Un único amor: Jesús en el altar y en los pobres • Una reflexión con Giacomo Cusmano

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15 junio, 2026

Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Un único amor: Jesús en el altar y en los pobres • Una reflexión con Giacomo Cusmano

por .famvin | Jun 15, 2026 | Reflexiones, Reflexiones con vicencianos de fe comprometida | 0 comentarios

Te invitamos a descubrir a través de sus escritos al beato Giacomo Cusmano (1834–1888), presbítero que fundó las congregaciones de los Siervos y Siervas de los Pobres, y se destacó por su caridad hacia los necesitados y enfermos.

Giacomo Cusmano escribió numerosas cartas, homilías y notas espirituales en las que descubrimos a una persona que vivió una espiritualidad centrada en la caridad activa, viendo en cada pobre el rostro de Cristo; por ello, no solo socorría a los necesitados con sus propios bienes, sino que también organizó la obra del “Boccone del Povero” [el bocado del pobre], que movilizó a la comunidad para llevar alimento a los más desamparados.

Texto de Giacomo Cusmano:

No hagáis distinción entre el pobre que sufre y Jesús en el sacramento. Un único amor, un único cuidado, una única veneración: ¡es siempre Jesús! Ya sea que corráis a la Comunión, o que acudáis al lecho del enfermo, o a saciar al hambriento, a vestir al desnudo, a dar de beber al sediento, a enseñar al ignorante, a amonestar al pecador, a consolar al afligido, a enterrar al muerto: ¡es siempre Jesús! No disminuyáis vuestro afecto, no reduzcáis vuestras atenciones, no rebajéis vuestro espíritu. Él está a vuestro lado, languidece por vuestro amor, y esto quiere daros, cuando por todos estos caminos os llama a sí, os acerca y os estrecha a su Corazón.

– Giacomo Cusmano, Boccone spirituale, 18 de octubre.

Comentario:

El beato Giacomo Cusmano nos sitúa aquí ante una de las verdades más hondas del cristianismo: Cristo es uno y el mismo en la Eucaristía y en los pobres que sufren. No hay dos amores, no hay dos presencias, no hay dos devociones: es siempre Jesús.

Con frecuencia, los cristianos caemos en la tentación de separar lo que Dios ha unido. Por un lado, cultivamos una profunda devoción eucarística, adoramos al Señor en el sagrario, participamos con fe en la Comunión. Pero, al salir del templo, podemos olvidar que el mismo Cristo nos espera en el necesitado, en el que sufre, en el que pide.

La palabra de Cusmano es un aldabonazo: no hagáis distintición. El mismo Jesús al que recibimos en la hostia consagrada se nos entrega en el hermano hambriento, desnudo, enfermo, triste, ignorante. Ignorar una de esas presencias es desfigurar la otra.

Cusmano insiste: “un único amor, un único cuidado, una única veneración”. El cristiano no puede tener un corazón dividido: ardiente en la iglesia, frío en la calle; delicado ante el altar, áspero ante el enfermo. El mismo amor que arde ante la Eucaristía debe arder en la entrega al prójimo.

La prueba de autenticidad de nuestra piedad está precisamente en esto: cómo se traduce en caridad concreta. No basta con doblar las rodillas en adoración; es preciso doblarlas también para lavar los pies de los hermanos.

El texto enumera las obras de misericordia corporales y espirituales: alimentar al hambriento, vestir al desnudo, dar de beber al sediento, enseñar al ignorante, corregir al pecador, consolar al afligido, enterrar al difunto. Cusmano las presenta como prolongación natural de la Comunión.

Comulgar es comprometerse con la misericordia. Quien recibe a Cristo no puede guardarlo para sí; debe reconocerlo y servirlo en los demás. Por eso, cada obra de misericordia es, en cierto modo, un acto litúrgico: prolonga la Eucaristía en la vida cotidiana.

Hay una expresión conmovedora en el texto: Cristo “languidece por vuestro amor”. No se trata de un Dios distante que exige deberes, sino de un Dios cercano que tiene sed de nuestra respuesta. Como en la cruz, vuelve a repetir: “Tengo sed” (Jn 19,28).

Esa sed no es de agua, sino de amor concreto: de gestos de misericordia, de obras de compasión. Cuando acudimos al hambriento, al enfermo, al afligido, saciamos la sed de Cristo. Cuando los descuidamos, Cristo languidece, porque el amor que desea de nosotros queda sin respuesta.

Cusmano nos ayuda a comprender la profunda unidad entre el altar y la calle. No podemos separar la misa dominical de la caridad semanal. No hay verdadera Eucaristía sin misericordia; no hay auténtica misericordia sin Eucaristía.

La iglesia y la casa del pobre, la custodia y la mesa del hambriento, el canto litúrgico y la palabra de consuelo, forman parte del mismo misterio. Es siempre Jesús el que encontramos.

Este mensaje nos llama a una espiritualidad integral, que no fragmenta la fe. No podemos ser “espirituales” en el templo e “indiferentes” en la vida pública. No podemos venerar al Señor en la hostia y despreciarlo en el necesitado.

La coherencia cristiana se mide aquí: ¿mi amor a la Eucaristía se traduce en amor al pobre? ¿Mi adoración al Santísimo se prolonga en mis manos que socorren, en mis labios que consuelan, en mis gestos que levantan?

En tiempos donde muchos buscan experiencias intensas de fe, adoraciones largas, liturgias bellas, Cusmano recuerda que todo eso es auténtico solo si se verifica en la caridad. Sin esa prueba, la devoción corre el riesgo de ser estética, pero no evangélica.

Al mismo tiempo, en una sociedad que valora la acción social pero olvida la fe, Cusmano recuerda lo contrario: la caridad sin Cristo se vacía, se convierte en mera filantropía. Solo la unión de Eucaristía y servicio realiza la caridad plena.

“No hagáis distinción”, nos dice Cusmano. Con estas palabras nos sitúa en el corazón del Evangelio y de la espiritualidad cristiana: es siempre Jesús. Él es el mismo en la hostia consagrada y en el hambriento, en el tabernáculo y en el hospital, en la custodia y en la cárcel.

Que nuestra vida se convierta en una sola adoración: ante el altar y ante el hermano, con un único amor, un único cuidado, una única veneración.

 

Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:

  1. ¿Qué obras de misericordia son hoy más urgentes en mi entorno?
  2. ¿Cómo puedo unir mi participación en la Misa con mi compromiso con los necesitados?
  3. ¿Qué cambios concretos me está pidiendo el Señor para vivir un único amor, un único cuidado, una única veneración?

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