A veces, el título de un libro se te queda grabado en la mente, aunque no recuerdes exactamente el contenido del libro. Para mí, uno de esos textos se titulaba “Prayer is a Hunger” (literalmente, La oración es un hambre). Me encanta la idea de ese título, y aprecio en cierta medida lo que puede significar y significa para mí. Las lecturas del domingo pasado me hicieron recordar ese texto.
Todos sabemos lo que es el hambre, al menos en cierto nivel. Algunos de nosotros quizá incluso hayamos experimentado en algún momento de nuestra vida un hambre extraordinaria y severa. Yo nunca he conocido esa privación, pero puedo imaginar esa sensación persistente de vacío, que roe por dentro, cuando deseo de verdad algo. Brota de la impresión de que falta algo. Normalmente hablamos del hambre en relación con la comida, y podríamos extender ese significado al aire y al calor. Pero también podemos concebirla en relación con un sentimiento, un objeto, un valor. Podemos tener hambre de justicia; podemos tener hambre de amor; podemos tener hambre de alivio ante una aflicción. Experimentamos esa clase de necesidad dolorosa y podemos describirla con acierto como un hambre que toca algo básico, algo que realmente queremos y necesitamos.
¿Qué pasa, entonces, si describimos la oración como un hambre? ¿Tiene eso algún sentido para ti? Sugiere que, en lo más profundo de nuestro ser, necesitamos una relación con Dios, que necesitamos hablar con Dios y escuchar cuando Dios nos habla. Y cuando no tenemos esa plenitud, sentimos la carencia. Esta hambre solo puede ser satisfecha con alimento espiritual. Del mismo modo que tenemos hambre de aire, de cobijo y de comida, también tenemos hambre de Dios. Parece adecuado hablar en esos términos.
La primera lectura del domingo pasado hablaba de la primera comunidad cristiana en los Hechos de los Apóstoles. Después de que Jesús asciende al Padre, la comunidad comienza una vigilia mientras espera la venida del Espíritu Santo. Aquellos primeros cristianos se reúnen para orar. Las palabras son claras:
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, María, la madre de Jesús, y sus hermanos. (Hch 1,14)
¡Qué imagen tan hermosa! Aquellos primeros cristianos reunidos con María para orar. Cristo acaba literalmente de partir, y ellos buscan acercarse a él en la oración. La oración no es el último recurso para esta comunidad que necesita ponerse manos a la obra, sino el primero. No es que la comunidad no pueda pensar en ninguna otra cosa que hacer, sino que no puede pensar en nada más importante que hacer. Podemos imaginarlos con hambre de orar.
En el Evangelio, encontramos a Jesús en oración. Está hablando al Padre en el capítulo diecisiete del Evangelio de Juan y, durante esta oración, dice específicamente: «Ruego por ellos», es decir, por los discípulos que lo han seguido. Más adelante, en este pasaje, dirá que no ruega solo por ellos, sino también por todos los que crean por su predicación. Jesús quería presentar ante el Padre a sus amigos y a los amigos de sus amigos. ¿Cuántas veces te han pedido otras personas que reces por ellas? Puede ocurrir con bastante frecuencia. Jesús reza por sus discípulos. Me pregunto cuántas veces le pidieron ellos que lo hiciera. Y Jesús reza por nosotros. Para Jesús, la oración no era un último recurso ni una obligación; era el aire que respiraba. Tuvo hambre del Padre durante todo su ministerio, y buscó el alimento divino en la oración. Estoy convencido de que rezaba en todo momento y en toda circunstancia. Lo hacía tan bien, y quedaba tan elevado por la experiencia, que los discípulos le pidieron que les enseñara cómo hacerlo. Debían de sentir un poco de hambre, y Jesús sabía cómo llenar ese vacío.
Las lecturas del domingo pueden llevarnos a pensar en la oración y, quizá, en nuestra hambre de orar. Podemos sentir ese deseo, y podemos percibir nuestra necesidad de hacerlo como comunidad. La oración significa que Dios forma parte de nuestra conversación, de nuestra planificación, de nuestras decisiones y de nuestro futuro. Probablemente tenemos muchas cosas que decirle a Dios, pero ¿cuánta hambre tenemos?








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