“Todo el que se enoje con su hermano, será llevado al tribunal”
Hech 11, 21-26; 13, 1-3; Sal 97; Mt 5, 20-26.
En este pasaje Jesús nos dice que nuestra justicia debe ser mayor que la de los escribas y fariseos. Y enseguida va al corazón del problema: no basta con no matar; también el enojo, el insulto y el desprecio hieren profundamente. Con esto, Jesús nos invita a mirar más adentro, a revisar nuestras actitudes y no solo nuestras acciones externas.
En la vida cotidiana, es fácil pensar que “no hacemos nada malo”. Pero tal vez guardamos resentimientos, hablamos mal de alguien o rompemos relaciones por orgullo. Jesús nos llama a reconciliarnos antes de presentar nuestra ofrenda. Es decir, antes de acercarnos a Dios, revisemos cómo estamos con los demás.
La fe no puede separarse de la manera en que tratamos a las personas. De nada sirve rezar mucho si en el corazón cultivamos rencor. La reconciliación libera, sana y devuelve la paz.
Este pasaje nos invita a dar el primer paso, aunque cueste. Pedir perdón, ofrecer una palabra amable, buscar el diálogo. Ahí comienza la verdadera justicia que Jesús quiere: una justicia que nace del amor y construye paz cada día.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: José Luis Rodríguez.








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