“Se apoderaron del hijo, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la viña”
2 Pedro 1, 1-17; Sal 90; Mc 12, 1-12.
Jesús nos cuenta la parábola de los viñadores homicidas. Un hombre prepara con esmero su viña, la cuida y la confía a unos trabajadores.
Cuando envía a sus servidores para recibir los frutos, los maltratan; y finalmente, cuando manda a su propio hijo, lo rechazan y lo matan.
Esta historia nos habla del amor paciente de Dios. Él nos ha confiado la vida, la familia, el trabajo y nuestras capacidades como una viña que debemos cuidar y hacer fructificar. No somos dueños absolutos, somos administradores. Sin embargo, muchas veces actuamos como si todo nos perteneciera y olvidamos a Dios. Cerramos el corazón a sus llamados, que llegan a través de su Palabra, de la conciencia, de las personas que nos aconsejan.
Jesús, el Hijo, también puede ser rechazado hoy cuando no queremos cambiar, perdonar o compartir. La parábola nos invita a revisar qué frutos estamos dando: ¿frutos de amor, justicia y servicio? Dios sigue confiando en nosotros. No desperdiciemos esa confianza, respondamos con fidelidad y un corazón agradecido.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: José Luis Rodríguez.









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