Todos sabemos lo que es que algo se nos revele de pronto. Justo cuando creemos que entendemos una situación, una nueva intuición irrumpe y abre una perspectiva inesperada. El amanecer es una imagen adecuada para esto: la luz que emerge en medio de la oscuridad, un nuevo horizonte que reorganiza la escena y cambia nuestra manera de verla. Como en la expresión: «Se nos hizo la luz».
El amanecer es una analogía que puede iluminar las lecturas del domingo de Pentecostés. Los discípulos, llenos de miedo, están reunidos en una habitación a oscuras. De pronto, ese estruendo y esa luz centelleante comienzan a llenar las sombras y, así, ensanchan los límites de su mundo presente.
En su carta a los Corintios, san Pablo relata una experiencia de creyentes cuyos límites de fe se ven ensanchados de repente, junto con el sentido de inclusión de cada uno. Y después está la escena del capítulo 20 de san Juan, que muestra cómo los discípulos profundizan y amplían su comprensión de su Señor, Jesús. Al soplar sobre ellos su Espíritu, Jesús entreabre nuevos horizontes a través de los cuales llegan a una comprensión renovada tanto de su mensaje como, especialmente, de su persona.
En estas Escrituras de Pentecostés están surgiendo nuevas posibilidades, se están abriendo horizontes frescos y se está renovando la determinación anterior. A todo discípulo desde entonces se le ofrece esta misma energía y esta misma expansión por medio de la misma Presencia. Este Espíritu Santo vuelve a exhalar la vida de Dios, descubriendo esas posibilidades que antes permanecían ocultas.
De manera muy apropiada, la aclamación del Evangelio en la liturgia de Pentecostés es una oración de apertura, no solo a aquello de Dios que todavía está por venir, sino, más profundamente, a Aquel de Dios que se acerca. «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Esa vida y ese amor siguen abriéndose paso en nosotros en nuestros esfuerzos por vivir nuestro discipulado en el día presente.
En una conferencia alentadora pronunciada hacia el final de su vida, Vicente destaca la obra del Espíritu Santo:
«El espíritu de Dios no nos inquieta jamás. […] El espíritu de Dios es un espíritu de paz, es una luz dulce que se insinúa en nuestro interior sin violentarnos. Non in commotione Dominus: todo lo que hace va siempre acompañado de suavidad y de dulzura; y como es el Dios de la paz y de la unión, no puede tolerar ninguna turbación ni división. Si, por el ministerio de los ángeles, nos comunica a veces algún favor, será fácil reconocer que esa luz viene de él, si se insinúa en nuestra alma con suavidad y nos mueve a buscar lo que se refiere a la mayor gloria de Dios» (SVP ES XI-4, 624-625).









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