Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Vicente de Paúl y Pedro José Triest: dos iconos de la caridad (Parte 6)

por .famvin | Jun 13, 2026 | Formación | 0 comentarios

6. Un enfoque en la profesionalidad de la atención

Cuando señalábamos al comienzo que tanto Vicente como el padre Triest desarrollaron un nuevo estilo de caridad, debemos añadir aquí, sin duda, que una de las características más específicas de este nuevo estilo fue precisamente el énfasis en la profesionalidad de la atención. Ambos fueron pioneros en transformar la caridad en una prestación de cuidados experta, y en considerar esto como una consecuencia lógica de la caridad. Cuando uno cuida de alguien, desea cuidarlo de la mejor manera posible; es decir, de una manera profesional.

Al fundar sus primeras sociedades caritativas, Vicente estableció inmediatamente unas reglas claras que los miembros debían seguir, y en las que también se detallaban las responsabilidades de cada persona. Vicente no veía contradicción alguna entre prestar una ayuda concreta a los pobres y hacerlo de una manera estructurada. A su juicio, la caridad debe estar también bien organizada para proporcionar a los pobres una forma de apoyo más sostenible, pero sin perderse en las estructuras. El contacto personal con los pobres y los enfermos no debe quedar nunca comprometido por la estructura. Tal vez la fundación de las Hijas de la Caridad surgió porque Vicente percibió que las “Damas de la Caridad”, como se llamaba a las integrantes de las asociaciones caritativas, trataban a los pobres y a los enfermos con demasiada distancia. Sin embargo, en las reglas había dado orientaciones muy claras sobre cómo debían relacionarse adecuadamente con los pobres y los enfermos. Por eso, a las Hijas de la Caridad les ofreció, durante su formación de noviciado —a la que llamaba su “formación de seminario”—, no solo formación espiritual, sino también una formación más profesional, de modo que podemos decir que Vicente fue el primero en poner en marcha una formación en enfermería. Por ello resulta significativo que Florence Nightingale, pionera de la enfermería profesional, realizara más tarde un aprendizaje con las Hijas de la Caridad en París antes de iniciar su propio programa de formación en enfermería en Inglaterra.

Cuando hablamos de profesionalidad, debemos entenderla en un sentido más amplio que la simple prestación experta de cuidados. Aquí debemos subrayar también la importancia de estructurar y desarrollar descripciones claras de los puestos y funciones. A partir de 1632, Vicente actuaría principalmente desde el priorato de San Lázaro, en París, desde donde se desarrollaría una amplia variedad de actividades. Allí organizó sus conferencias semanales de los martes para los sacerdotes de París y se implicó cada vez más en la vida política de Francia, estimulando así una mayor atención hacia muchos grupos olvidados y marginados de la sociedad. Tanto a la Congregación de la Misión —que pronto empezó a ser llamada de los Lazaristas, en referencia a San Lázaro, desde donde actuaban junto a su fundador— como a las Hijas de la Caridad, Vicente les proporcionó constituciones claras, incorporando garantías para que pudieran seguir cumpliendo sus objetivos originales. Así, las Hijas de la Caridad renovarían sus votos cada año, para evitar que una vida monástica excesivamente estructurada obstaculizara su misión hacia los pobres y los enfermos. Al fin y al cabo, Vicente había aprendido de Francisco de Sales cómo sus hermanas, las Hermanas de la Visitación —fundadas originalmente para cuidar a los enfermos y a los pobres en sus hogares—, fueron obligadas por las autoridades eclesiásticas a adoptar la vida de clausura y terminaron convirtiéndose en una comunidad contemplativa más. Su descripción del modo de vida de sus Hijas de la Caridad llegó a ser muy conocida: “Como convento, las casas de los enfermos; como celda, una habitación alquilada; como capilla, la iglesia parroquial; como claustros, las calles de la ciudad; como clausura, la obediencia, pues no van a ninguna parte sino a visitar a los enfermos y a aquellos lugares a los que las llama su servicio”. Con ello, Vicente había puesto en marcha una forma completamente nueva de vida religiosa, que más tarde sería tomada como ejemplo por muchos grupos.

Encontramos también en el padre Triest esa misma preocupación por encauzar la caridad hacia una atención experta. Y esta preocupación se expresa en la atención que dedica a la formación de su personal, en la atención a unos alojamientos adecuados donde los enfermos y los pobres deben ser atendidos, y en una estructura organizativa apropiada.

En cuanto a la formación, sabemos que envió a hermanos y hermanas al extranjero para cualificarse, entre otras cosas, en la educación de las personas sordas. Enviar religiosos al extranjero para ampliar su formación no era, desde luego, algo habitual en aquella época, pero era indicativo de su empeño por ofrecer una orientación experta a este nuevo grupo destinatario, al que pretendía sacar de la marginación mediante una formación adecuada. Verdaderamente innovadora es, por supuesto, la forma en que transformó la atención a las personas con enfermedad mental —que, como ya se ha señalado, hasta entonces habían sido consideradas individuos peligrosos y poseídos— en una verdadera atención hacia ellas, viéndolas como personas enfermas que, por tanto, necesitaban ser tratadas. Esa fue la base del compromiso de un joven médico, Joseph Guislain. Cuando Guislain comenzó su labor como médico, el padre Triest escribió a los magistrados de Gante para solicitar que se pusieran más médicos a disposición. “Puesto que ambas instituciones para los desafortunados enfermos mentales han mejorado tanto, gracias a vuestro cuidado y diligencia incesantes, que los pacientes se están recuperando gracias a los medicamentos necesarios, quisiera pediros que nombréis a un médico en cada casa, que pueda visitar diariamente a los enfermos mentales confinados y utilizar los medios de la medicina para mejorar el estado de los pacientes”.

El cuidado de las instalaciones es un tema que encontramos con regularidad en la correspondencia que el padre Triest mantiene tanto con las autoridades como con sus hermanos y hermanas. Cuando comenzó como director del Hospital de la Bijloke, encontró que las instalaciones estaban en muy mal estado y buscó formas de hacer que los edificios fueran más habitables. También hizo todo lo que estuvo en su mano para conseguir que las personas con enfermedad mental, que aún residían en los oscuros sótanos del Castillo de Gerardo el Diablo, en Gante, pudieran obtener un alojamiento alternativo, y finalmente pudieron trasladarse al convento vacío de los Alexianos. En 1829, junto con el Dr. Guislain, redactó un reglamento que describía los diversos aspectos de una atención adecuada, prestando amplia atención a la limpieza y al orden. “Los administradores velarán por la máxima limpieza y la más estricta disciplina en toda la institución, y al hacerlo demostrarán prudencia. […] A primera hora de la mañana, los supervisores se asegurarán de que entre suficiente aire fresco en las estancias de los pacientes mediante la apertura de puertas y ventanas, y de que se utilicen con cuidado agentes purificadores del aire”.

El padre Triest sabía mucho de organización. Es un hombre que considera verdaderamente la administración como un servicio, por medio del cual se puede servir mejor a los pobres y a los enfermos. Se le considera el administrador más activo de la Comisión de Hospicios, presentando constantemente propuestas concretas e informando con regularidad de lo que se había logrado con ellas. Ya en 1808 propuso el primer reglamento para la atención de los ancianos necesitados, de quienes se ocupaban los hermanos: un reglamento que ofrecía orientaciones muy claras sobre cómo cuidar adecuadamente a los ancianos. Y las reglas que estableció para sus congregaciones dan también testimonio de un gran talento para la organización y de un firme compromiso con la vida cotidiana. Cualquier forma de teorización le era completamente ajena.

Hermano René Stockman,
Hermano de la Caridad
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