5. Junto con otros
Vicente y el padre Triest fueron ambos muy capaces de motivar a otros para que trabajaran con ellos y continuaran esta atención a los más pobres incluso después de que ellos ya no estuvieran.
Vicente quedó impresionado por la buena disposición de los feligreses de Châtillon-les-Dombes cuando, en 1617, los llamó a ayudar a aquella pobre familia; pero, al mismo tiempo, comprendió que aquello requería una mayor organización si se quería ayudar a los pobres de un modo más adecuado y sostenible. Esto marcó el nacimiento de su primera asociación de caridad, que fundó con unas cuantas mujeres dispuestas, confiándoles la misión de servir a los pobres con humildad, sencillez y amor. Estas tres virtudes se convertirían en el fundamento de su espiritualidad. Más tarde, también comenzó a trabajar con varios sacerdotes para predicar misiones populares en las parroquias, a partir de su constatación de lo pobre que era en aquel tiempo la vida espiritual de los fieles. Esto se convirtió en la cuna de la Congregación de la Misión, fundada en 1625. La formación de los sacerdotes se convirtió también en una de sus prioridades y, junto con su congregación, organizó retiros y sesiones de formación tanto para seminaristas como para sacerdotes. Confió el liderazgo de la congregación a un joven sacerdote bastante tímido, Antoine Portail, a quien animó y que llegaría a convertirse en un líder capaz.
Cuando observó que sus sociedades caritativas, formadas principalmente por mujeres acomodadas, a veces se mantenían bastante distantes en su contacto directo con los pobres, Vicente empezó a considerar la idea de fundar realmente una congregación de hermanas. Junto con Luisa de Marillac, una viuda que Francisco de Sales había confiado a su dirección espiritual, fundó las Hijas de la Caridad, que fueron tomando forma gradualmente a partir de 1633. Su visión era muy fuerte: era sobre todo a través de los pobres como podía servir verdaderamente a los pobres. Vio en una sencilla muchacha de familia campesina, Margarita Naseau, el prototipo de una Hija de la Caridad. Luisa de Marillac no era, ciertamente, una líder nata, pero, alentada por Vicente, llegó a ser la superiora de la nueva congregación.
Vicente sabe cómo animar a las personas y sacar lo mejor de ellas, y no teme confiarles una responsabilidad real.
Es a través de las asociaciones de Caridad y de las dos congregaciones fundadas por Vicente como la obra que él inició continúa hasta nuestros días y adopta constantemente nuevas formas. Posteriormente, se fundaron numerosas congregaciones basadas en la espiritualidad vicenciana y de acuerdo con ella. La mejor prueba de que el legado de Vicente sigue muy vivo es el modo en que el sitio web multilingüe “VinFam” busca llegar a toda la Familia Vicenciana y unirla.
El padre Triest fue también alguien que poseía el don de inspirar a otros para unirse a él en el trabajo por la caridad. Ya en 1800, en Ronse, durante el período en que tuvo que vivir escondido, puso en marcha un taller y reunió a algunas jóvenes para enseñar a los niños pobres. Debido a las circunstancias políticas, aquello no pudo ampliarse más, y fue el empleado de correos François Soudan quien se encargaría de supervisarlo a partir de entonces, mientras el padre Triest continuaría también siguiéndolo de cerca desde la distancia.
Fue en 1803 cuando puso en marcha su primera congregación en Lovendegem. Su intención inicial era integrar este grupo en las Hijas de la Caridad, pero, al fracasar este intento, el obispo le animó a redactar él mismo una regla y fundar así su propia congregación. Podríamos decir que fue más bien a causa de un fracaso como llegó a ser fundador, y que después establecería otras tres congregaciones. Eligió transmitir a las hermanas la espiritualidad vicenciana, al tiempo que las introducía en la vida contemplativa según el espíritu de san Bernardo. Reconocemos en esto su propia visión: que la caridad debe comenzar siempre por el amor de Dios. En 1806, su primera congregación ya había sido aprobada por Napoleón como hermanas hospitalarias.
Cuando, un año más tarde, se enfrentó a la deficiente atención que recibían los ancianos necesitados en el Hospital Bijloke de Gante, reunió a varios jóvenes a finales de diciembre de 1807 y los llamó “Hermanos Hospitalarios de San Vicente”. Tal vez esperaba que este nombre le permitiera también obtener para ellos el reconocimiento de Napoleón, pero esto siguió siendo un sueño. En la Comisión hizo constar lo siguiente: “Con vuestra aprobación, llevo al asilo de ancianos a cinco jóvenes virtuosos, en quienes creo descubrir los talentos necesarios para desempeñar adecuadamente las tareas que les asignamos. … A menos que un amor cristiano y desinteresado inspire a quienes asumen el servicio de los ancianos necesitados, les será absolutamente imposible realizarlo adecuadamente”.
Tanto para sus hermanas como para sus hermanos encontró líderes capaces: la hermana Plácida Vandergauwen para las Hermanas de la Caridad, que ya había adquirido experiencia con las Bernardinas de Oudenaarde; y, para los hermanos, el hermano Bernardo De Noter, que había trabajado durante muchos años con las Hermanas Cistercienses en el Bijloke. Ambos, por tanto, habían sido formados en la espiritualidad de Bernardo. Los dos encarnarían, ejemplificarían y vivirían verdaderamente, junto a sus hermanos y hermanas, la visión de combinar un modo de vida contemplativo con la acción caritativa.
En 1823 siguió una tercera congregación, los Hermanos de San Juan de Dios, con el objetivo de atender a los enfermos en sus casas. Dado que los Hermanos de la Caridad aún no estaban oficialmente reconocidos, Triest tuvo que ser prudente a la hora de enviarlos fuera y, por ello, optó por fundar una nueva congregación con algunos hermanos. Y un año antes de su muerte, en 1835, fundó una cuarta congregación para el cuidado de los expósitos, las Hermanas de la Infancia de Jesús. Después de considerar inicialmente confiar también esta tarea a las Hermanas de la Caridad, decidió que sería mejor establecer una nueva congregación con una regla adaptada. También encontró una líder capaz para este nuevo grupo, la hermana Johanna Van Uytfang, y al mismo tiempo confió su desarrollo posterior a su estrecho colaborador y sucesor, el canónigo De Decker.
Hno. René Stockman,
Hermano de la Caridad









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