Jesús nos da a comer su carne y a beber su sangre. Pues quiere él que vivamos en la tierra como en el cielo. Es decir, participar de la Eucaristía es comprometernos a vivir como él.
Se nos dice que la Eucaristía da a conocer que el amor es infinitamente inventivo (SV.ES XI:65-66). Es que tal amor impulsa a Jesús a hacerse presente en la Eucaristía de forma real y substancial. Por lo tanto, no hay ausencia de su parte que pueda ocasionar que nos olvidemos de él. O que se enfríen nuestros corazones.
Ni hay manera de que se haga él aún más humilde, por encima de hacerse carne, más que esta: darnos a comer su carne y a beber su sangre. Pues así, cada persona se une y se asimila a él aún más.
Y se nos dice además: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Se nos motiva así de modo inventivo, sí, a comer su carne y a beber su sangre.
No, no cabe duda de que el amor lo puede y lo quiere todo. Y esto lo aprendemos de Jesús, del que da a conocer el amor, pues da su vida por nosotros; nos toca, por lo tanto, dar también la vida por los hermanos y hermanas. Es decir, hemos de vivir lo que celebramos en la Eucaristía, que no vivirlo quiere decir no creerlo.
Y vivir la Eucaristía es vivir de la Palabra de Dios que es Jesús. Es estar en comunión con su cuerpo y sangre. Y por comer del mismo pan, formamos un solo cuerpo, si bien somos muchos.
Señor Jesús, concédenos a los que celebramos la Eucaristía estar en comunión contigo y formar un solo cuerpo. Así, viviremos y no moriremos a causa del egoísmo, de la codicia. Y nos invitas a la comunión que comenzó antes del tiempo; haz que aceptemos tu invitación.
7 Junio 2026
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)
Dt 8, 2-3. 14b-16a; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58









0 Comentarios