Combatir la desesperanza con medidas estratégicas: un enfoque vicenciano para el cambio sostenible

por .famvin | May 15, 2026 | Noticias, Presencia en la ONU | 0 comentarios

La desesperación no es una estrategia, ni tampoco lo es la falta de esperanza. Y, sinceramente, la esperanza por sí sola tampoco es una estrategia. En estos tiempos tumultuosos necesitamos con urgencia pensamiento estratégico y acción intencionada. Quienes seguimos las enseñanzas de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac tenemos siempre muy presente el valor que nuestras energías, esfuerzos y acciones generan al servicio de los pobres, y lo decisivas que son la planificación y la elaboración de estrategias para alcanzar nuestros objetivos.

No se trata de afirmaciones simplistas. Llegan en un momento en que el impacto de nuestro trabajo —ya sea sobre el terreno, como representantes de ONG ante la ONU o en el ámbito general de las organizaciones sin ánimo de lucro— no siempre resulta evidente, a veces es insuficiente y, por lo general, no ofrece una gratificación inmediata. El coste emocional puede ser abrumador, mientras trabajamos incansablemente y, sin embargo, percibimos que los objetivos de nuestra labor parecen permanecer inalterados. Es algo con lo que luchamos como testigos de los efectos devastadores provocados por el trato inhumano hacia las personas marginadas de la sociedad, de cómo amenazan la convivencia civilizada y de cómo fortalecen a quienes ostentan poder y privilegios por encima de los derechos y la dignidad de quienes carecen de poder: aquellos que no tienen ni influencia, ni recursos, ni una voz activa para sostener un cambio positivo en sus vidas. Perseverar en medio de estas circunstancias puede resultar desalentador, incluso sisífico, pero sigue dependiendo de nosotros —activistas, defensores, voluntarios, todos al servicio de un bien mayor— reparar el daño causado por la insensibilidad y el puro ejercicio de la fuerza. ¿Cómo perseveramos? ¿Cómo logramos finalmente tener éxito?

En un reciente evento paralelo celebrado durante el Foro sobre Financiación para el Desarrollo del mes pasado, copatrocinado por la Asociación Internacional de Caridades, el miembro de la Familia Vicenciana al que represento ante la ONU, reflexioné sobre estas cuestiones y afronté mi propio sentimiento de desesperanza y desilusión ante los enormes desafíos que ponen en riesgo la consecución de nuestros objetivos. Sin embargo, salí de allí no solo con esperanza, sino también armada con estrategias para propiciar un cambio transformador y sostenible. Actuamos en un ámbito marcado por las injusticias; esto está fuera de toda duda. Y las injusticias se alimentan en entornos donde se niega la inclusión financiera y digital a las personas más vulnerables entre nosotros. Sabemos que garantizar el acceso financiero y digital para todos en la sociedad es imprescindible si alguna vez queremos cerrar la brecha entre quienes tienen y quienes no tienen. Y reconocemos que el acceso debe ir acompañado de inversiones en buena gobernanza, supervisión y marcos regulatorios que sostengan el crecimiento y garanticen la continuidad del flujo de beneficios hacia las personas marginadas.

Del mismo modo, en nuestro trabajo para acabar con el sinhogarismo, damos sentido a los cambios políticos que ayudamos a impulsar y que reconocen que toda persona tiene derecho a un hogar seguro, protegido y asequible. Como copresidenta del Grupo de Trabajo para Acabar con el Sinhogarismo (WGEH) en la ONU, me sentí orgullosa de contribuir a organizar un reciente evento que celebramos en la 70.ª Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW70), titulado “Un hogar para todos es justicia para todos” (https://www.wgehomelessness.org/events). Nuestros distinguidos panelistas, entre ellos una persona con experiencia vivida de sinhogarismo, subrayaron con fuerza que el sinhogarismo “…no es un fracaso social inevitable. Es una injusticia prevenible”[1], promovida por la discriminación, la violencia doméstica, un sistema legal sesgado y —al igual que ocurre con la inclusión financiera y digital— la falta de acceso de las poblaciones vulnerables a las herramientas necesarias para hacer valer sus derechos.

Nuestra tarea, como representantes de ONG ante la ONU que defienden a quienes no tienen voz ni poder, consiste en trabajar con los gobiernos de los Estados miembros y colaborar entre nosotros para configurar sistemas e infraestructuras inclusivos, transparentes e imparciales. Esto está claro. Las soluciones no son imposibles, ni están exentas de coste o de riesgo. Necesitamos tener el valor de alentar a los gobiernos a promulgar cambios políticos, movilizar recursos y educar a quienes carecen de información, todo ello orientado hacia un cambio social positivo.

Aunque muchas de las acciones que proponemos en nuestros diversos comités de la ONU se plantean para la consideración de los Estados miembros, personalmente sentí la necesidad de comprender qué puede hacer una persona individual, en compañía de ciudadanos globales afines, para generar un cambio sostenible. En la tradición del carisma vicenciano, he considerado las siguientes estrategias prácticas para nosotros, los defensores vicencianos, en nuestra búsqueda de un mundo más justo que alimente a los hambrientos, dé hogar a quienes no lo tienen y atienda las necesidades financieras y digitales de poblaciones que, de otro modo, quedan relegadas a los márgenes, especialmente las mujeres, las personas mayores y quienes viven en zonas rurales remotas. Entre ellas se incluyen:

  1. Hacer local lo global: implicarse en el ámbito local para fomentar soluciones lideradas por la comunidad.
  2. Presionar a los responsables públicos: ya sean autoridades nacionales o locales, seguid ejerciendo presión para lograr el cambio que queréis ver. Esto incluye acciones formales de incidencia política, llamadas telefónicas y correos electrónicos.
  3. Organizar y participar en concentraciones, protestas y boicots: cada vez que lo hacéis, hacéis visibles las necesidades de quienes no tienen poder ni voz. No adoptéis una actitud complaciente bajo la excusa de que “esto en realidad no puede importar”. Sí importa.
  4. Utilizar los medios de comunicación para transmitir vuestro mensaje: haced que la voz de quienes no tienen voz sea escuchada en medios publicados internacionales, nacionales y locales, y participad activamente con las partes interesadas en redes sociales, incluidas LinkedIn y todas las plataformas de Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp, Threads).
  5. Hacer inventario de vuestras capacidades y de cómo ponerlas al servicio de los demás: las habilidades jurídicas, de asesoramiento y formación, financieras y digitales son muy necesarias entre las poblaciones a las que servimos. Ofreced vuestros servicios y apoyo de forma gratuita.
  6. Incorporar a vuestro ámbito a quienes tienen experiencia vivida: incluid en vuestros esfuerzos a quienes han experimentado el sinhogarismo, la pobreza, el hambre y el desempleo, y procurad aprender de ellos. Es un camino de doble dirección.
  7. Recoger datos: las cifras son persuasivas y los datos determinan quién recibe los beneficios, o incluso quién queda incluido en el cálculo. Investigad y recopilad datos relevantes para contextualizar vuestros argumentos en hechos innegables.
  8. Promover el derecho al voto: especialmente entre los votantes con bajos ingresos.
  9. Coordinar esfuerzos: construid coaliciones con otras organizaciones, ONG y grupos religiosos para ampliar vuestro impacto.

En un tiempo en el que todos luchamos contra la desesperación, elijamos la esperanza y acompañemos esa esperanza con una acción significativa e intencionada.

Dra. Linda M. Sama, Asociación Internacional de Caridades (AIC), representante de ONG ante la ONU

[1] De las palabras pronunciadas por la ponente y moderadora Jean Quinn en el evento.


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