Cuando nos reunimos para orar, nos unimos a innumerables creyentes que, a lo largo de los siglos, también se han vuelto hacia Dios. Entre ellos están los hombres y mujeres del primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles: Pedro y Juan, Santiago y Andrés, y María, la madre de Jesús. Como dice la Escritura: «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración», tal como hacemos nosotros hoy.
En el capítulo 17 de san Juan encontramos lo que muchos han identificado como el manantial de la oración cristiana, su fuente más profunda e inagotable. Esa fuente se revela cuando escuchamos lo que ocurre en el interior de Jesús mientras ora. Estos versículos han sido llamados acertadamente «la Oración Sacerdotal de Jesús».
En primer lugar, lo escuchamos hablar con su Padre amado: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y dé vida eterna a todos los que le has dado». Esa palabra, «todos», en la frase, se refiere, por supuesto, a ti y a mí.
Jesús continúa: «Ruego por estos que me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío. Estas palabras que tú me diste, Padre, yo se las he dado… Ahora ruego por ellos».
Lo que estamos haciendo es escuchar esta conversación íntima a tres bandas, una colaboración que se describe mejor como un intercambio en el núcleo mismo de la realidad: el que se da entre el Padre, su Hijo Jesús, y cada uno de nosotros. Orar es ser incorporados a esta convergencia llena de gracia, a este dar y recibir dentro de la Trinidad que enciende toda la vida. Esta es la vitalidad que nos llega siempre desde el Padre, por medio del Hijo, y que nos es comunicada en su Espíritu Santo.
Esta comprensión de la oración puede sonar abstracta, casi como una lección de teología. Pero, en el fondo, la oración —especialmente en la Eucaristía— es nuestra entrada en la conversación que existe dentro de Dios, una comunión que comenzó antes del tiempo. Tú y yo somos invitados a esta intimidad, a este intercambio entre el Padre y el Hijo. Al orar, somos atraídos a este misterio, a la chispa misma de la vida.
Con esto como trasfondo y marco, podemos reflexionar sobre la oración que todos hacemos. Ciertamente, en nuestras respuestas durante la Misa, pero también en tantas palabras y sentimientos que surgen en nuestro corazón en cualquier momento. En ambos casos, somos atraídos al intercambio eterno de vida y amor que está siempre aconteciendo dentro de Dios.
Así pues, escuchemos de nuevo la conversación de Jesús con su Padre y, sin duda, la conversación de ambos con cada uno de los que estamos aquí.
Palabras de Jesús: «Padre mío, ahora estos creyentes saben que todo lo que me diste procede de ti. Y las palabras que me diste, yo se las he dado. Ruego por ellos porque son tuyos y todo lo tuyo es mío».
Siempre que oramos, entramos en esta dinámica permanente de vida y amor compartidos dentro de Dios, la misma vida y el mismo amor que Jesús nos ofrece en cada momento de nuestra existencia.
Al instruir a sus sacerdotes sobre la preparación de los sermones, Vicente destaca la oración como la fuente profunda de cualquier mensaje que vayan a proclamar:
«La oración es un gran libro para un predicador; por medio de ella podrá sacar usted las verdades divinas del Verbo eterno, que es su fuente, para repartirlas después entre el pueblo. Es de desear que todos los misioneros aprecien mucho esta virtud, ya que sin su ayuda conseguirán poca o ninguna ventaja, mientras que con ella pueden estar seguros de que tocarán los corazones. Pido a Dios que nos dé a todos ese espíritu de oración».
(SVP ES VII, 140-141)









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