Los relatos de los Hechos de los Apóstoles tienen mucho que enseñarnos sobre el crecimiento de la comunidad cristiana y de su mensaje. Surge una reflexión interesante para nuestro espíritu vicenciano cuando consideramos los acontecimientos relacionados con la elección de los primeros diáconos.
La situación se expresa con claridad. Algunos miembros de la Iglesia primitiva no estaban recibiendo una parte adecuada de los recursos alimentarios de la comunidad. La gente no obtenía lo que necesitaba. Y así, los discípulos se reúnen y reflexionan: «No está bien que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir a las mesas» (Hechos 6,2). Entonces eligen a siete diáconos para que lleven a cabo este humilde ministerio del servicio a la mesa.
Entre los diáconos escogidos para este servicio se encuentran Esteban y Felipe. En los capítulos siguientes del libro descubrimos que Esteban será el primer mártir de la Iglesia primitiva por su proclamación valiente e inquebrantable de la Palabra. Felipe se verá obligado a abandonar Jerusalén, y pronto lo encontramos predicando y convirtiendo en Samaría y Cesarea. Así, estos nuevos ministros, lejos de limitarse simplemente a servir a la mesa, se convierten en poderosos instrumentos del Evangelio. El razonamiento de los Apóstoles necesita algún ajuste. Aunque no debían «descuidar la palabra de Dios para servir a las mesas», tampoco debían pensar que servir a la mesa condujera a descuidar la palabra de Dios. Los nuevos diáconos demuestran con fuerza esta verdad.
Encuentro el corazón de Vicente en esta comprensión. Recordamos cómo enseña a sus comunidades:
“De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra…” (SVP ES XI, 108).
Vicente enseñaría a sus comunidades que no basta con atender las necesidades espirituales de aquellos a quienes servimos; también debemos atender sus necesidades físicas. Enseñaba a los misioneros:
“Venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio” (SVP ES XI-3, 391).
La misión y la caridad están íntimamente unidas. Vicente encontraría en los esfuerzos y el éxito de los primeros diáconos una magnífica ilustración de la manera en que el mensaje cristiano debe ser proclamado y llevado a la práctica. Escuchamos cómo esa realidad necesita expresarse en nuestras vidas cuando tomamos a Vicente como modelo en el seguimiento de Cristo.









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