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Unir a los divididos y dispersos
Cristo nos da a todos acceso al Padre en el Espíritu Santo. Nos anuncia la paz a los divididos y dispersos por el pecado. Pues nos busca unir para que seamos un cuerpo.
Para podernos unir a Dios y los unos con los otros, hemos de amar. Es que el amor es el vínculo de la unión.
Mas amar nosotros quiere decir amarnos Dios primero. No, amar no es cuestión de amar nosotros. Es cuestión, más bien, de amarnos Dios y de enviar a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados. Sí, Dios es amor. Y esto lo deja claro él al entregar a su Hijo único, su Palabra de amor hecha carne.
A nuestra vez, nos toca dejar claro que conocemos a Dios que es amor. Que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Y esto lo haremos si nos amamos los unos a los otros como nos ha amado Jesús.
Por supuesto, hacerlo es lograrnos unir los unos a los otros. Lograr ser «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (LG 4). Es gozar de la gracia de nuestro Señor Jesucristo, del amor de Dios y de la comunión del Espíritu Santo. Además, es deshacer la división que el pecado ha causado y evitar «el síndrome de Babel» (MH 10).
Y así, obras serán amores y no buenas razones. Es decir, amaremos a costa de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente (SV.ES XI:733). Hasta entregar nuestro cuerpo y derramar nuestra sangre. Recibiremos, pues, las cien veces más que les promete Jesús a los que lo dejan todo por causa de él.
Señor Jesús, danos tu Espíritu Santo, que solo él nos puede unir a los divididos a causa del egoísmo. Y haz que sea de nosotros también el sentir, el disfrutar, tu cercanía, la del Padre, por el Espíritu Santo.
31 Mayo 2026
Santísima Trinidad
Éx 34, 4b-6. 8-9; 2 Cor 13, 11-13; Jn 3, 16-18
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