Te invitamos a descubrir al venerable Augustine John Ukken a través de sus palabras, que nos invitan a hacer del amor el centro de nuestra vida.
Augustine John Ukken (1880-1956), sacerdote siro-malabar indio, fundador de la Congregación de las Hermanas de la Caridad, fue un testigo luminoso de la misericordia de Dios. Nacido en Parappur, Kerala, quedó huérfano a los seis años, experiencia que transformó en confianza total en Dios como Padre y en María como Madre. Tras formarse en el Seminario de Kandy, fue ordenado en 1907 y dedicó su vida a los más pobres, especialmente en Chowannur, donde fue padre de huérfanos, consuelo de enfermos y amigo de campesinos explotados. Su espiritualidad se centró en la Eucaristía, el Sagrado Corazón y la entrega humilde. Su lema constante era: “Amar es vuestro deber; que nadie os supere en amar.” En 1944 fundó la Congregación de las Hermanas de la Caridad para prolongar su carisma de servicio misericordioso. Místico y activo, contemplativo ante el sagrario e incansable en la acción, aceptó las pruebas como identificación con Cristo. Murió en Chowannur en 1956, dejando un legado de amor sin límites y de confianza plena en la providencia.
Texto de Augustine John Ukken:
[El leproso] no se avergüenza de mostrar su lepra a Jesús y a todos los que estaban con él. Reconoce la divinidad de Jesús postrándose ante él. ¡Cree que puede realizar la curación! ¿Reconozco yo mi lepra, mi corrupción interior, y creo en el poder de Jesús? Madre de la esperanza y del amor hermoso, inclínate hacia mí, enséñame e instrúyeme en todo. El leproso creía que el Dios que lo había creado tenía pleno poder sobre él… Pertenecía completamente a Dios.
– Augustine John Ukken, Lights from Heaven, 7 de noviembre de 1904.
Comentario:
Reflexionando sobre la curación del leproso —Mateo 8—, Augustine John Ukken descubre una verdad que llega al corazón del discípulo cristiano: solo cuando reconocemos nuestras heridas puede Cristo sanarnos. El leproso del Evangelio no ocultó su enfermedad. La mostró abiertamente a Jesús y a quienes estaban a su alrededor. Su vulnerabilidad se convirtió en cauce de la gracia.
Augustine escribe: «No se avergüenza de mostrar su lepra a Jesús». En la cultura de su tiempo, la lepra no era solo una enfermedad física, sino también un estigma social. Los leprosos eran excluidos, evitados y considerados impuros. Dar un paso al frente y mostrar esa condición era un acto de valentía y de fe. Augustine interpreta esto como un modelo para nosotros: ¿reconocemos nuestra propia «corrupción interior», nuestros pecados, nuestras heridas? ¿O los ocultamos por miedo a la vergüenza?
En la tradición vicenciana, estamos llamados a reconocer a Cristo en los pobres, los enfermos, los marginados, y también a reconocer nuestra propia pobreza ante Dios. San Vicente de Paúl recordaba a menudo a sus seguidores que la humildad comienza con la verdad: vernos a nosotros mismos tal como somos, sin engaños. Augustine se hace eco de esto, invitándonos a llevar honestamente nuestros pecados a Cristo.
La fe del leproso no es pasiva. Se postra ante Jesús, reconociendo su divinidad. Cree que Jesús puede curarlo. Esta fe es a la vez humilde y confiada: una confianza de niño en que aquel que nos creó tiene poder para sanarnos. Augustine se pregunta a sí mismo y nos pregunta a nosotros: «¿Reconozco yo mi lepra, mi corrupción interior, y creo en el poder de Jesús?».
Esta pregunta atraviesa todo autoengaño. Creer en el poder de Cristo significa dejar de apoyarnos en nuestras propias fuerzas. Significa abandonarnos al amor de Dios como bálsamo para nuestras heridas. Augustine añade una dimensión mariana: «Madre de la esperanza y del amor hermoso, inclínate hacia mí, enséñame e instrúyeme en todo». Ve a María como la madre que nos enseña a llevar nuestras heridas a Cristo sin miedo.
Al final, Augustine afirma una entrega total: Dios, que lo creó, tiene pleno poder sobre él. «Que Dios lo utilice de la manera que quiera. Pertenecía completamente a Dios». Esta confianza radical define su vida. Como huérfano, sacerdote y fundador, Augustine vivió convencido de que su vida no le pertenecía, sino que pertenecía enteramente a Dios.
Para nosotros, en la Familia Vicenciana, este texto es una profunda invitación. La misión comienza con la humildad: reconociendo nuestra lepra. Solo entonces podremos acompañar auténticamente a los demás en sus heridas. Los pobres nos enseñan honestidad, vulnerabilidad y valentía. Como el leproso, como Augustine, también nosotros estamos llamados a arrodillarnos ante Cristo y a creer: él puede curar.
En un mundo que valora las apariencias, Augustine nos muestra un camino contracultural: no ocultes tus heridas. Llévalas a la luz de la misericordia de Cristo. Allí, la vergüenza se transforma en sanación, y la debilidad se convierte en fortaleza.
Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:
- ¿Tengo la valentía de mostrar mi «lepra» —mis pecados y heridas— ante Cristo sin vergüenza?
- ¿Confío en el poder de Cristo para curarme, o sigo apoyándome principalmente en mis propios esfuerzos?
- ¿Cómo puede María, «Madre de la esperanza y del amor hermoso», guiarme para llevar mis heridas a Jesús?
- ¿Qué significa para mí, en mi vida cotidiana, ser «completamente de Dios»?
Oración:
Señor, aquí están mis heridas,
no quiero ocultarlas más.
Tú conoces mi fragilidad,
y sólo en tu presencia
mi vergüenza se convierte en confianza.
Enséñame a arrodillarme ante ti,
a reconocerte como único Señor,
a creer que tu poder puede curar
lo que en mí parece imposible.
Haz que mis llagas se vuelvan camino de gracia,
que mi pobreza se transforme en apertura,
que mi vida entera sea tuya,
entregada sin reservas a tu amor.
Amén.








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