“Bendito seas para siempre, Señor”
Ex 34, 4–6. 8-9; Dn 3; 2 Cor 13, 11–13; Jn 3, 16-18.
Concluimos este mes con la solemnidad de la Santísima Trinidad, hablando del inmenso amor de Dios que se nos manifiesta en la entrega total de su Hijo, Jesús, así como en la presencia del Espíritu Santo, donde se nos garantiza la vida eterna a quienes creemos y vivamos esta fe.
Así, al celebrar esta solemnidad, con la cual queda de manera “oficial” concluido el tiempo de Pascua, hemos de considerar a profundidad el amor de Dios por nosotros y al fijar la mirada en este grande misterio de amor y de comunión, habría que pedirle cada uno de nosotros que nos tome como posesión suya y nos ayude a vivir en esa misma sintonía de unidad, fraternidad, amor y complementariedad entre nosotros.
Para que desde nuestro ser como personas y como una sola Iglesia, pueblo de Dios, podamos llegar a ser uno, como Dios y Cristo son uno, forjando entre nosotros una comunidad perfecta en la fe, en la comunión y en la construcción del Reino de Dios.
Celebremos y demos gracias a Dios de amor y de paz, celebremos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo… ¡Por los siglos de los siglos, Amén!
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Marco Antonio Landín Estrada C.M.









0 Comentarios