“Lo puso el Señor entre los jefes de su pueblo”
Hech 1, 15–17. 20-26; Sal 112; Jn 15, 9-17.
Toda nuestra felicidad y realización siempre tendrán su fundamento y razón de ser en la ley del Señor, esa ley que ya no se establece en un cumulo de mandatos o preceptos; incluso los diez mandamientos solamente se han acotado a dos indicaciones por parte de Jesús: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo.
Desde ese mandamiento tan bello, Dios nos reúne y nos congrega como un solo pueblo, bajo un mismo sentir y bajo una misma dignidad, devolviéndonos así, de cierta manera, lo que a causa del pecado habíamos perdido, su gracia divina.
Jesús es muy claro al decirnos que, si nos mantenemos firmes a ese amor, si cumplimos sus mandamientos y nos mantenemos fieles a sus palabras, seremos sus amigos ya no siervos; seremos sus testigos de su Resurrección y con ello sentirnos y reconocernos como hijos e hijas de un mismo Padre.
Un Padre que nos elige, para rescatarnos de toda adversidad y librarnos de todo aquello que no nos permite amarnos de manera fraterna y cuidarnos entre nosotros.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Marco Antonio Landín Estrada C.M.








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