El padre Pedro Pablo Opeka (nacido el 29 de junio de 1948) es un sacerdote y misionero católico argentino, célebre por su labor transformadora entre los más pobres entre los pobres en Madagascar. A lo largo de más de tres décadas, ha convertido la Asociación Akamasoa (“buenos amigos” en malgache) en un extraordinario proyecto de desarrollo social que ha proporcionado vivienda, educación, empleo y comunidad a decenas de miles de familias necesitadas. Hijo de inmigrantes eslovenos en Buenos Aires, Opeka se formó como sacerdote en la Congregación de la Misión (lazaristas) y desde muy joven sintió una fuerte vocación misionera. Profundamente inspirado por el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia, entiende la pobreza como una injusticia que debe superarse mediante la solidaridad, el trabajo y el respeto a la dignidad humana. Su vida y obra han recibido reconocimiento mundial y numerosos premios (incluidos honores de Francia, Eslovenia, el Vaticano y organizaciones internacionales de derechos humanos). El crecimiento de Akamasoa —de un vertedero de basura a una “ciudad de la amistad”— refleja la filosofía humanitaria de Opeka: ayudar a los pobres a ayudarse a sí mismos mediante el trabajo, la educación y la comunidad, en lugar de una mera asistencia.
Infancia y familia en Argentina
Pedro Pablo Opeka nació el 29 de junio de 1948 en San Martín, un suburbio de Buenos Aires, Argentina, el hijo mayor de Luis Opeka y María Marolt, refugiados eslovenos que habían huido de Yugoslavia tras la Segunda Guerra Mundial. Luis había sido miembro de la Guardia Nacional Eslovena —una milicia anticomunista durante la guerra— y logró escapar por poco de la ejecución a manos de las fuerzas partisanas. En un campo de refugiados en Italia conoció a María, se casaron, y a finales de 1947 la joven pareja emigró a Argentina para comenzar una nueva vida. Los orígenes de la familia de Opeka unían, por tanto, el trauma europeo de la guerra con la experiencia migratoria en la Argentina de posguerra.
Criado en San Martín, Pedro ayudaba a su padre a ganarse la vida como albañil. A los 9 años ya colocaba ladrillos junto a él. También heredó de su padre la afición al fútbol: el joven Pedro era un jugador talentoso y llegó incluso a plantearse una carrera profesional. Sin embargo, a mediados de la adolescencia empezó a sentir con fuerza la llamada religiosa. A los 15 años ingresó en el seminario menor de San Miguel (otro suburbio de Buenos Aires). Esta decisión reflejaba tanto la fe profundamente católica de su familia como su propio deseo temprano de servir a los demás.
Sus años de formación combinaron unas raíces humildes de clase trabajadora (la albañilería y el deporte en equipo) con una sólida educación católica. El hecho de que sus padres fueran refugiados le inculcó desde niño una conciencia de sufrimiento y desarraigo. Él mismo recuerda haber visitado comunidades mapuches en zonas rurales de Argentina y haber ayudado a construir casas durante las vacaciones escolares; experiencias que reforzaron su convicción de que estaba “llamado a servir a los pobres” y a construir no solo casas, sino también dignidad humana. En entrevistas ha evocado a menudo el ejemplo de su padre (“Soy hijo de un albañil… Quería trabajar con mis manos”) como una influencia determinante.
Al terminar la secundaria ya se había decidido a abrazar el sacerdocio. Ingresó en la Congregación de la Misión a los 17 años, comenzando el seminario en marzo de 1966. Durante su juventud mantuvo un estrecho vínculo con su familia y con sus raíces. Su dominio de varias lenguas refleja su historia y formación: Opeka habla español (lengua materna), esloveno (lengua familiar), inglés, francés, italiano, latín y malgache. Su educación le inculcó la convicción de que todas las personas —sin importar su origen— merecen dignidad y respeto. Más adelante recordaría que “evangelizar a los pobres” era tanto su misión como una profunda transformación personal (“¡Los pobres me han evangelizado a mí!”).
En resumen, la infancia del padre Pedro Opeka estuvo marcada por la historia de inmigración eslovena de sus padres y una profunda fe católica. Aprendió el oficio de la albañilería con su padre y destacó en el fútbol, pero finalmente eligió el sacerdocio siendo aún adolescente. Sus experiencias de infancia —trabajar junto a sus padres, ayudar a comunidades indígenas y discernir su vocación— sentaron las bases de su posterior ardor misionero en Madagascar.
Formación religiosa e ingreso al sacerdocio
Tras ingresar en el seminario lazarista en 1966, Pedro Opeka siguió una intensa formación religiosa y académica. Estudió filosofía y teología en el Colegio Máximo San Miguel (el gran seminario de la Congregación de la Misión en Buenos Aires). Para profundizar en su formación, pasó después dos años en Europa: con 20 años, en 1968, viajó a Liubliana, Eslovenia (tierra de sus padres) para estudiar filosofía en la Universidad de Liubliana. En 1972 se trasladó a París para completar sus estudios de teología en el Instituto Católico de París (Institut Catholique de Paris). Aquellos años en Francia fueron decisivos: perfeccionó su francés, conoció comunidades ecuménicas como Taizé y viajó extensamente por Europa, Marruecos e incluso, brevemente, por Estados Unidos como joven seminarista. Más tarde recordaría cómo hizo autoestop por numerosos países e incluso vendió zapatos en Harlem, Nueva York, movido por su deseo de “conocer mejor el mundo, especialmente el de los pobres”. Este período no solo consolidó su formación intelectual, sino que también confirmó su vocación misionera.
Opeka profesó sus votos como misionero paúl el 19 de marzo de 1975 en la Casa Madre de la Congregación de la Misión de París. Ese mismo año fue ordenado diácono el 29 de junio en Liubliana y sacerdote el 28 de septiembre en Luján, Argentina. La ordenación tuvo lugar en la Basílica de Nuestra Señora de Luján (santuario nacional de la Virgen en Argentina). Varios aspectos destacan en sus años de formación: se formó junto al futuro papa Francisco (entonces Jorge Bergoglio) en Buenos Aires, que quedó profundamente marcado por la espiritualidad vicenciana, que subraya el servicio a “la persona del pobre” (rasgo central del legado de san Vicente de Paúl).
Inmediatamente después de su ordenación, el padre Opeka partió hacia Madagascar para iniciar allí su ministerio sacerdotal. En 1976 fue nombrado co-vicario (párroco adjunto) de la parroquia de Vangaindrano, en el sudeste de Madagascar. Este destino rural se prolongaría durante los siguientes 13 años y resultó ser una rigurosa iniciación a la realidad de la pobreza extrema. La parroquia abarcaba una vasta zona de aldeas dedicadas al cultivo de arroz. Opeka vivió de manera sencilla entre los campesinos malgaches, compartiendo su dieta y su modo de vida. Caminaba kilómetros para visitar aldeas remotas, cruzaba arrozales y hasta trabajaba codo a codo con los aldeanos en el campo, demostrando así su solidaridad y humildad. Según un testimonio, “puso en práctica el ejemplo de Jesús, que lavó los pies a sus discípulos sirviéndoles… les enseñó que no hay trabajo indigno de la dignidad humana”.
La vida diaria en Vangaindrano, sin embargo, era dura. Opeka fue testigo de la desnutrición, la enfermedad y la resignación de familias enteras a la pobreza. Él mismo enfermó en varias ocasiones (de malaria o parásitos intestinales, por ejemplo), debido a la falta de higiene y de asistencia sanitaria. A pesar de estas dificultades, se centró en la educación y el desarrollo comunitario: puso en marcha clases de alfabetización, formó catequistas y organizó a los aldeanos en pequeñas cooperativas agrícolas. Sus esfuerzos le granjearon respeto, aunque también le pasaron factura físicamente. No obstante, aquella década en Vangaindrano afianzó el compromiso de Opeka con los pobres y le preparó para retos aún mayores. A comienzos de los años ochenta ya había forjado vínculos sólidos con las comunidades malgaches y era conocido por su ministerio abnegado: recordaba con frecuencia que “los pobres me han evangelizado” a través de las lecciones que aprendió viviendo entre ellos.
Vocación misionera y traslado a Madagascar
Pedro Opeka suele describir su viaje a Madagascar como una vocación misionera deliberada, que fue tomando forma tanto por la formación recibida como por intuición personal. Incluso antes de ordenarse, ya había pasado tiempo trabajando en Madagascar: tras dos años en Liubliana (1968-1970) y sus estudios en París, con 22 años (hacia 1970) se ofreció como albañil en una parroquia lazarista malgache. Esta primera visita —realizada como seminarista— confirmó su afinidad con la isla y con su gente. Más tarde escribiría que pidió a sus superiores: “Soy hijo de un albañil… quiero trabajar con mis manos”. Es decir, deseaba sumergirse en la realidad de Madagascar como un trabajador más, no solo como un sacerdote al pie del altar. Jugando al fútbol con los jóvenes del lugar y ayudando a construir casas, el joven seminarista trabó amistades interculturales desde el principio.
Tras su ordenación en 1975, Opeka se comprometió de lleno con Madagascar. En 1989 los superiores vicencianos lo enviaron a la capital, Antananarivo, para ejercer como director del seminario mayor de San Vicente de Paúl para estudios de teología (formación del futuro clero malgache). Fue un nombramiento algo inesperado —Opeka planeaba solo un breve descanso tras Vangaindrano—. Llegó a Antananarivo con cierto cansancio e incertidumbre, sin imaginar la magnitud de lo que estaba por venir. Su llegada coincidió con una profunda crisis de pobreza en la ciudad. Casi de inmediato, tras asumir la dirección del seminario (a finales de 1989), sintió la necesidad de visitar en su tiempo libre los barrios más pobres.
En una de esas visitas, a finales de 1989, el padre Opeka vivió un impacto decisivo. En las afueras de la capital encontró un inmenso vertedero donde miles de familias vivían en chabolas miserables, rebuscando en la basura para sobrevivir. La escena era apocalíptica: niños hurgaban entre montones de desperdicios, animales corrían entre las chozas improvisadas, y la enfermedad y la desesperanza reinaban por doquier. Opeka describiría más tarde aquel lugar como “un infierno en la tierra”. Ante semejante situación, se dijo a sí mismo: aquí no hay que hablar, hay que actuar. Esa experiencia cristalizó su vocación misionera: no solo predicar, sino construir una nueva realidad de esperanza para quienes habían sido descartados por la sociedad.
Así comenzó la transición de Opeka de director de seminario a “sacerdote de la calle”. En los meses siguientes regresó a diario a la zona del vertedero, escuchando las historias de la gente, ganándose su confianza y discerniendo sus necesidades. Nunca dudó de la providencia de Dios, pero tenía claro que “Dios no es responsable de esta muerte”, es decir, que la pobreza debía resolverse con solidaridad humana, no con resignación. A base de perseverancia y de largas conversaciones (muchas veces acompañadas de partidos de fútbol), logró convencer a unas setenta familias de abandonar el vertedero y trasladarse a unas tierras agrícolas que un benefactor local donó a unos 60 kilómetros al norte de Antananarivo. Ese nuevo asentamiento, llamado Antolojanahary, se convirtió en el primer poblado de Akamasoa. En enero de 1990, el padre Opeka y sus jóvenes colaboradores malgaches fundaron oficialmente la Asociación Humanitaria Akamasoa para ayudar a estas personas.
El traslado a Madagascar fue, por tanto, a la vez una llamada personal y un encuentro dramático: desde el momento en que pisó aquel basurero, Opeka se comprometió a erradicar unas condiciones de vida que consideraba incompatibles con la dignidad humana. Su vocación misionera en Madagascar se convirtió en una forma única de ministerio “encarnado”: viviendo y trabajando entre la gente, combinó el cuidado sacerdotal con el desarrollo práctico. Su formación en la Congregación de la Misión lo había preparado para esta tarea.
La fundación, desarrollo y crecimiento de Akamasoa
La asociación Akamasoa (que en malgache significa “buenos amigos”) fue el fruto concreto de la vocación misionera de Opeka, fundada oficialmente en enero de 1990. Su objetivo era radical y a la vez sencillo: “devolver a las personas su dignidad mediante la vivienda, la educación y el trabajo honrado”. En la práctica, Akamasoa se convirtió en una empresa social y un proyecto de desarrollo comunitario basado en los valores del Evangelio. Su fundación y expansión pueden entenderse en varias etapas:
- Descubrimiento y primer poblado (1989–1990): La primera tarea del padre Opeka fue sacar a la gente del vertedero de la ciudad y llevarla a viviendas permanentes. Tras ganarse su confianza, condujo al primer grupo de unas 70 familias a instalarse en un terreno donado en Antolojanahary (cerca del pueblo de Ankazobe, a 60 km de Antananarivo). Allí levantaron refugios provisionales y una pequeña escuela con ladrillos de barro y madera, bajo la dirección de Opeka. El 10 de enero de 1990, Opeka y una docena de jóvenes malgaches constituyeron oficialmente la Asociación Humanitaria Akamasoa como organización no gubernamental (ONG). Desde el principio, Akamasoa tuvo una filosofía distintiva: ayudar, pero no asistir. Las familias recibirían vivienda y educación, pero a cambio se comprometían a trabajar para “pagar” estos servicios en un espíritu de solidaridad y dignidad. La asociación estableció un Dina (código de conducta comunitario) para regir la vida diaria y asegurar el compromiso de cada miembro.
- Primera expansión (años noventa): En los primeros años, Akamasoa creció de forma constante más allá de Antolojanahary. Bajo el liderazgo de Opeka se fundaron poblados similares donde los antiguos habitantes del vertedero podían vivir y trabajar. Según los registros, a mediados de los noventa se habían creado nuevos centros como Manantenasoa (1990), Andralanitra (1991), Mahatsara (1993) y Ambatomitokona (1994). Cada poblado incluía viviendas modestas, una escuela y espacios para iniciar actividades comunitarias (como la fabricación de ladrillos o viveros de árboles). Las casas eran al inicio construcciones sencillas de una sola habitación, con paredes de adobe y techos de chapa, y las aulas eran muy básicas. Pero esas mejoras materiales suponían un salto enorme frente a las chabolas de cartón del vertedero. El modelo integral de Akamasoa también incluía comedores, reparto de ropa y centros de atención médica para los más pobres.
- Consolidación de infraestructuras comunitarias: A medida que Akamasoa crecía, se añadieron infraestructuras esenciales. Se cultivaron campos alrededor de los poblados, se abrieron canteras y se pusieron en marcha pequeños talleres para generar empleo. La educación fue una prioridad: desde el primer poblado con una sola escuela, el proyecto llegó a levantar decenas de centros. En 2019, Akamasoa declaraba contar con 37 escuelas primarias y secundarias en las que estudiaban unos 10.000 niños. También se implantó la formación profesional (carpintería, mecánica, etc.) e incluso una pequeña “universidad” técnica para oficios especializados. En el primer poblado se abrió una clínica, que más tarde se convirtió en un pequeño hospital para atender tanto a Akamasoa como a comunidades vecinas. Cada poblado contaba con una capilla y lugares de reunión comunitaria, a menudo adornados con cruces y símbolos religiosos, reflejo de la inspiración católica. Fieles al principio de “dignidad a través del trabajo”, los propios vecinos de Akamasoa fueron los constructores: las familias levantaron literalmente su propio barrio. Los hijos mayores también empezaron a asistir a colegios públicos locales conforme se fue ampliando la integración.
- Crecimiento en escala: El impacto organizativo se volvió enorme. En 2014 (25 años después de la fundación), Akamasoa informaba de que más de 25.000 personas vivían en los 18 poblados construidos. Para entonces la asociación había edificado más de 3.000 casas de ladrillo. Gestionaba 37 escuelas con unos 10.000 alumnos, varias clínicas y múltiples centros de agricultura y artesanía. Según la página oficial de Akamasoa, 3.145 personas de los poblados estaban empleadas por la asociación en diferentes trabajos productivos: desde obreros de cantera hasta maestros. Además, seguía funcionando el Centro de Acogida junto al vertedero: un espacio con dormitorios y comedores que proporcionaba ayuda de emergencia (alimentos, ropa, higiene) a quienes seguían en situación crítica, con un promedio de unas 120 familias atendidas al día en 2016. En conjunto, hacia la década de 2020 Akamasoa se había convertido en un amplio complejo de poblados semiurbanos, conocido a menudo como la “Ciudad de la Amistad”, levantada sobre lo que antes fue un basurero.
- Desarrollos recientes: En los últimos años, Akamasoa ha seguido ampliando infraestructuras y reconocimiento formal. En 2020 operaba ya 18 poblados con más de 3.000 viviendas. Cada año, unas 30.000 personas acudían de media a los centros de acogida o ayuda de la asociación. El gobierno malgache reconoció oficialmente a Akamasoa como asociación de “interés público” en 2014. En 2019, el papa Francisco visitó Akamasoa, elogiándola como un ejemplo vivo de caridad evangélica y señalando que incluso jefes de Estado (el presidente de Madagascar, ministros y embajadores) acudían a sus aniversarios. En 2024, Akamasoa celebró su 35º aniversario con una misa y un festival presididos por el presidente de Madagascar, diplomáticos extranjeros y miles de beneficiarios. Para entonces, el padre Opeka podía señalar decenas de miles de historias de éxito: familias que antes pedían limosna en los vertederos ahora tenían trabajo y habían construido vidas dignas.
Durante todo su desarrollo, Akamasoa se ha definido por unos principios más que por una mera asistencia. Su crecimiento se sostuvo en el trabajo voluntario y en donaciones, junto con el esfuerzo diario de los propios beneficiarios. Opeka ha señalado a menudo que “no fue el dinero lo que construyó nuestra ciudad, sino el amor, la fe, la perseverancia y la fraternidad”. También hace hincapié en la sostenibilidad: más del 70% del presupuesto de Akamasoa procede de la actividad productiva de las familias (fabricación de ladrillos, agricultura, artesanía) y de pequeñas cuotas, mientras que el resto proviene de donantes internacionales. El lema de la asociación ha sido siempre “Ayudar, pero no asistir”, es decir, ofrecer a los pobres herramientas (una casa, una plaza escolar, un trabajo) para construir su futuro en lugar de limosnas perpetuas. Este enfoque ha permitido a Akamasoa crecer de manera sorprendente: hacia 2020, la comunidad contaba con unos 25.000 residentes permanentes, además de miles más que recibían ayuda cada año.












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