“Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya”
Hch 9, 1-20; Sal 116; Jn 6, 52-59.
Saulo va seguro de sí, convencido de que hace lo correcto. Pero el resucitado lo de arriba: “¿por qué me persigues?” La Pascua es así: Cristo se identifica con su pueblo, con los que sufren, con los perseguidos. Quien toca al hermano, toca a Cristo.
Ananías también necesita conversión: teme, duda, pero obedece y acoge al enemigo como hermano. La Iglesia nace cuando el odio se rompe y el perdón abre caminos.
En el Evangelio, Jesús habla de un alimento exigente: su carne y su sangre. No es un símbolo vacío; es comunión con su vida entregada. Comulgar con Cristo es asumir su estilo: amar, servir, dar la vida. Si recibimos la Eucaristía y despreciamos al pobre, nos mentimos.
Hoy, en una sociedad herida por la violencia y la polarización, La Pascua nos pide una conversión real: dejar de perseguir con palabras, de destruir con prejuicios, de matar con indiferencia. Que aclamen al señor todos los pueblos, sí, pero con una vida reconciliada. Quien come de este pan aprende a vivir para la vida de los otros en lo cotidiano siempre.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Edder Oswaldo Triana Alcocer C.M.








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