“No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”
Os 6, 3-6; Sal 49; Rom 4, 18-25; Mt 9, 9-13.
Jesús llama a Mateo, un publicano, es decir, un recaudador de impuestos mal visto por la sociedad. Lo sorprendente es que no le pide explicaciones ni le reprocha su pasado; simplemente le dice: “Sígueme”. Y Mateo se levanta y lo sigue. Después, Jesús comparte la mesa con pecadores, provocando la crítica de los fariseos.
Este pasaje nos recuerda que Jesús no se fija primero en nuestros errores, sino en nuestro corazón y en lo que podemos llegar a ser. Muchas veces nosotros etiquetamos a las personas por su pasado, su fama o sus fallas.
Jesús, en cambio, ve posibilidades, ve esperanza.
En la vida cotidiana, esto nos invita a no juzgar con dureza y a no cerrarnos a la gracia. Tal vez cargamos culpas o pensamos que no somos dignos. Pero Jesús sigue pasando y diciendo: “Sígueme”. Él no vino por los perfectos, sino por los que necesitan misericordia.
También nos enseña a ser una Iglesia que acoge. Más que señalar, estamos llamados a acompañar. La misericordia transforma más que el juicio. Si dejamos que Jesús nos mire y nos llame, nuestra vida puede cambiar por completo.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: José Luis Rodríguez.








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