2. El amor divino que conduce al amor por los demás seres humanos
Fue más bien a partir de un sentimiento de vacío interior como Vicente fue experimentando poco a poco un cambio de corazón y comenzó a buscar una orientación más espiritual en su vida. Fueron especialmente sus encuentros con Pierre de Bérulle y Francisco de Sales los que lo condujeron a una verdadera profundización de su fe. Fue de Bérulle quien animó a Vicente a tomarse en serio su sacerdocio y lo introdujo en el trabajo parroquial. Su relación con la familia de Gondi —donde era responsable de la educación de los hijos y desarrolló un fuerte vínculo con Madame de Gondi, que era profundamente religiosa— también lo condujo a una nueva forma de vida. Y, finalmente, está Francisco de Sales, quien, con su visión de la llamada a la santidad y con la decisión de confiarle la dirección de la comunidad de la Visitación de París, lo llevó a una verdadera profundización de su vida religiosa. Se convirtió en un hombre de intensa oración, levantándose cada día a las cuatro de la mañana y comenzando la jornada con una hora de meditación antes de celebrar la Eucaristía. También reservaba momentos para la oración a lo largo del día. Llegó a la convicción de que la caridad solo puede nacer de una relación intensa con Dios. Podemos amar verdaderamente a los demás cuando nos dejamos iluminar por el amor de Dios. «Humanamente hablando, no podéis lograr nada de esto por vosotros mismos; Dios mismo debe intervenir. Ni la filosofía, ni la teología, ni las bellas palabras tienen poder alguno para alcanzar lo más profundo de una persona. Jesucristo debe hacerlo con nosotros —o, mejor dicho, nosotros con Él—. Actuemos en Él y por Él, hablemos con sus palabras y vivamos en su espíritu. Permaneced, por tanto, abiertos y receptivos para revestiros de su Espíritu». Por eso exhortará constantemente a sus colaboradores a no perderse en el trabajo, sino a volver una y otra vez a la fuente, y a dejar que la caridad crezca verdaderamente a partir del amor de Dios. «La oración interior es una elevación del alma y del espíritu hacia Dios. El alma se desprende lentamente de sí misma para buscar a Dios en su interior. Es una conversación del alma con Dios, una comprensión mutua sin palabras y un intercambio de pensamientos. Dios comunica interiormente al alma lo que considera que debe conocer y hacer. Y el alma, por su parte, confía sus propios deseos a Dios en un diálogo silencioso, tal como Él mismo le ha enseñado. Así de preciosa es la oración interior. Sencillamente, no hay nada más importante». Y después establece la conexión entre oración y caridad: «El amor es una misión. No se trata solo del amor a Dios, sino también del amor al prójimo por amor a Dios. Dios nos ha elegido como instrumentos de su inconmensurable amor paternal. Quiere que este amor se extienda por todo el mundo y arraigue en todas partes. Debemos encender el fuego del amor divino en todas las personas y continuar la misión del Hijo de Dios. Él vino a traer fuego a la tierra, y ¿qué otra cosa podemos desear sino que ese fuego arda y lo incendie todo?». «Debemos amar a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente».
En Vicente surge una unidad entre oración y acción, en la que la caridad encuentra su verdadera fuente en la oración; sin embargo, él se atreve a invertir esta relación y a dar a la caridad la máxima prioridad. Según Vicente, la caridad siempre va primero, pero como esta caridad no puede existir sin oración, la oración debe ser el fundamento. Ahora bien, la caridad también se convierte en oración y es oración precisamente por ese vínculo inseparable entre ambas. «El servicio a los pobres debe tener la máxima prioridad y no puede aplazarse. Así pues, si durante el tiempo reservado a la oración hay que llevar medicina a alguien que la necesita, o hay que ofrecer ayuda de alguna otra manera, hacedlo sin vacilar y confiadlo a Dios como si no hubierais interrumpido en absoluto vuestra oración. Y no os preocupéis pensando que quizá habéis descuidado la oración por servir a los pobres. No se descuida a Dios cuando se le deja por Él mismo. Esto es dejar a Dios por Dios». Para Vicente está claro que Jesús, presente en el sagrario, está también presente en los pobres, pues ve a los pobres como icono de Jesús.
En Pedro José Triest vemos el mismo movimiento: cómo el amor a Dios se convierte en la verdadera fuente de su amor por sus semejantes. Durante el periodo en que tuvo que vivir escondido en Ronse —un periodo que duró cinco años—, el padre Triest profundizó en su vida espiritual y fue, por así decir, desbordado por el amor de Dios. Por el horario diario que se conserva de él, sabemos cuánto tiempo dedicaba cada día a la oración, a la meditación y a la lectura de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Esto hizo de él un hombre espiritual; incluso podríamos decir un hombre místico. Para él, el amor de Dios se convirtió en el fundamento de su amor al prójimo, que pudo desarrollar plenamente después de aquel periodo de ocultamiento. Escribe lo siguiente sobre el amor divino: «La primera razón que debería impulsarnos a estar agradecidos a Dios y a amarlo radica en el hecho de que nos creó y nos dio la existencia. Dios no solo nos creó y nos dio la existencia, sino que además nos sostiene continuamente en ella. Otra razón por la que se debe amar a Dios es que se hizo hombre por nosotros y nos redimió. San Bernardo dijo: “Debes entregar toda tu vida a Cristo Jesús, porque Él entregó su vida por ti y soportó amargas cruces”. Debemos amar a Dios porque nos ha adoptado como hijos suyos y así nos ha concedido derecho a su Reino. Pero lo que más debería inspirarnos a amar a Dios es que instituyó para nosotros el Santísimo Sacramento del Altar, en el que se nos ha dado totalmente como alimento y bebida, para derramar por medio de él todo su Espíritu en nuestras almas. […] El amor que el Señor Jesús nos mostró en la institución del Santísimo Sacramento del Altar, que es verdaderamente el sacramento del amor, es el más grande que jamás ha mostrado o podría mostrar». Sobre la base de este amor desbordante que se nos ha permitido recibir de Dios, Triest sostiene que le debemos nuestro amor recíproco y total. «Estáis obligados a amarlo en correspondencia. Si os ha legado en su testamento un tesoro tan precioso, ¿qué gratitud, qué ternura, qué reverencia le debéis? ¡Cómo deberíais arder de amor si tenéis la dicha de servir verdaderamente a vuestro Dios!». «Es por medio de este amor divino como nos ponemos en camino hacia Dios, nuestro fin último. Este amor debe crecer siempre, para que, por medio de él, el ser humano se acerque cada vez más a su meta. ¡El amor divino es un fuego poderoso!». Triest repite aquí lo que san Bernardo dijo también sobre el amor: «La medida del amor es amar sin medida». «Cuando un corazón está inflamado por este amor ardiente, ya no puede descansar; quiere avanzar. Ya no se conforma con pies para caminar; busca alas para volar».
Es de este fervor místico, de este verse desbordado por el amor de Dios, de donde nace su amor al prójimo. Pero tuvo que esperar hasta que aquella vida en la oscuridad llegara a su fin. Una hermana lo describe como un impulso contenido: «Durante mucho tiempo, el Espíritu de Dios había infundido en él un gran celo que, unido a su carácter ardiente y vivaz, fue para él una dura prueba durante muchos años. Veía cómo se hacía el mal sin poder remediarlo». Cuando finalmente pudo ejercer abiertamente su ministerio sacerdotal después de sus cinco años en Ronse, brotó en él un amor purificado hacia el prójimo, como reflejo del amor divino. «Para mover a alguien al cuidado y a la compasión por quien sufre, nada es tan poderoso como el amor, que es la fuente de todas las cosas. El amor tiene una fuerza especial para mover a la persona y vencer a la razón; el amor es tan elocuente que penetra incluso en lo más íntimo del corazón. […] El amor da una fuerza que la naturaleza no puede proporcionar». Desde ese momento, Triest se convierte en un verdadero icono de la caridad y, al igual que en Vicente, vemos, por así decir, una fusión del amor divino que fluye casi silenciosamente hacia la caridad. También él escribe a sus hermanas que deben estar dispuestas a sacrificar un momento de oración por una obra de caridad, porque es el mismo Señor Jesús a quien se sirve y se ama tanto en la oración como en el cuidado de los demás seres humanos. «Servir a los enfermos es una vocación noble; mediante este servicio os convertís en colaboradoras y siervas de la Providencia de Dios para con los enfermos. También debéis daros cuenta de que es Jesús mismo a quien servís en los enfermos. Por vuestro amor, os hacéis semejantes a Dios. Participáis en el ministerio de Jesucristo. No podéis representar más perfectamente a Jesucristo que ayudando a quienes gimen en la miseria, a quienes llevan la cruz de la pobreza junto con la enfermedad y el sufrimiento».
Hno. René Stockman,
Hermano de la Caridad.









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