Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Contemplación: El amor nunca falla

por .famvin | Jun 12, 2026 | Contemplación SSVP USA, Formación, Sociedad de San Vicente de Paúl | 0 comentarios

Este artículo apareció originalmente en ssvpusa.org

En las organizaciones, resulta útil encontrar una respuesta a la pregunta: «¿Cómo medimos el éxito?». La forma en que medimos el éxito deriva de nuestro propósito y nuestras motivaciones. Para una empresa, el éxito suele medirse en cifras: dólares y centavos, ventas y beneficios, clientes y cuota de mercado. Las cifras son fáciles de medir, de comparar y de comprender. No ocurre lo mismo en la Sociedad, dado que nuestro propósito principal es nuestro propio crecimiento en santidad y nuestra motivación es servir únicamente por amor. Las únicas cifras que podríamos utilizar son aquellas que no podemos conocer, como cuántos de nosotros llegaremos al cielo. Por tanto, medimos nuestro éxito de otras maneras, formas que no siempre son cuantificables. Cada uno de nosotros debe preguntarse individualmente, tras cada reunión, tras cada visita a domicilio, tras cada momento de servicio: «¿Soy mejor cristiano por haber hecho esto?».

En cuanto al resultado de nuestro servicio, podríamos sentir la tentación de cuantificar lo realizado contabilizando el número de personas atendidas o los fondos recaudados y gastados, tal como lo haría una empresa. Sin embargo, bajo tales criterios, un aumento de la pobreza haría que nuestras «cifras» parecieran mejores, aun cuando demostraran, en otro sentido, que estamos incumpliendo el mandato de Dios de «hacer todo lo posible para que deje de existir [la pobreza]». [O’Meara, 177] Dado que los pobres siempre estarán entre nosotros, San Vicente nos orienta aquí, enseñándonos que «Dios no considera el resultado de la buena obra emprendida, sino la caridad (el amor) que la acompañó». [CCD I:205] Pero, ¿cuál es la medida del amor?

En el otro lado del balance siempre flota otra pregunta, una que nos inquieta: «¿Cómo medimos el fracaso?». Para las empresas, una vez más, esa medición es sencilla —y a veces definitiva— si las pérdidas, en lugar de los beneficios, conducen al fracaso literal, a la bancarrota y a la disolución de la compañía. Para nosotros, alcanzar el cielo (o no hacerlo) es algo aún más definitivo, aunque inaccesible a nuestro conocimiento aquí y ahora.  Puede resultar tentador, entonces, intentar desesperadamente encontrar obras y oraciones que nos lleven al cielo, elevando así las obras por encima del amor que estamos llamados a ofrecer. Nos agotamos, convirtiéndonos cada uno de nosotros en un mero «ser que hace» (*human doing*). Podemos perder de vista nuestra motivación de amor y nuestro propósito —no solo de servir a Cristo, sino de vaciarnos para ser llenados por Él, de modo que ya no vivamos nosotros, sino que Cristo viva en nosotros—. «Porque Él se hizo hombre para que nosotros fuéramos hechos dioses», enseña San Atanasio. [Inc., LIV:2]

Se nos enseña que nuestra formación es un proceso continuo —que dura toda la vida— para llegar a ser lo que Dios desea que seamos y lo que Cristo nos ha revelado plenamente: nuestra propia naturaleza y lo que significa ser humano. [RH, 10] Si el resultado de nuestras obras pertenece a Dios, como dice Vicente, entonces fracasar consiste en no intentarlo, en no entregarnos, en no unirnos plenamente a Él mediante el amor que compartimos entre nosotros y con los pobres, en no hacer el bien que está a nuestro alcance confiando el resto a Dios. [Baunard, 81] Si cada uno de nosotros logra dejar de ser un mero «ser que hace» para convertirse verdaderamente en un «ser humano», ya estaremos —tal como estamos llamados a estar— en el Reino y formaremos parte de él.

Contemplación

¿Cómo busco vaciarme para hacer sitio a Dios?

Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.


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