esperanza es que el uso serio de este tiempo me convierta en un mejor servidor del pueblo santo de Dios y en un mejor seguidor de san Vicente de Paúl.








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